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Adiós, Tomasa

 Sinopsis

Chapotán es un pueblo duranguense del Triángulo Dorado, en la Sierra Madre Occidental. Un día de los años ochenta, la familia Carrasco Heras recibe como empleada familiar a una chavala de nombre Tomasa. Diligente, tímida y muy preciosa, lleva consigo un secreto que le causa dolor y temor. No pasa bastante tiempo sin que la vida de todos llegue a verse trastocada, sobre todo desde que 2 hermanos, narcotraficantes de un pueblo vecino protegidos por el ejército, penetran de forma cruel en la vida de la familia y de Tomasa.

Desde la mirada intranquiliza y sensible de Flavio, el hijo menor, Adiós, Tomasa desmenuza los enfrentamientos de un México rural prácticamente ignoto, el de esos pueblos serranos donde la ley jamás llega. Sus habitantes deben entonces enfrentarse a una existencia definida por el crimen, el odio y el sufrimiento tanto como por la ternura, la piedad y la esperanza. Con un aliento fabulador inacabable y poderoso, esta novela salva una historia sobre las múltiples violencias que padecen las mujeres y los pequeños en el contexto del avance del narcotráfico en el México del último tercio del siglo xx, una realidad que en cuanto al resto prosigue actual.

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Ficha técnica

  • Título: Adiós, Tomasa
    Autores: Geney Beltrán
    Tamaño: 1.15MB
    Nº de páginas: 436
    Idioma: Español

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A la hora del recreo, el Héctor se quedó comiendo moscas en el patio de la
escuela mas el Flavio sí que se demandó salir en chinga cara el abarrote.
¿Tendría que llegar mismo a abrirlo? Cuando alcanzó la cuesta viniendo del
riachuelo, vio el portal de la tienda con múltiples hombres de pie. Él tendría que ser
el primer pequeño en llegar desde la escuela. Algún abusado podría apreciar
aprovecharse de la ausencia de sus progenitores y habría tal vez venido a abrir por
sus pistolas, quedándose, claro, con el dinero de las ventas. Desde que el

Memío se fue al Otro Lado, sus progenitores se quedaron sin un buen dependiente,
un chaval listo y bragado que aparte de atender clientes del servicio en el mostrador
era bueno para ordeñar las vacas, destazar los cochis en Año Nuevo y cargar
las cajas de cervezas de la tranvía cara la bodega. Cuando llegó al portal, el
Flavio cayó en la cuenta de que los hombres frente al abarrote no eran tantos
como creyó ver. Ahí andaba Santos, quietísimo en una de las esquinas,
recargado en la pared y con la mirada fija en los 2 altos hombres, indudablemente
fuereños, que tomaban caguamas sentados en los peldaños. Aparcada en frente de la
casa de los López: una troca roja con un buen de costales en la cajuela. Hacia
el fondo del portal, muy mudo con los codos sobre el mostrador, el Arnoldo.
¿Y este bueno panada qué hace acá? Era retebruto para las cuentas, ¿de qué manera se
le ocurrió a su apá dejarle encargada la tienda? Hasta la Elsa lo podría hacer
mejor.
—Ese güerito, ¿y su tata? ¿Pa dónde tomó? ¿De veras sujetó pabajo con
todo y el viejerío?
Primero no se percató de que el interrogante había nacido para él. La voz pasó
como sobre su cabeza, sin tocarlo. Cuando una mano en el hombro lo
tomaba cara atrás rudamente, el interrogante se le detuvo frente a los oídos.
—¿Mande? —un látigo de frío se le estiró por la columna. Le sorprendió
ver de pie al hombre, un gigantón de piochita negra y ojos verdes, camisa de
rayas blancas y rojas y un pantalón de mezclilla. Traía botas, una pistola al

cinto y dejaba salir un picante tufo a cebolla.
—Deje en paz al plebe, germán —desde el interior de la tienda vino la voz
del Arnoldo—. Ya le afirmé por qué razón don Eutimio sujetó pabajo…
El tipo prosiguió dejando su férrea mano sobre el hombro del Flavio al mismo tiempo
que levantaba la otra y, propagando el índice y el pulgar en escuadra,
simulando una pistola, apuntaba en dirección del Arnoldo.
—No te metas, pinche prieto cagado. ¿Qué este chavalito no puede charlar
por su cuenta? ¿O bien qué? ¿Los hijos de tu patrón son unas señoritas cimarronas?
—le pegó al Flavio con la palma en la nuca—. ¿Te comieron la lengua los

ratones, niñita? —se llevó la mano a la funda de la pistola—. ¿Sabes a qué
vinimos? Ocupamos charlar con tu tata, de negocios. Vengo a visitarlo y ¡nada!
La señora Maruca, tampoco. Así no se puede… Su sobrino coyón nos quedó
debiendo dinero. ¿Quién nos pagará esa lana que se clavó el puto del
Gaspar? ¿Tú la pagarás, escuincle?
La lengua trabada, los ojos bajos, el pequeño deseaba plañir.

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