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El capitán Alatriste – Arturo y Carlota Pérez Reverte

 Sinopsis del libro 

La oscura noche se cierne pesada sobre las gradas de la iglesia de San Felipe. A esas horas ya no hay curiosos que deambulen preguntando por las noticias de Flandes recién salidas de la Estafeta de Correos, próxima El capitán Alatriste pdf a la iglesia, ni enamorados que con sus chismes y juegos galantes intenten requebrar a las mozas de cántaro y agua de acero. o es momento de flores y rosas… es la hora del cazador. Un hombre joven, sin más compañía que una palmatoria se aproxima furtivo a las gradas camino de su casa en la Calle Mayor. Seguro de su anonimato. De pronto, como si se rasgara la oscuridad que le envuelve se oye el siseo zissssssss de una espada que sale silenciosa y sin artificio de una vaina bien engrasada. Unos pasos le indica que un desconocido

se le acerca. «Téngase por vida de Dios, que hasta aquí hemos llegado» le espeta el desconocido y sin más ceremonia se pone en guardia, espada en alto, brillante a la pobre luz de la vela… o hay grandes paradas, ni perfectos movimientos circulares, solo una estocada a fondo que le hunde tres cuartas de hierro al pobre viandante, que sólo había cometido el pecado de utilizar un vuesa merced indebido a un pisaverde en los paseos del Prado. El desconocido se agacha, registra el rico jubón, y con movimientos profesionales limpia la hoja sanguínea en la capa. Todo limpio, higiénico, y metódico. Todo rápido y sin discursos, pues en ese mundo salvaje de a salto de mata no hay momentos de gloria hidalga… solo un brillo de lobo que caza solo, un lobo llamado Alatriste.

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Ficha técnica del libro

  • Título: El capitán Alatriste
    Autores: Arturo y Carlota Pérez-Reverte
    Tamaño: 1.04MB
    Nº de páginas: 436
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Aquel fulano debía de haberlo tomado por imbécil. Era justo lo que faltaba: ir a
meterse en la boca del lobo, poniendo sobre aviso al embajador inglés y a sus criados.
La curiosidad mató al gato, se dijo mientras echaba un vistazo inquieto alrededor. Se
repitió que ya iba siendo ocasión de cuidar el pellejo que, sin duda, más de uno
estaría dispuesto a agujerearle a aquellas horas. Era tiempo de ocuparse de sí mismo;
de modo que hizo ademán de terminar la conversación. Pero el inglés aún lo retuvo
un instante.
—¿Conoce vuestra merced algún lugar cercano donde podamos encontrar ayuda?
… ¿O descansar un poco?
Iba a negar Diego Alatriste por última vez, antes de desaparecer entre las
sombras, cuando una idea cruzó su pensamiento con el fulgor de un relámpago. Él
mismo no tenía donde guarecerse, pues el italiano y más gente provista por los
enmascarados y el padre Bocanegra podía ir a buscarlo a su casa de la calle del
Arcabuz, donde a esas horas yo dormía como un bendito. Pero a mí nadie iba a
hacerme daño; y a él, sin embargo, le rebanarían el gaznate antes de que tuviera
tiempo de echar mano a la blanca. Había una oportunidad de conseguir resguardo
aquella noche y ayuda para lo que estuviera por venir; y al mismo, tiempo socorrer a
los ingleses, averiguando más sobre ellos y sobre quienes con tanto afán procuraban

su despacho para el otro mundo. Esa carta en la manga, de la que Diego Alatriste
procuraba no usar en exceso jamás, se llamaba Álvaro de la Marca, conde de
Guadalmedina. Y su casa palacio estaba a cien pasos de allí.
—Te has metido en un buen lío.
Álvaro Luis Gonzaga de la Marca y Álvarez de Sidonia, conde de Guadalmedina,
era apuesto, elegante, y tan rico que podía perder en una sola noche 10.000 ducados
en el juego o con una de sus queridas sin alzar siquiera una ceja. Por la época de la
aventura de los dos ingleses debía de tener treinta y tres o treinta y cuatro años, y se
hallaba en la flor de la vida. Hijo del viejo conde de Guadalmedina —Don Fernando
Gonzaga de la Marca, héroe de las campañas de Flandes en tiempos del gran Felipe II
y de su sucesor Felipe III—, Álvaro de la Marca había heredado de su progenitor una
grandeza de España, y podía estar cubierto en presencia del joven monarca, el Cuarto
Felipe, que le dispensaba su amistad; y a quien, se decía, acompañaba en nocturnos
lances amorosos con actrices y damas de baja estofa, a las que uno y otro eran

aficionados. Soltero, mujeriego, cortesano, culto, algo poeta, galante y seductor,
Guadalmedina había comprado al Rey el cargo de correo mayor tras la escandalosa y
reciente muerte del anterior beneficiario, el conde de Villamediana: un punto de
cuidado, asesinado por asunto de faldas, o de celos. En aquella España corrupta

donde todo estaba en venta, desde la dignidad eclesiástica a los empleos más
lucrativos del Estado, el título y los beneficios de correo mayor acrecentaban la
fortuna e influencia de Guadalmedina en la Corte; una influencia que además se veía
prestigiada por un breve pero brillante historial militar de juventud, desde que con
veintipocos años había formado parte del estado mayor del duque de Osuna, peleando
contra los venecianos y contra el turco a bordo de las galeras españolas de Nápoles.
De aquellos tiempos, precisamente, databa su conocimiento de Diego Alatriste.
—Un lío endiablado —repitió Guadalmedina.
El capitán se encogió de hombros. Estaba destocado y sin capa, de pie en una
pequeña salita decorada con tapices flamencos, y junto a él, sobre una mesa forrada
de terciopelo verde, tenía un vaso de aguardiente que no había probado.
Guadalmedina, vestido con exquisito batín de noche y zapatillas de raso, fruncido el
ceño con preocupación, se paseaba de un lado a otro ante la chimenea encendida,

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reflexionando sobre lo que Alatriste acababa de contarle: la historia verdadera de lo
ocurrido, paso a paso excepto un par de omisiones, desde el episodio de los
enmascarados hasta el desenlace de la emboscada en el callejón. El conde era una de
las pocas personas en que podía fiar a ciegas; y como había decidido mientras
conducía hasta su casa a los dos ingleses, tampoco tenía mucho donde elegir.
—¿Sabes a quiénes has intentado matar hoy?
—No. No lo sé —Alatriste escogía con sumo cuidado sus palabras—. En El capitán Alatriste epub
principio, a un tal Thomas Smith y a su compañero. Al menos eso me dicen. O me
dijeron.
—¿Quién te lo dijo?
—Es lo que quisiera saber yo.
Álvaro de la Marca se había detenido ante él y lo miraba, entre admirado y
reprobador. El capitán se limitó a mover la cabeza en un breve gesto afirmativo, y
oyó al aristócrata murmurar «cielo santo» antes de recorrer de nuevo el cuarto arriba
y abajo. En ese momento los ingleses estaban siendo atendidos en el mejor salón de
la casa por los criados del conde, movilizados a toda prisa. Mientras Alatriste

esperaba, había estado oyendo el trajín de puertas abriéndose y cerrándose, voces de
criados en la puerta y relinchos en las caballerizas, desde las que llegaba, a través de
las ventanas emplomadas, el resplandor de antorchas. La casa toda parecía en pie de
guerra. El mismo conde había escrito urgentes billetes desde su despacho antes de
reunirse con Alatriste. A pesar de su sangre fría y su habitual buen humor, pocas
veces el capitán lo había visto tan alterado.


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