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Bajo un cielo escarlata

 Sinopsis del libro 

El muchacho que se transformó en espía por amor en uno de los instantes más oscuros de la historia.

La novela basada en la auténtica y épica historia de un héroe olvidado de la Segunda Guerra Mundial.

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Pino Lella no desea saber nada de la guerra ni de los nazis. Es un adolescente italiano ofuscado con la música y las chicas, mas, en la Milán de 1943, sus días de inocencia están contados. Cuando la casa de su familia es destruida por los bombardeos, Pino se une a una red furtiva que ayuda a los judíos a escapar mediante los Alpes, y se enamora de la hermosa y enigmática Anna.

Con la pretensión de resguardarlo, sus progenitores lo fuerzan a alistarse en el ejército alemán y con solo 18 años es reclutado como chofer del general Hans Leyers, la mano derecha de Hitler en Italia y uno de los más poderosos y misteriosos comandantes del Tercer Reich.

Aunque eso le da la ocasión de espiar para los aliados en el Alto Mando alemán, Pino deberá superar los horrores de la guerra y de la ocupación nacionalsocialista. Solo su amor por Anna y el sueño de la vida que compartirán cualquier día le van a dar la fuerza y el valor para proseguir combatiendo en secreto.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Bajo un cielo escarlata
    Autores: Mark T. Sullivan
    Tamaño: 1.96MB
    Nº de páginas: 594
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro Sin coste Bajo un cielo escarlata – Mark T. Sullivan

Daimler. Pino se puso a correr a toda velocidad.
Les apartaban 75 metros cuando Leyers salió por la puerta.
Pero, a 12 pasos del vehículo oficial, Pino le alcanzó, se puso al lado del
general y se detuvo derrapando. Hizo el saludo, trató de aliviar la respiración
y abrió la puerta. Una gota de sudor le cayó por la frente y pasó entre los ojos
sobre el puente de la nariz.
El general Leyers debió verla, puesto que se detuvo ya antes de subir y miró a
Pino con atención. Aparecieron más gotas de sudor que comenzaron a caer.
—Te afirmé que esperases en el vehículo —dijo Leyers.
—Oui, mon général —contestó Pino jadeando—. Mas debía hacer pis.
El general lo miró con determinado desagrado y subió al vehículo. Pino cerró la
puerta sintiéndose tal y como si se hubiera dado un baño de vapor. Se pasó las dos
mangas por la cara y ocupó el asiento del conductor.
—A Varenna —dijo el general Leyers—. ¿Lo conoces?
—La costa este del brazo oriental del lago, mon général —contestó Pino a
la vez que ponía el vehículo en marcha.
Les hicieron detenerse en 4 puestos de control mientras que iban de
camino a Varenna, mas, en todas y cada una de las veces, el guarda vio a Leyers en
el asiento trasero del vehículo oficial y se apuró a hacerles una señal para que
pasaran. El general ordenó a Pino que se parara en una pequeña cafetería de
Lecco para solicitar un espresso y un pastel que Leyers se tomó mientras
seguían de camino.

A las afueras de Varenna, el general Leyers le dio instrucciones para que
salieran de la urbe y subiesen cara las estribaciones del sur de los Alpes.
La carretera se transformó enseguida en un camino que conducía a un prado
vallado. Leyers ordenó a Pino que pasase por la valla y atravesase el campo.
—¿Está convencido de que el vehículo puede ir por ahí? —preguntó Pino.
El general lo miró tal y como si fuera imbécil.
—Tiene tracción en las 6 ruedas. Va a ir por donde desee que vaya.
Pino cambió la marcha a la más corta y atravesaron la valla para circular
como un pequeño tanque por el terreno irregular con sorprendente sencillez.
El general Leyers le afirmó que aparcara en el otro extremo del campo junto a
seis camiones vacíos y dos soldados de la Organización Todt que los
vigilaban.
Pino detuvo el vehículo oficial y lo apagó.
—¿Sabes tomar notas asimismo? —preguntó el general antes que él
pudiese salir.
—Oui, mon général.

Leyers procuró en su maletín y sacó un bloc de notas de taquígrafo y un
bolígrafo. Ahora, recobró la cadena y la llave de bajo la
camisa y cerró el maletín.
—Sígueme —dijo—. Escribe lo que te afirme.
Pino cogió el bloc de notas y el boli y salió. Abrió la puerta trasera y bajó
Leyers, que paseó con brío al lado de los camiones hasta un camino que se
adentraba en el bosque.
Eran prácticamente las once de la mañana. Se oía a los grillos en la mitad del calor. El
aire del bosque tenía un agradable fragancia a flora y le recordó a Pino a
aquella ladera de pasto donde y Carletto habían dormido a lo largo de el
bombardeo. El camino comenzó a bajar por una pendiente con montones de
raíces de árboles a la vista y cornisas.
Unos minutos después, salieron de los árboles a una vía férrea que entraba
en curva en un túnel. El general Leyers prosiguió caminando hacia él. Fue
entonces cuando Pino oyó el estrépito del metal sobre la roca, cientos de
martillos que golpeaban contra la piedra del interior del túnel. Olía a
explosivos quemados.

Los guardas que observaban la puerta del túnel se pusieron firmes y
saludaron cuando Leyers pasó por su parte. Pino prosiguió detrás, sintiendo sus
ojos clavados sobre él. Todo estaba sombrío y la obscuridad fue en aumento
conforme se adentraban en el túnel. A cada paso, el martilleo se oía más cerca
y era más molesto para los oídos.
El general se detuvo, procuró en su bolsillo y sacó unas bolas de algodón. Le
dio una a Pino y le hizo un ademán a fin de que la rompiese por la mitad y se
metiera los pedazos en los oídos. Pino obedeció y se dio cuenta de que
funcionaba, pues ahora solo si el general le chillaba de manera directa a su lado
podía escuchar lo que afirmaba.
Recorrieron una curva del interior del túnel. Unas lumínicas bombillas
eléctricas colgaban del techo más adelante, proyectando una fuerte luz que
mostraba las siluetas de un pequeño ejército de hombres grises que usaban
picos y mazos para agredir las paredes de los dos lados del túnel, que apestaba
a explosivos. Pedazos de roca cedían a las arremetidas, se rompían y caían a
los pies de los hombres. Estos les daban patadas cara otros hombres que
estaban por detrás de ellos y que cargaban los restos en unas vagonetas
de mina sobre las vías.

Era infernal, pensó Pino, y deseó poder salir de allá inmediatamente. Mas el
general Leyers prosiguió sin pausa hasta el momento en que se detuvo al lado de un guarda de
la OT, que le dio una linterna. El general la encendió y apuntó con ella hacia
las excavaciones de los dos lados de la vía. Los hombres grises habían cortado
la pared más de un metro por ciertos sitios y vaciaban un espacio
que Pino calculó que sería de 2 metros y medio de alto por 24 de
largo.


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