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Aeternum – Carlos Sisí

Genero: Terror

 Sinopsis del libro 

La vacuna Esperantum ha hecho posible la creación del Nuevo Mundo en las calles de Barcelona. Los supervivientes se han organizado para recuperar parte de la ciudad y pasan sus días limpiando las calles de zombis. Pero este delicado equilibrio se verá seriamente amenazado cuando la vacuna empiece a perder efecto y las personas a las que se les ha administrado comiencen a ver a sus compañeros como una amenaza.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Los caminantes. Aeternum (Spanish Edition)
    Autores: Carlos Sisí
    Tamaño: 2.31MB
    Nº de páginas: 368
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Edgardo lo miró. El hombre parecía fuera de sí: su expresión era
intensa, con las facciones demasiado contrastadas, la boca abierta como si
le faltara el aire, los ojos cerrados y los párpados apretados por debajo de
una telaraña de arrugas. El cabello era una maraña espantosa, como si
acabara de salir de una pelea o hubiera pasado una semana durmiendo, y
tanto su ropa como sus manos estaban tintadas de algo que podía ser
sangre.
–¿Qué narices… le pasa? –preguntó Edgardo con visible disgusto.
–Bueno, no es algo nuevo, pero hasta ahora no le habíamos dado
importancia. Está… bueno, creo que está histérico. Lleva así unas semanas.
Empezó a irse temprano del trabajo y luego a no presentarse a sus turnos.
Fuimos a verlo a su casa. Dijo que no soportaba a nadie a su lado, que lo
único que quería era estar solo. Estaba violento y extraño.
–¿Me habéis sacado de la reunión porque uno de nuestros hombres
tiene algún tipo de jodido estrés? –lo interrumpió Edgardo.
Ahmid negó con la cabeza.

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–No es sólo eso –continuó–. Se lo dijimos. Le dijimos que necesitaba
un médico, que seguramente estaba nervioso, deprimido, estresado, y al
principio aceptó. Pero cuando lo llevábamos hacia allí, empezó a ponerse
más y más nervioso. Nos dirigimos a una calle donde había gente jugando
al fútbol, y no fue capaz de cruzar por allí. Babeaba, gritaba… No había
visto nada igual desde la película El exorcista. En ese momento pensé que
estaba loco de atar y lo obligamos a ir al médico.
–El exorcista –susurró Edgardo, cada vez más alucinado por cómo se
estaba desarrollando el relato.
–Bueno, es lo que me pareció. El doctor le puso un calmante y se
quedó dormido. Investigó un poco, y resultó que este hombre fue uno de
los primeros vacunados. Me pareció relevante para lo que está pasando.
Edgardo arrugó la nariz.
–Vale. Eso… eso me convence un poco más. Pero ¿qué dijo el médico?
¿Por qué está aquí en una celda, esposado?
–Bueno, el médico estaba un poco desconcertado. Dijo que… que se
sentía impotente. Dijo que ese tipo de comportamiento necesitaba
complicadas pruebas a las que ya no tenemos acceso, cosas como escáneres
neuronales… Ese tipo de pruebas médicas… eh… avanzadas que escapan a
nuestra capacidad en estos momentos.

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Pero dijo que lo observaría, que
hablaría con él, y que seguramente podría mantenerlo a niveles aceptables
con calmantes hasta que se tranquilizara y pudiera observar cómo se
comportaba con el paso de los días. Sin embargo, esta mañana…
En ese momento, el hombre empezó a gritar:
–¡SOLTADME! ¡SOLTADME, HIJOS DE PUTA! ¡CALLAOS,
CALLAD VUESTROS… PUTOS… CORAZONES, NO LO SOPORTO
MÁS! Edgardo dio un respingo. El hombre aullaba ahora como un lobo
mientras la saliva escapaba de su boca en hilachos que quedaban prendidos
de sus labios.
Ahmid lo cogió del brazo y lo condujo unos metros más allá, lejos del
estrépito de sus gritos.
–¿Qué pasó esta mañana? –preguntó Edgardo entonces.
–Atacó a la mujer que le traía el desayuno. La… la destrozó
completamente. Tenía la mandíbula desencajada, rota por varias partes…
Era como un agujero en la cara bordeado de dientes. Incluso faltaban
algunas piezas, o habían sido forzadas hacia dentro. Algo atroz. Luego le…
arrancó la lengua utilizando las manos y después… bueno, debió de
introducir todo el brazo por la garganta hasta…
Edgardo soltó un bufido.
–Por el amor de Dios –murmuró–. ¡Basta, hombre! Ya me hago
cargo…
–No sólo a ella –siguió diciendo Ahmid–. Uno de los médicos oyó el
ruido y se acercó.

–Procura no ser tan gráfico, coño –le advirtió Edgardo.
–Sí, vale. Bueno… algo espantoso. Ahora no… no tiene cara. Se la
mordió. Luego utilizó un cuchillo para abrirle el pecho, pero debió de
llevarle un rato porque provocó un destrozo descomunal. Una auténtica
carnicería…
–El pecho –susurró Edgardo, recordando de pronto las palabras del
hombre en su celda: «¡Callad vuestros putos corazones!».
–Sí. Le arrancó el corazón. Luego lo restregó por todas partes. Es
posible que… se comiera un pedazo. Por lo menos creemos que debió de
estar… mordisqueándolo.


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