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Amenaza – Adrián Aragón Miguel Aragón

 Sinopsis del libro 

Max Cornell continúa con su vida en Londres. Hace ya tiempo que no sabe nada de la SCLI cuando, de repente, su contacto, Nefilim hace una nueva aparición. El Gobierno de España ha solicitado sus servicios.

En esta ocasión Max contará con la ayuda de sus compañeros y además con la de una atractiva agente española, Ana Martínez. Juntos, tendrán que desmantelar una trama financiera que ha puesto en jaque la economía española y quizá también la europea.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: Amenaza
    Autores: Adrián Aragón & Miguel Aragón
    Tamaño: 1.42MB
    Nº de páginas: 315
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Max no sabía mucho de finanzas, pero era experto en distraer la atención.
De modo que la conversación entre los tres versó, sobre todo, en lo interesante
que había encontrado España y las múltiples oportunidades que ofrecía para el
ocio. Cuando los tres hombres habían expresado ya lo absolutamente de acuerdo
que estaban con él, Ana apareció con una mujer, a la que presentó como Teresa
Rosales.
—Encantado —dijo Max. Y en realidad era así. Ana lo estaba convirtiendo
en uno de esos planetas a los que debían acercarse. Si el número de personas que
se unía a su grupo crecía y se establecían los movimientos necesarios, no tendría
que buscar a nadie. Los demás acudirían a él. Al parecer, el truco de no hablar de
dinero o de operaciones financieras funcionaba. Solo aquellos que no prestaban
atención a los negocios obtenían la atención que buscaban. Precisamente porque
pretendían no necesitar lo que habían ido a buscar. Como todos los demás
negocios del mundo, el financiero se basaba en engaños y mentiras.

La mascarada se alargó durante media hora. No hizo falta más para que el
primer satélite despistado hablase de lo sucedido el día anterior. Al parecer, los
tabúes se rompían con cierta facilidad cuando el aburrimiento se abría camino.
—Y dígame, señor Wheeler, ¿cómo es que ha escogido nuestro país
precisamente ahora, con el problema del corralito y la muerte de Gregorio
Sanmartín? ¿No le parece un riesgo innecesario?
Max se hizo el sorprendido.
—¿Disculpe?
En cuanto vieron que no conocía todos los detalles de lo sucedido, sus
recientes «amistades» procedieron a ponerlo al día.
—Vaya —dijo Max como única respuesta—. Son unas noticias terribles.
—¿Sabe que este fue el último sitio donde vieron a Sanmartín antes de que
apareciera su cadáver? Desde entonces nadie ha visto a ninguno de los otros
grandes banqueros del país. Por eso este evento ha perdido gran parte de su
interés.
Ana había regresado al grupo y jugó su papel con absoluta maestría.

—¡Es cierto! —susurró—. Acaban de decirme que se cree que quien lo
secuestró, lo hizo aquí mismo. Con la ayuda de la seguridad del hotel. Una
verdadera atrocidad.
Como marionetas manejadas con absoluta destreza, todos los miembros del
grupo miraron a otra parte a la vez. A los camareros, a los otros asistentes, al
suelo. A Max le quedó claro que ninguno sabía nada.
—Perdónenme, por favor. Enseguida vuelvo.
Todos le sonrieron, pero en sus expresiones se notaba cierta decepción.
Estaban perdiendo a su planeta. Se les escapaba un posible inversor. Y no podían
hacer nada por evitarlo.
Puesto que los invitados no parecían una fuente de información válida, Max
decidió dedicarse a los empleados. Camareros y limpiadores solían ser más
sensibles a las buenas ofertas, y si tenía la suerte de dar con alguien lo bastante
avispado, obtendría mucho más que de cualquiera de aquellos inversores de tres
al cuarto.
Se acercó a los aseos. Con toda probabilidad, los cinco banqueros habrían
pasado por allí en algún momento la noche anterior. Si el Wellington era uno de
esos hoteles que continuaban la tradición de emplear a una persona que se
encargase de mantener los baños impolutos, quizá Max tuviera suerte.

Afortunadamente, la tuvo.
Un hombre mayor, de una edad indeterminada entre los cincuenta y los
sesenta años, le ofreció una toalla de mano cuando Max cerró el grifo.
—Muchas gracias —dijo Max forzando su acento inglés. Añadió un billete
a la bandeja de propinas casi vacía.
—A usted, caballero —contestó el hombre—. Aquí hay mucho rico, pero
pocos se acuerdan de los que tienen menos.
En cuanto terminó de hablar, el hombre miró a su espalda, por si lo hubiera
oído alguien.
—Mi madre decía que los millonarios lo son porque no regalan el dinero.
—Y tenía mucha razón, señor. Aquí nadie suelta ni una perra. Y no seré yo
quien se queje, pero la gente se porta mal con el prójimo y luego pasa lo que
pasa.
—¿A qué se refiere? —preguntó Max. No se creía que hubiera tenido tanta
suerte a la primera.

—Como es de fuera, igual no lo sabe —dijo el limpiador—. Pero ayer
mataron a uno de esos ricachones. A saber por qué. Pero ya le digo yo que por
generoso no fue. Lo que no me explico es cómo siguen los demás ahí arriba tan
tranquilos.
—¿Y quién lo mató? —preguntó Max.
—¿Cómo lo voy a saber yo? Yo les doy a ustedes toallas limpias y friego el
suelo. Nada más.
Por supuesto, Max no había esperado que el hombre le diera la solución al
caso, pero nunca estaba de más preguntar. Se despidió de él con amabilidad y
volvió al salón. Ana seguía alternando con los invitados. Max detuvo a un
camarero que volvía a la cocina con la bandeja llena de vasos vacíos.
—Perdona.
El chico, muy joven, le sonrió como un autómata.
—¿Te importa que vaya contigo a la cocina?
—Me temo que no está permitido, señor. Pero si quiere que le traiga algo,
no tiene más que pedirlo.
—Lo que necesito es salir de aquí un momento. Y que nadie venga detrás.
—Lo siento, señor, pero…
Max sacó un billete de veinte euros y lo puso sobre la bandeja.
—Llévame a la zona donde fumáis. Si salgo por la puerta principal, no me
libraré de toda esa gente que pretende que no quiere mi dinero. Serán cinco
minutos.
El camarero hizo desaparecer el billete en un bolsillo del pantalón y echó a
andar.—
Sígame, por favor.
Max obedeció. La cocina estaba muy cerca. Apenas un corredor y una
puerta batiente más allá. La mala suerte quiso que el encargado de sala se
cruzase con ellos cuando ya estaban a punto de llegar.
—¿Señor? —preguntó dirigiéndose a Max—. ¿Se ha perdido? Esta zona
está reservada para el personal del hotel.
—Me he despistado, sí.
—Oh, ya veo.


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