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Alma atada – Haden Hudson

 Sinopsis del libro 

El mundo de Rosalie Clarke se vuelve al revés después de que misteriosamente aparece en su bolso un reloj de bolsillo. Pero no es un reloj cualquiera. Este reloj tiene un residente. Con la posibilidad de redención, Rosie está dispuesta a liberar a su fantasma y trasladarlo a la otra vida. Pero él tiene algo más en mente.

Alexandré Boisclair está maldecido. Lleva casi doscientos años atado a un reloj de bolsillo y no tiene idea cómo romper el hechizo. Pero nada de eso le importa. Se ha vuelto a reunir con el amor de su vida una vez más. Ella no cree que sea quien él dice que es, y le toca a Alex convencerla de que ella es su alma gemela y que una vez fue su amante, la bella cuadrilonda Marie Jolivet.
¿Alex escuchará las tres palabras que anhela de sus labios antes de que la maldición que lo ata al reloj consuma su alma?

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Ficha técnica del  libro

  • Título: Alma Atada (Amor Encantado nº 1) (Spanish Edition)
    Autores: Haden Hudson
    Tamaño: 0.63MB
    Nº de páginas: 129
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Alex siguió a Rosie a través del pequeño “aeropuerto” como lo había
llamado, a través de seguridad, y ahora a un área de espera llena de filas de sillas
de vinilo azul y gris.
Ella le había advertido que no podían hablar o de lo contrario pensarían
que estaba loca y tal vez la verían como una amenaza. Tenía tantas preguntas que
hacerle sobre las cosas que estaba viendo y realmente no creía que nadie se diera
cuenta si ella simplemente asentía o negaba con la cabeza. Le parecía que todos
estaban demasiado ocupados buscando en que ocuparse como para molestarse en
mirar hacia ella.
“¿Cómo vuelan?” le preguntó. Miraba por las ventanas del piso al techo
a los dos aviones que se estaban preparando para la salida. Ella le había
explicado un poco de lo que verían en su camino allí, pero él todavía estaba
asombrado. Dijo que tomarían un pequeño avión desde allí y se subirían a uno
más grande en Charlotte. Si eso era pequeño, se preguntaba cuán monstruosos
podrían ser los grandes.
“¿Esos son los motores a reacción de los que hablas?” Voltio hacia ella
y vio que estaba llena de nervios. Miraba de un lado al otro mientras se agarraba
de su asiento con los nudillos blancos. Corrió a su lado completamente asustado
por la forma en que se veía. “Chère, ¿estás bien?”
“Sh,” dijo, luego lo escondió con una tos.

Cuando finalmente subieron al avión, Alex no tuvo más remedio que
permanecer de pie por el pasillo. Era eso o sentarse en el regazo del gran
caballero que fácilmente rivalizaba con Christophe en circunferencia, parte de la
cual parecía caer sobre el asiento de Rosie.
Sin embargo, en el segundo vuelo, el avión estaba medio vacío y Rosie
se sentó junto al pasillo para darle la oportunidad de mirar por la ventana. Se
había quedado sin palabras mientras observaba grandes y brillantes nubes
hinchadas desde ángulos en los que nunca había soñado que pudiera ver.
Algunas estaban muy por debajo de él, mientras que otras estaban tan cerca del
avión que estaba seguro de poder alcanzarlas y tocarlas.
Cuando atravesaron una formación particularmente densa, se atrevió a
travesar la mano por la ventana y tocarlas, pero como con cualquier otra cosa
que no fuera Rosie, se sentía como la nada. Aun así, no se decepcionó.
El voltio a verla y observó cómo sus ojos pasaban de ser de un frío gris a
un cálido jade cuando ella le sonrió. Apretó su mano en reconocimiento a la
maravilla que él sentía.
Pero incluso la maravilla del cielo no se comparaba con las emociones
que lo atravesaron cuando tuvo la primera visión de Luisiana como nunca la
había visto antes. Era tan vasto, pero desde el cielo todo también parecía tan
pequeño. Podía ver edificios, casas, arroyos y pantanos. Vio áreas tan densas con
árboles que no podía ver la tierra debajo, y otras tan pobladas que no podía ver
un solo árbol.

Sin embargo, lo que casi sacó las lágrimas de sus ojos fue el gran río
Mississippi, que una vez le pareció tan inmensamente grande, y serpenteaba a
través de Luisiana. Él había navegado en ese río, lo había llevado hasta el mar.
“Puedo verlo todo desde aquí arriba. Todo,” le dijo y ella asintió.
Qué maravillosa experiencia, una que tuvo la suerte de haber compartido
con Rosie. Pero ahora, mientras esperaban su equipaje en el aeropuerto Louis
Armstrong, Alex se sentía tan agotado como parecía. Había estado libre por
horas. Sentía el jalé del reloj, pero había luchado para que pudiera experimentar
el vuelo. Pero ya no podía hacerlo.
“Marie,” dijo y alcanzó su mano. Se sintió desvanecerse cuando ella lo
miró y asintió, entendiendo lo que ya no tenía fuerzas para decir.
“Te veré más tarde,” susurró ella.
Y con el recuerdo del cielo para mantenerlo cuerdo, Alex permitió que el
reloj lo llevara a su oscura prisión.
Rosie esperó en línea a que llegara el siguiente taxi. Cuando fue dirigida
por la asistente en el aeropuerto, jalo su equipaje negro demasiado grande por la
acera y hacia el coche que esperaba.
El taxista salió de su auto para ayudarla con el equipaje, la miró y
comenzó a sacudir la cabeza con vehemencia. “¡Oh, no, no, no, no!” Era el
mismo taxista que la había llevado al aeropuerto hace menos de una semana.
“¡Quédate lejos de mi auto, señora!”
“¡Oye!” Se había alejado tan rápido que casi corrió sobre su pie.

“¡Bueno, yo jamás!” exclamó Rosie indignada mientras arrastraba el equipaje de
vuelta a la acera, donde se vio obligada a ir a la parte de atrás de la fila para
esperar otro taxi.
“¿A dónde vas?” preguntó el taxista cuando finalmente entró en una
minivan azul desteñida.
“¿Sabes dónde está La Grande Maison?”
“¿Sip, en Orleans por Rampart, correcto?” preguntó.
“Creo que sí.” Buscó el mapa por su bolso y en ese momento casi la
arrojaron de su asiento cuando la camioneta despegó sin previo aviso.
“¡Demonios!”
Se agarró de cualquier superficie que pudo y se enderezó, poniéndose
rápidamente el cinturón de seguridad. El conductor del taxi se desvió por un lado
y otro, casi atropellando una motocicleta en su prisa. Rosie envió una rápida
oración, la primera en dos años, para que llegara al Barrio en una sola pieza.
“¿Esta es tu primera vez aquí?” preguntó tan tranquilo como pudo ser.
“No, en realidad tengo… ah! ¡Dios mío, voy a morir!”
“No te preocupes. Todos conducimos así aquí. Así que has estado aquí
antes, ¿sí?”
Respiró hondo y trató de calmar sus nervios. ¿Debería pedirle que se
detenga a un lado de la autopista y que la deje caminar el resto del camino? se
preguntó a sí misma.

“Yo… sí, he estado aquí antes.” Lo escuchó hacer algunas preguntas
más, pero estaba tan aterrorizada por su forma de conducir que realmente no
podía distinguir a ninguna de ellas. Ella debió haberle contestado porque él le
sonrió y asintió.
Cuando finalmente se detuvo frente a la casa de huéspedes, Rosie casi se
cayó del auto y besó el suelo. ¡Había sobrevivido!
El conductor del taxi sacó su equipaje y ella le dio una propina
considerable, aunque solo porque estaba sorprendida de que él hubiera
sobrevivido tanto tiempo.
La Grande Maison era todo menos eso. En la esquina de la calle Orleans
e inclinada ligeramente hacia la calle Rampart, estaba en un estado mucho peor
de lo que las imágenes en línea habían mostrado. Rosie gimió mientras caminaba
hacia el edificio de ladrillo rojo.
Ojalá fuera esa bonita casa amarilla al otro lado de la calle. Rosie se
detuvo y miró con nostalgia la pequeña casa de dos pisos con su puerta negra
brillante y su intrincado balcón de encaje. Se preguntaba quién podría vivir allí,
qué aspecto tenía el interior de la casa, cómo olía.

Antes de que supiera lo que había hecho, había cruzado la calle, con su
maleta pesada a cuestas, y en realidad había girado el pomo de la puerta. Para su
sorpresa, la puerta se abrió. Se quedó en el umbral mirando hacia adentro.
“Hola,” llamo, pero no hubo respuesta.
Ella estaba loca por hacer esto, lo sabía, y probablemente terminaría
siendo escoltada por la policía, pero no podía evitarlo.
Poco a poco entró, pasando por el pequeño vestíbulo y luego a la sala de
estar. Miró alrededor del pequeño, pero abierto espacio. Un tono más claro de
amarillo, más como un color crema, en las paredes hacía que el espacio pareciera
alegre y luminoso, mientras que una chimenea blanca de gran tamaño con varias
sillas y un sofá esparcido sobre la habitación hacían el cuarto más acogedor. Las
finas puertas francesas que se abrían a un patio en el costado de la casa estaban
cubiertas por cortinas de encaje que soplaban ligeramente con la brisa que
entraba a través de las puertas de malla a juego.
Rosie apartó el fino material y miró hacia afuera, donde había una mesa
de bistró y sillas en medio de varias macetas.


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