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Comisión ejecutora – Gregg Hurwitz

 Sinopsis del libro 

Tim Rackley, un agente federal norteamericano, ve que su vida queda destrozada cuando asesinan a su hija. La policía cuenta con numerosas pruebas contra el asesino, un hombre con problemas mentales y antecedentes penales llamado Kindell. Sin embargo, éste acaba librándose de la condena por un tecnicismo legal y queda en libertad. Rackley está convencido de que Kindell no actuó en solitario y en su desespero por encauzar su dolor, por entrar en la Comisión.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Comisión ejecutora
    Autores: Gregg Hurwitz
    Tamaño: 1.99MB
    Nº de páginas: 258
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Abusos a Menores y Desatención— estaba sentada en un taburete bajo, de cara
a la niña:
«-¿Así que te tocó?»La pequeña se abrazaba las piernas y se cogía las
espinillas con las manos.
«-Sí.»
«-Vale, lo estás haciendo muy bien, Lisa. ¿Te tocó en alguna parte que tú
no quisieras?»
«-No.»La asistente social fruncía entonces el ceño, una arruga apenas
visible entre las cejas. Tenía una voz suave y tranquilizadora.
«¿Seguro que no te da miedo contármelo, bonita?»Lisa apoyaba la barbilla
en las rodillas. Su cabeza subía y bajaba varias veces. Tim cayó en la cuenta
de que la niña mascaba chicle.

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«-No me da miedo.»
«-Vale. Entonces te lo voy a preguntar otra vez… ¿Te tocó por la parte
inferior del cuerpo?»Se oyó una vocecita, casi inaudible:
«Sí.»La asistente social adoptaba una expresión compasiva.
«¿Dónde? ¿Me lo enseñas con estos muñecos?»Casi al instante aparecían
dos muñecos del bolso de la asistente, con sus brillantes genitales de poliéster
y todo.
Lisa los observaba atentamente antes de alargar la mano para cogerlos.
Después hacía que el muñeco tomara de la mano a la muñequita y, al cabo,
miraba a la asistente.
«Muy bien. ¿Y luego qué?»Lisa disponía a los muñecos dándose un
abrazo.
«Vale, ¿y luego?»Lisa se mordía el labio inferior con expresión pensativa
y ponía la mano del muñeco en el pecho de la muñeca.

«Muy bien, Lisa. Muy bien. ¿Así es como te dijo Peggy que la
tocaron?»Lisa asentía entonces con solemnidad.
Rayner puso cara de preocupación y cruzó una mirada con Ananberg, que
meneó la cabeza impertérrita.
—Primero vamos a ver el resto de las entrevistas —dijo.
Adelantando de vez en cuando la cinta, vieron las seis entrevistas
siguientes, todas ellas caracterizadas por las mismas técnicas en labios de la
misma asistente social.
Cuando la última niña acabó de narrar entre lágrimas los abusos que había
sufrido, Rayner detuvo la cinta.
—Fue una maldita caza de brujas. No me extraña que el juez invalidara el
veredicto.
—¿Qué dices? —saltó Robert—. Todas y cada una de esas niñas dijeron
que habían abusado de ellas. Hasta lo escenificaron con los muñecos.
—La asistente social les hizo preguntas capciosas, Rob —explicó Dumone
—. En el caso de los adultos, es lícito intentar sonsacar a alguien una
confesión, pero los niños son más impresionables. Imitan como loros.
—¿En qué sentido son capciosas las preguntas?
—Para empezar, apenas se hicieron preguntas generales —respondió
Ananberg—. Como, por ejemplo, qué ocurrió. La asistente social apuntaba,
implantaba la información por medio de preguntas cerradas y sugerentes. De
ese modo, «¿Te tocó por debajo del cinturón?» se convierte en «¿Dónde te
tocó por debajo del cinturón?» Y condicionaba a las niñas.

Las recompensaba
por las respuestas que quería oír: sonreía, les decía «Muy bien», las animaba.
—Y fruncía el ceño cuando no le gustaba lo que oía —añadió Rayner—.
Si una niña respondía «mal», se veía sometida a una repetición de las
preguntas, así como a la desaprobación tácita de la entrevistadora, hasta que
se inventaba algo.
Tim hojeó las notas del detective, pésimamente fotocopiadas, que contenía
el informe.
—Las niñas frecuentaban los mismos círculos. Los padres se conocían
entre sí. Después de la primera acusación, las familias se reunieron en varias
ocasiones, y se celebraron conferencias en la escuela. Sus testimonios se
vieron contaminados mutuamente. Las entrevistas grabadas son de fechas
posteriores. Las testigos no partían exactamente de cero.
—Y quién sabe cuántas oportunidades surgieron de implantarles recuerdos
o reafirmarlas en ellos —apuntó Ananberg—. Otras niñas, los medios de
comunicación… —Trazó un bucle con la mano para dar a entender que la lista
continuaba.
—¿Qué hay de los muñecos? —dijo Mitchell.
—Se puede decir lo mismo —contestó Rayner—. Además, no se
recomienda utilizar muñecos de esos realistas, desde el punto de vista
anatómico, con niños de tan corta edad.
—Sólo con los más talluditos —dijo Ananberg.
Robert la atravesó con la mirada.
—Esto no es una puta broma. —Hizo un gesto en dirección a su hermano
—. Para nosotros, no.
—No creo que lo haya dicho con mala intención —terció Dumone.
—No, tiene razón. —Ananberg se pasó la mano por el cabello cas taño
oscuro—. Lo siento. Sólo intentaba aligerar el tono de la conversación. Es un
asunto muy… delicado.

—Si no te van los asuntos delicados, igual te has equivocado de sitio.
—Robert. Se ha disculpado —dijo Tim—. Sigamos adelante.
Ananberg adoptó su típico tono enérgico y profesional.
—Según la investigación de Ceci y Bruck publicada en mil novecientos
noventa y cinco, las entrevistas a niños de corta edad con muñecos realistas
desde el punto de vista anatómico son muy poco fiables.
Mitchell levantó la mirada de las actas del juicio.
—¿Qué coño importan los muñecos? Según esto, el tipo confesó.
—La defensa puso en tela de juicio la confesión de una manera más que
convincente —dijo Rayner, que se acercó al reproductor de vídeo y cambió la
cinta. Apareció en la pantalla la fría luz de una sala de interrogatorios. La
cámara captaba parte del reflejo del reverso de un espejo falso. Mick Dobbins
permanecía encorvado en una silla de metal plegable mientras dos detectives
le hacían preguntas. A pesar de lo sólido de su estructura y de tener los
hombros anchos, su apariencia era claramente juvenil. Los brazos le colgaban
sueltos y pesados entre las piernas abiertas y tenía desatada la zapatilla del
pie derecho, vuelto de lado. Se le había soltado uno de los tirantes del peto,
que oscilaba a su lado como un yoyó a la espera de que alguien lo cogiera.
Los detectives lo habían puesto bajo una luz intensa; uno de ellos siempre
permanecía fuera del campo de visión de Dobbins, a su lado, justo detrás. Este
tenía la cabeza gacha pero intentaba seguir a los detectives con los ojos, que
miraban nerviosos desde detrás del flequillo sudoroso.

De su cabeza,
curiosamente rectangular, sobresalían unas orejas bajas como asas de taza
idénticas.
«-Así que te gustan las niñas, ¿eh? »-preguntaba el detective.


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