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Bonita avenue

Genero: Terror

 Sinopsis del libro 

Considerada una «novela magistral» por el semanario alemán Die Zeit y en su país natal como «la respuesta holandesa a Jonathan Franzen», Bonita Avenue se ha convertido en una novela emblemática de la narrativa holandesa actual. Galardonada con el Premio Academica, el Premio Selexyz de Primera Novela, el Premio Tzum y el Premio Anton Wachter, esta saga familiar inmisericorde ha sido traducida a 11 idiomas y ha situado a su autor en la primera fila de las nuevas voces de la narrativa europea. Países Bajos, finales de la década de los 90. La familia que protagoniza esta historia gravita en torno a la formidable figura de Siem Sigerius, antiguo campeón de judo y genio matemático de renombre internacional, amante del jazz y rector de una de las universidades más grandes del país.

Favorito de los medios de comunicación, su nombre suena para convertirse en el próximo ministro de educación. Junto con su segunda mujer, Tineke, vive en una granja cercana al campus, donde reciben las visitas de dos hijas ya emancipadas, Joni y Janis (que se llaman así por Joni Mitchell y Janis Joplin). Cuando Aaron, un fotógrafo freelance sin éxito, empieza a salir con Joni, se siente intimidado por la figura del superdotado patriarca, pero a través del jazz y el judo logra hacerse un hueco y sentirse parte de un clan aparentemente feliz… hasta que todo se desmorona. La explosión de un almacén de productos pirotécnicos que destruye un barrio entero, el crecimiento exponencial pero silencioso de la pornografía en internet y la reaparición de un hijo de un matrimonio anterior que ha pasado años en prisión son algunos de los elementos que confluyen en la turbulenta desintegración del clan Sigerius.

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El contrapunto de esta espiral de destrucción de la felicidad familiar es el recuerdo de los dos años paradisíacos que pasaron en la casa de Bonita Avenue, cuando Siem fue profesor en Berkeley, California. Combinando elementos de la ficción hiperrealista con el thriller psicológico y la novela negra, Peter Buwalda traza un retrato caleidoscópico del derrumbe de una familia, una corrosiva tragedia moderna en la que los dilemas morales que se derivan del choque generacional, de la irrupción de la violencia en la vida cotidiana o de la globalización del negocio del sexo nos devuelven una imagen sobrecogedora y apasionante de la época en que vivimos.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Bonita Avenue
    Autores: Peter Buwalda
    Tamaño: 1.94MB
    Nº de páginas: 479
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro de Bonita avenue – Peter Buwalda
en pdf o epub Gratis

Los últimos días que pasaron en la granja, Aaron estuvo actualizando la página
web en uno de los ordenadores del centro cultural universitario, una faena de
mierda que no sabía muy bien por qué tenía que hacerla sólo él. La idea de
abrir la página había sido de Joni, pero fue él quien hizo el curso de
Dreamweaver; ella era la que hablaba de prostitución, pero era él quien se lo
hacía en los pantalones cada vez que un estudiante entraba en la sala. Eran las
últimas fotos de la serie que habían hecho en el hotel Golden Tulip, debían
darse prisa en empezar una nueva.
Al salir de la biblioteca, la atmósfera pesaba como una campana de cristal
sobre el campus. La satisfacción que le producía el deber cumplido
ahuyentaba por un instante la visión en la que se imaginaba echando una breve
siesta en una mesa de la biblioteca, que curiosamente se encontraba sobre las
baldosas musgosas de la plaza central, frente al centro cultural. Sobre el azul
profundo habían aparecido las primeras estrellas, por encima de las copas de
los árboles, y unas ristras de color naranja se alargaban por el oeste.

Mientras
él quitaba el candado a su bicicleta, La Bastille escupía a un grupo de
estudiantes, muchachas que, sin dejar de cotillear, habían devorado su ración
semanal de salchichas con patatas fritas y verdura cocida y troceada. Todas
iban a por sus bicicletas.
Decidió tomar un atajo. Un carril bici salpicado de hojas lo condujo a lo
largo de la pista de atletismo. Tres corredores se deslizaban por los carriles
de tierra batida produciendo unos crujidos amortiguados; en el centro,
sentadas en el óvalo de césped, había unas chicas bebiéndose una botella de
vino. El sol descendía tras el talud cubierto de vegetación que ocultaba a la
vista la piscina descubierta. El aire cálido le acariciaba el cráneo. Cerró los
ojos ante una nube de mosquitos y se estaba preguntando si la piscina
contendría suficiente agua como para extinguir esa bola naranja, cuando de
golpe se le resbaló del hombro la bolsa de la cámara de fotos. La bolsa le
quedó colgando del antebrazo y se iba introduciendo con un repiqueteo entre
los radios de la bici. Una estudiante en una vieja bicicleta holandesa pasó por
delante de él murmurando un «perdón» apenas audible.

—¡Hijaputa! —gritó él, y se asustó de la facilidad con que su paz se
transformaba en furia.
Con la respiración alterada, dejó que la bicicleta terminara de rodar y se
quedó de pie con las piernas abiertas. La culpa de todo la tenían siempre los
celos. Todo era por miedo a perderla.
Cuando llegó a la granja, nevaba. Los chopos del extremo norte del jardín
florecían con tanta intensidad que el cielo oscurecido estaba lleno de copos y
el césped, cubierto de montones de pelusa transparente. Unos ovillos de
pelusa mullida bailaban alrededor de los tobillos desnudos de Joni, sentada en
la parte trasera del jardín, en la terracita con musgo al lado de los antiguos
establos, como una… sí, como una ¿qué? Como una muñeca de nieve
derritiéndose.
Tineke estaba sentada frente a ella, al otro lado de la mesa de jardín hecha
con madera reciclada; entre ambas, unos platos sucios vacíos y una jarra de
agua. Mientras avanzaba hacia ellas, lo asaltó un sentimiento de repugnancia.
No le costó adivinar lo que estaba pasando.
—Hola —dijo, sentándose al lado de Tineke.

Joni respondió al saludo sonándose la nariz prolongadamente con un trozo
de papel de cocina. El ruido le recordó el burbujeo del café que acaba de
subir. Tenía los ojos hinchados de llorar. La madre suspiró hondo y lo miró.
—¿Tienes hambre? —preguntó.
—Hambre y sed —dijo.
Y en lugar de preguntar por qué Joni había estado llorando, cogió un vaso y
lo llenó de agua. Se lo bebió de un trago y se secó la boca.
—Qué bien —dijo.
Tras un silencio incómodo, Tineke quiso levantarse.
—Ya lo hago yo —murmuró Joni.
Se puso de pie, se subió el tirante de la camiseta y cruzó el jardín cubierto
de pelusas arrastrando los pies. Cuando ya estaba en la cocina, Tineke le puso
una mano en la muñeca a Aaron y le dijo a media voz:
—Acaba de llegar de Groninga. Ha ido a visitar a Ennio. Sé un poco
amable con ella.
Él asintió con la cabeza.
—¿Qué ha pasado?
Tineke miró un momento hacia la casa; desde la cocina llegaba el zumbido
del microondas.

—Es una historia terrible —explicó—. Espantosa. Ese hombre se vio
envuelto por las llamas. Por lo que he entendido, estaba durmiendo la siesta en
el sofá cuando la ventana del cuarto de estar reventó hacia dentro. Se le
clavaron cristales por toda la espalda y las piernas. La alfombra que había
debajo de la mesita del salón prendió, y también el sofá en el que estaba
tumbado, todo de material sintético. Salió rodando a través de la ventana rota
y sólo cuando estuvo fuera se dio cuenta de que el pantalón también ardía. —
Negó con la cabeza—. Y mientras intentaba apagarlo, junto a la cancela del
jardín, lo alcanzó de pleno la chimenea de su propia…
Enmudeció de golpe cuando Joni abrió la mosquitera. Un buen problema de
mecánica, pensó él mientras Joni se acercaba por el sendero. Datos: velocidad
de rotación del hombre y el punto más elevado de la chimenea. Pregunta: ¿qué
profundidad tiene el jardín? Joni miraba como si le doliera algo. Y en efecto,
le dolía: gimiendo, dejó caer con estrépito un plato humeante de pollo tandoori
delante de sus narices. Rodeó la mesa soplándose los dedos. Tenía mal
aspecto.


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