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El cielo a tiros

Genero: Juvenil

 Sinopsis del libro 

Una apasionante novela sobre la generación de hijos de los grandes narcotraficantes colombianos de los años noventa y un fiel retrato de la Medellín de hoy.

Larry regresa al país doce años después de la desaparición de su padre, un mafioso muy cercano a Pablo Escobar en los años noventa. Sus restos han sido finalmente hallados en una fosa común y Larry vuelve para recuperarlos y darles sepultura. A su llegada a Medellín lo espera Pedro, su gran amigo de infancia, que se lo llevará directamente desde el aeropuerto a la celebración de la Alborada, una fiesta popular en la que la ciudad pierde el control mientras estalla pólvora durante toda una noche.

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El encuentro de Larry con su madre, una antigua reina de belleza que pasó de tenerlo todo a no tener nada, y que ahora se halla sumida en la depresión y la drogadicción; los recuerdos de un pasado familiar turbulento y el redescubrimiento de una ciudad en la que aún se perciben los rezagos de la época más oscura de la historia de Colombia, son algunos de los hilos que conectan esta novela en la que el autor -con la maestría narrativa que lo caracteriza- consigue retratar a una generación de hijos del narcotráfico, que terminaron por ser víctimas de sus propios padres.


Ficha técnica del  libro

  • Título: El cielo a tiros
    Autores: Jorge Franco Ramos
    Tamaño: 2.32MB
    Nº de páginas: 582
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Alguien levantó una persiana y entró un chorro de luz a la cabina. El
resplandor los golpeó y los dos achicaron los ojos. No duró mucho. Larry le
pidió perdón a Charlie cuando volvieron a quedar a oscuras. Y le preguntó:
—¿No te importa, entonces?
—¿Qué cosa?
—Lo de mi papá.
—Ah —exclamó Charlie—. Ya se me había olvidado.
Ella reclinó un poco más el asiento.
—Si quieres dormir, me devuelvo a mi puesto —dijo él.
—No. Es que me pesa la cabeza. Quédate.
Le pesaban los ojos, los párpados hinchados, las pestañas mojadas, y sentía
un nudo tenso en el entrecejo. En la mano sostenía el vaso con el último trago
que se habían servido. Cabeceó y Larry intentó quitárselo para que no lo
derramara, pero ella lo apretó con fuerza.

—No —murmuró, sin abrir los ojos.
Cuántas veces se habría quedado dormida con un vaso en la mano,
cuando bebía sola. Cuántas se habrá despertado sobre un charco de alcohol
en una de sus borracheras…
Larry no terminaba de entender su historia. Ahí, recostada, había una mujer
muy bella, y él siempre creyó que la gente hermosa no sufría de soledad.
Si la belleza es como un imán…
Eso de que alguien tuviera que beber solo, le daba tristeza.
Se quedó mirándola un rato largo en el que no pasó nada. Ni subidas, ni
bajadas, ni turbulencias, ni anuncios del piloto, ni los auxiliares de vuelo por
los pasillos. Ni siquiera pasó el tiempo. De repente, Charlie le habló como si
recién estuvieran conversando.

—¿En qué piensas?
—En la vida —dijo él.
Ella seguía con el vaso en la mano, los ojos cerrados y recostada como una
reina. Larry comenzó a pensar, ahora sí, en la vida, pero no en la que se vive
sino en la que se nombra.
«Vida» es la única palabra que aguanta cualquier adjetivo. Vida feliz, vida
triste, vida rosa o roja, vida larga o breve, esponjosa, traicionera, burlona,
mala vida, buena, estruendosa, transparente. Vida blue, gris o falsa, vida
robusta, vida calva, hueca o plena, vida caníbal, vida loca…
En ese juego de palabras andaba cuando Charlie salió de su trance y,
movida por lo que sentía, susurró:
—Perra vida, puta vida.

Clarea, y con la luz rosada parecen desvanecerse los estruendos de la
pólvora. Seguirán despiertos los que no alcanzaron a quemarla toda y no se
resignarán hasta estallar el último cartucho. El amanecer también es una
excusa para decirle a Fernanda, ya amaneció, ma, vámonos a dormir. El sol
que saldrá muy pronto será el que ilumine a un Medellín dizque cambiado, el
que despertará los recuerdos dormidos y alumbrará los restos de Libardo.
—Cuando tenía tu edad —me dice Fernanda—, me daba pavor el amanecer.
Sentía una culpa tremenda si me pescaba en la calle, y angustia si me agarraba
despierta.

—Vámonos a dormir, ma, ya amaneció.
—En cambio a Libardo le encantaba. Decía que era la mejor hora del día,
la más bonita, pero claro, siempre estaba borracho a estas horas.
Fernanda sonríe, como si se hubiera quedado pegada al recuerdo. Me
levanto para que entienda que quiero descansar.
—¿Para dónde vas? —pregunta.
—A dormir, ma.
—Pero…
Ya no encuentra excusas para mantenerme ahí con ella. Voy a usar el cuarto
de Julio, le digo. También es tuyo, me dice, siempre supe que ibas a volver. Sí,
pienso, pero solo por unos días. No quiero quedarme. No quiero vivir aquí.
Allá no soy el hijo de Libardo, ni de ella ni de nadie.
—No quiero verlo —dice.
—¿A quién?
—A Libardo —me aclara—. Ve tú con Julio, yo no soy capaz de verlo. No
sé en qué estado estará. En todo caso, él no era lo que les van a mostrar hoy.
La voz se le corta y la mía no sale. No puedo pronunciar ni una palabra. Lo
que diga se quedaría en un ruido, en un ahogamiento o en una explosión de
babas. El Libardo que veré hoy no es el que vi la última vez, vivo. El de hoy
es el resultado del odio y del olvido, aunque quisiera planteárselo a ella de
otra manera.

—Yo tampoco voy a verlo, ma. Voy a cerrar los ojos. Además, ni Julio ni yo
podremos decir si ese es el papá. Que lo digan ellos cuando le hagan las
pruebas.
—Ya se las hicieron y sí es él —dice Fernanda.
—Entonces al que veremos será alguien que sigue cambiando, como
cambiamos todos, ma.
Ella niega con la cabeza y comienza a llorar.
—A ese estado llegaremos todos —le digo—. No hay nada raro en el papá
que nos van a entregar.
—Él no era así —insiste.


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