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Chicago

Genero: Acción

 Sinopsis del libro 

Mike Hodge, un veterano de la
Gran Guerra, es periodista del Chicago Tribune durante los violentos años veinte. Mientras investiga una muerte
relacionada con el crimen organizado, la mujer de la que está enamorado es asesinada. Para Mike, averiguar quién la ha
matado se convierte en una cuestión personal y no le importan las consecuencias que esto puede acarrear. Chicago, un
thriller contundente y enrevesado ambientado en la mafiosa Ciudad de los Vientos, es la primera novela en más de dos
décadas de David Mamet, el oscarizado guionista de Los intocables de Eliot Ness y La cortina de humo, y autor de la
obra teatral Glengarry Glen Ross, por la que obtuvo el Premio Pulitzer. En el lienzo de una ciudad poblada por
corruptos, cínicos y engañados, Mamet elabora una saga retorcida y correosa de revancha y traición. Mezclando algunas
de sus brillantes creaciones de ficción con figuras reales de la época (entre ellas Al Capone), aborda como ningún otro
escritor cuestiones de honor, engaño, devoción y venganza.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Chicago
    Autores: David Mamet
    Tamaño: 1.07MB
    Nº de páginas: 147
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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El señor Shields señaló la ventana y Chicago, que se extendía al otro
lado.
Mike, agradecido, se rio entre dientes.
—Pero están obligados a resolver el caso.
—En teoría sí —dijo Shields—, pero…
Mike no se quedó inmóvil, pero casi. Decidió dejarlo venir. El tren
elevado pasó por delante de la ventana y el señor Shields se frotó las sienes.
—Fue extraño, sí. Presentamos la denuncia por mero formalismo.
—¿Por qué formalismo? —preguntó Mike.
—Porque el contenido de la caja fuerte —dijo apoyando el dedo en la
página— era de un valor limitado. Nuestro procedimiento requiere una
notificación a la policía. Normalmente se encarga el titular de la póliza, pero,
en este caso…
—¿Quién era el titular?
—Jacob Weiss.
—Pero Jacob Weiss estaba muerto —dijo Mike—. Lleva muerto un año.
—Sí —repuso el señor Shields.
—Entonces ¿quién presentó la reclamación?
—No… —dijo el señor Shields mirando el formulario—. No me está
permitido revelar…
—Espere. Ha dicho que era una reclamación antigua.

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—¿Una reclamación antigua?
—Usted ha dicho que la policía se interesó por una reclamación antigua.
—Sí, les interesaba más eso.
—¿Qué es eso?
—El broche de diamantes. Se denunció su desaparición hace un año.
—¿No estaba en la caja fuerte? —preguntó Mike.
—No, no —dijo el señor Shields—. Lo… Lo sustrajo un empleado del
ferrocarril —dijo señalando la página—. Pagamos aquella reclamación.
—Entonces ¿tiene idea de por qué le interesa a la policía ahora?
28
Un año antes, a su regreso de una excursión a Nueva York, Jacob Weiss
había denunciado que la pieza que había intentado empeñar Ruth Watkins
había sido robada del joyero de su mujer en el Empire State.
La reclamación a la compañía de seguros había precipitado la muerte de
Ruth Watkins.

En opinión de Mike y Parlow, Weiss, que había pasado una semana
fuera de la ciudad y era presa del desamor, había vaciado en un tren el joyero
de su mujer sobre el regazo de Lita Grey. La esposa descubrió la pérdida. El
empleado del ferrocarril fue acusado y juzgado y acabó en la cárcel.
—Sí —dijo Marcus—. Desapareció aquella mierda y no había nadie en
el compartimento salvo el maletero, aunque cualquiera con un poco de
sentido común sabe que también estaban allí el hombre que presentó la
denuncia y su mujer. Porque, ¿quién salía ganando en todo aquello? William
White había trabajado toda su vida para el New York Central. Tenía cuatro
hijos. Entonces le endilgaron una baratija, una mierda de reloj de mujer hecho
de plata alemana que ni siquiera figuraba en la lista de artículos
presuntamente robados. Ahora está en el sur del estado cumpliendo cinco
años porque un hombre blanco que engañaba a su mujer jodió a la compañía
de seguros, sobornó a la policía y endilgó una prueba a ese hombre.

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Y le diré
una cosa: además de judío, le puedo asegurar que Jackie Weiss es un hombre
blanco de pura cepa. Se lo cuenta a los policías ferroviarios y la zorra
empieza a gritar: «A veces un hombre necesita un coño desconocido». Los
policías se miran entre ellos. Saben dónde están las joyas. El policía dice:
«Podemos meterle algo en el bolsillo al empleado». Jackie Weiss les entrega
una tarjeta de visita y les dice que están invitados en el Chez si alguna vez
van al centro. Ahora ya no es un hombre blanco, por supuesto, sino un judío,
y no van a cambiar al portero por un puto plato de ternera y un par de
whiskies. Jackie se aclara la garganta. «Y, evidentemente (dice algo por el
estilo), agradezco las molestias que se han tomado, la documentación,
etcétera», saca dos billetes de cincuenta, los mira a los ojos, les entrega el
dinero y ahora todo el mundo está relajado. La compañía de seguros pagará.
En cuanto baja del tren, William White sabe que irá a la cárcel. Se ha hecho
justicia.
—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó Mike.

—No ha prestado usted atención —respondió Marcus.
—¿Qué me he perdido?
—¿Qué se ha perdido? Se ha perdido lo que está ocurriendo.
—Lo que está ocurriendo —explicó Mike— es que todos los que tienen
relación con Jackie Weiss acaban muertos. La puta y la sirvienta. Si te fijas,
huyeron con lo puesto. ¿Qué necesitan? Dinero. ¿Y qué hacen?
—Empeñan el botín —dijo Parlow.
—Tienen que empeñar el botín. Es su única posesión. Si quien las busca
encuentra las joyas, encontrará a las chicas.
—Pero no es cierto —dijo Parlow.
—Se lo regaló a la chica. Todo el mundo la vio en el club con él puesto.
Tuvo que venderlo. Si encuentras el broche, encontrarás a las chicas. ¿Y
cómo pueden encontrarlas? Enviando a la policía a interrogar a los empleados
de la casa de empeños.
—Ah —dijo Parlow—. Veo que te has convertido en la proverbial
Viuda Joven que, una vez más, empieza a incorporarse y a darse cuenta de las
cosas. ¿Qué?
—Pusieron a la policía a buscar…
—¿Quiénes, Mike? —dijo Parlow.
—La pregunta es: ¿quién tiene influencia para movilizar a la policía?
—¿Dónde quieres llegar? —preguntó Parlow.

Ruth Watkins había muerto, William White cumplía una condena de cinco
años y Mike Hodge estaba sentado en el despacho de Domaine Dixon,
abogado.


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