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El cuarto de la criada

Genero: Drama

 Sinopsis del libro 

Un canto a la libertad y a la dignidad de aquellas mujeres a quienes nadie suele escuchar: las empleadas domésticas.
Reglas esenciales para la organización del servicio domésticoextranjero:
1. Seguridad: Las criadas pueden generar muchos problemas en este sentido. Por ello te recomiendo guardar bajo llave su pasaporte, sobre todo si se ocupa de cuidar a tus hijos.
2. Relaciones: No debes permitir que tenga novio. Al fin y al cabo, un embarazo significaría su deportación y podrías verte obligada a pagarle el vuelo de regreso a casa.

3. Alimentación: Aconsejo separar su comida desde el primer día. Por ejemplo, yo tomo café Illy, que cuesta veinte dólares el paquete. ¡No esperaréis que lo comparta con ella!
Estas reglas son algo que la joven Jules, recién llegada a Singapur, no consigue comprender del todo, por mucho que sus nuevas amigas insistan en que son necesarias para manejar al servicio filipino.
Frente a esas señoras privilegiadas, las doncellas como la joven Dolly o su rebelde hermana Tala, soportan esa situación escandalosamente injusta a cambio del dinero necesario para mantener a sus familias. Pero, ¿hasta cuándo aguantarán sin rebelarse?

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Ficha técnica del  libro

  • Título: El cuarto de la criada
    Autores: Fiona Mitchell
    Tamaño: 2.42MB
    Nº de páginas: 318
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Dolly no retenía ni el agua. Quería estar tumbada en la oscuridad y en silencio;
quería que pasara el tiempo porque solo había vómito y mareo. Estaba delgada
y vacía del todo, y mamá le dijo: «Ese bebé se te morirá si no comes algo». Y
Tala llamó, y Dolly se quedó allí de pie junto a su madre, en la tienda del
pueblo mientras Tala gritaba: «¿Que el bebé se va a morir? Antes se morirá
Dolly si no la llevas al hospital». Pagó Tala. Dolly se aferraba al hombre que
la llevó en moto al hospital.
Estuvo conectada a un gotero dos semanas, pero el sabor metálico persistió
en su boca hasta que Mallie nació. Tala volvió a casa durante una semana
cuando Dolly estaba de seis meses. «No darás a luz en casa ni en broma —le
dijo—. Irás al hospital.» «Pero la bebé está bien colocada; no hay
complicaciones», protestó Dolly. Y Tala respondió: «Pero ¿estás loca o qué?
Ya he pagado la factura. Y no me paso el día limpiando para tirar el dinero».
Tala observó detenidamente a Nimuel, sentado en la silla, sonriendo. Le regaló
loción de afeitado y le dio una palmadita, pero no sirvió de nada. Cuatro
semanas antes de que Mallie naciera, Nimuel se fue. Mallie llegó al mundo en
una sala llena de mujeres que empujaban. Fue mucho más doloroso de lo que
Dolly se había imaginado, y eso que se había imaginado el peor de los
dolores.

Empezó bien, pero llegó el momento de devolverlo todo, así que Dolly
partió y se reunió con su hermana. Había llegado su turno. Todavía lo es; Tala
no debería estar ahí. Y tiene que marcharse antes de que alguien descubra que
es la Criada Bloguera. Dolly está contenta de haberse tomado esas pastillas.
Deberían estar surgiendo efecto. Pero espera que ese niño sea el único que
pierda la vida ese día.
—Ella no lo vio —explica Jules—. Y yo tampoco.
David se saca el cojín de detrás de la espalda y se lo pone a un lado; está
sentado en el sofá de Amber.
—Ya me quedo yo. Sube a casa, duerme un poco —dice David—. Lo último
que te conviene es pasar la noche en un sofá.
—Estoy bien, David.
David huele a champú; todavía tiene el pelo húmedo, de punta.
—No sabía qué había pasado. La policía había precintado todo el
aparcamiento y tú sin volver. Dios, he tenido un mal presentimiento.
Jules oye algo que cruje en el piso de arriba.
—Es un desastre total —dice Jules—. Tendrías que volver a casa; no tiene
ningún sentido que tú también te quedes sin dormir.
—No pienso dejarte aquí.
—Pero el niño…
—¿Cuál? ¿Sam?
—Colby. No quiero que tenga otra pataleta.
—¿Te bajo algo más?
—No, estoy bien.

Se mira la franja de vientre que sobresale por debajo de la camiseta,
demasiado pequeña. Se la quita y coge la bolsa que David le ha llevado. Se
pone una camiseta sin mangas. Algo ha caído en el piso de arriba.
—Bueno, dejaré el teléfono encendido —dice David—. Llámame y bajaré.
Se quedan los dos de pie; David la abraza y le plantifica un beso en la
mejilla, pero Jules tira de su brazo y lo besa en la boca. Él se aparta sin
mirarla a los ojos. Siente que algo dentro de ella se entristece cuando David
se va sin decirle adiós. Permanece quieta, mirando hacia la puerta.

Han estado
mejor de lo que están ahora; son mejor que eso, pero a David le pasa algo. La
luz se filtra por las persianas. Pero ¿qué está haciendo Jules ahí? Dolly es
perfectamente capaz de cuidar de Colby. Parece que Jules esté haciendo
guardia, y nada de eso es culpa de Dolly. ¿De quién es culpa?
Amber se había bebido media botella de vino durante la comida; seguro que
superaba la tasa de alcohol permitida. Había conducido erráticamente durante
todo el trayecto de vuelta a casa, en silencio, aguantando el pie en el
acelerador, sin preocuparse por si derrapaba en la calzada inundada. ¿Acaso
Jules estaba hablándole mientras maniobraba para aparcar? ¿Hizo algo que la
distrajo? ¿La había ofendido? Amber tiene muchas cosas en la cabeza, con
Colby y la sertralina. Le dijo a Jules que eran amigas, pero no le había
confiado nada de eso.


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