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El diario violeta de Carlota

 Sinopsis del libro 

El diario violeta de Carlota pdf no es una Novela. Tampoco un diario íntimo cualquiera. Carlota, animada por el juego que le propone su abuela, observa el mundo con las gafas violetas y comprueba que aquellas situaciones cotidianas que aprecían incuestionables resultan injustas y discriminatorias.


Ficha técnica del libro

  • Título: El diario violeta de Carlota
    Autores: Gemma Lienas
    Serie: I de Los diarios de Carlota
    Tamaño: 0.77MB
    Nº de páginas: 548
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Marcos me despierta porque quiere ver si tenemos respuesta de la abuela en el
ordenador. ¡Síííííí!
Dice la abuela:
¿Puede que estemos ante una nueva enfermedad: la locura de las vacas flacas?
Marcos y yo nos miramos sin entender qué quiere decir.
—Debe de haberse fumado un peta —le digo.
—¡Anda ya! Continuemos leyendo. Seguro que no delira; seguro que quiere decir
algo.
Juego propuesto para entender la frase anterior: id al quiosco, abrid cualquier revista de esas llamadas
para mujeres (no me refiero a las revistas del corazón, sino a las que dan consejos de moda, de belleza,
etc.). Comparad cualquiera de las imágenes de las modelos con la imagen de vuestra madre, vuestra tía
Octavia o alguna de las vecinas, pongamos de entre veinte y cincuenta años. Luego, seguid leyendo mi
mensaje.

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Marcos y yo corremos al quiosco, abrimos todas las revistas femeninas que nos
señala la quiosquera, nos damos cuenta de que todas las modelos están
extremadamente delgadas y parecen enfermas, le compramos una bolsa de pipas y una
de quicos a la quiosquera para hacerle pasar el mosqueo y volvemos a subir a casa.
Continuamos leyendo el mensaje de la abuela.
¿Qué? Cualquier parecido de las modelos con las mujeres reales es pura casualidad. Por no decir una
quimera imposible, ¿verdad? Yo tenía razón. Una española media mide 1,64 de altura y pesa 57 kilos.
Muchas de estas modelos tienen medidas imposibles, como las de Kate Moss, que mide 1,70 y pesa 44;
eso sí, ha confesado ser anoréxica.
Si tenemos en cuenta que en el mundo hay tres mil millones de mujeres, y solo unas cuantas son top
models, tendremos que concluir que LO MÁS NORMAL es que las mujeres tengan un peso muy
superior y una altura muy inferior a los de las top models.
¿A quién se le debe de haber ocurrido esa idea tan brillante de despreciar los cuerpos de mujer de
verdad, con curvas, cintura estrecha, caderas anchas y pechos, para dar paso a esos cuerpos de chicas
que parecen muchachos, con una cintura de la misma medida que las caderas, de pecho plano y muslos
flacos? Está claro, ¿no?, que es una irresponsabilidad imponer criterios de belleza que recuerdan a los
síntomas de una enfermedad. Incluso suponiendo que algunas de esas top models no sean enfermas

sino que tengan una constitución de este tipo, ¿por qué se toma como modelo lo que más alejado está
de la constitución física habitual de las mujeres? Eso es una forma de violencia contra la mujer.
¿Quién lo ha querido y por qué? Pensad en ello, Carlota y Marcos. Ya hablaremos.
—¿Quién? —dice Marcos—. ¿Tú quién crees que ha sido?
—No tengo ni idea —le digo.
Matilde entra en la habitación.
—Vamos, a ducharos y a desayunar. Después, tendréis que ir a hacer los recados
que vuestra madre ha dejado apuntados.
Nos enseña una lista larguísima.
—¡Ags! —me quejo.
—Me desmayo —dice el payaso de Marcos, y se deja caer sobre la cama.
—Pues si queréis desmayaros o vomitar, yo no me opondré —responde Matilde,
imperturbable ante nuestro malestar—, pero, por favor, hacedlo fuera de la

habitación, que tengo trabajo.
—Lo que tienes es el corazón de mármol —le contesto—. ¿No te compadeces de
unas pobres víctimas de mamá el último día antes de volver al colegio?
—Ni pizca de lástima me dais —me explica Matilde mientras con un gesto junta el
pulgar y el índice para representar lo poquísimo que le ablandamos el corazón.
¡Qué manera de perder el tiempo! Nos hemos pasado la mañana dando vueltas y
haciendo mil encargos para mamá. La mayoría, regalos de Navidad que había que
cambiar: que si la talla de los slips para papá no era la adecuada y le iban pequeños
(papá está un poco gordito; está visto que lo de tener un peso pluma no es un precepto
de obligado cumplimiento para los hombres; ¡menuda suerte!), que si la muñeca de
trapo del primo Ramón, que si…
—¡Qué aburrimiento! —coincide conmigo Marcos.
Para alegrarnos la vida, entramos en una pizzería y encargamos una megapizza.
Como mamá ya no está de vacaciones, tenemos permiso para hacer una pequeña…

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—¡Enorme! —aclara Marcos.
… marranada. Normalmente, mamá y papá nos hacen comer como es debido:
macarrones o verdura, carne rebozada o pescado con salsita…
Llegamos a casa con la megaMargarita y unas «cocas», dispuestos a comer y a
beber en el salón, delante de la tele. ¡Genial! Hacemos todo lo que está prohibido
cuando papá y mamá están en casa.
Después de comer, vemos una película. Como la cortan tantas veces por culpa de
la publicidad, decidimos hacer una clasificación de los anuncios: yo, la lista de los que
no son machistas; él, la de los que son machistas. Por la noche, las compararemos.
Llaman a la puerta y Marcos va a abrir.
Es Laura, que necesita otra vez la impresora.
—Lo siento. La nuestra aún no ha vuelto del taller de reparación.
—¿Una «coca»? —le ofrece Marcos.
Laura asiente con la cabeza y mete el pendrive en el ordenador. Pulsa las teclas

para imprimir el documento y, luego, coge el refresco.
—¿Tienes que volver a enviar una carta a aquel anuncio?
—¿Qué anuncio? ¿El que pedía un becario…?
—Sí —le digo.
Laura me mira echando humo por las orejas.
«¿En qué he metido la pata? —me pregunto—. ¿He dicho alguna
inconveniencia?».
Rabiosa, Laura contesta:

—No. Ahora es para escribir a otro, a ver si esta vez tengo más suerte y los que lo
han puesto —me enseña una fotocopia y la agita de tal modo que no puedo leer qué
dice— son menos imbéciles… menos machistas.
Marcos y yo ponemos la antena, dispuestos a apuntar más «pruebas del delito» en
mi diario.
—Resulta que llamaron solo a Toni para hacerle las pruebas. Él preguntó por qué
no me habían avisado a mí, si mi currículum era mejor que el suyo. Le contestaron
que habían pedido «un» becario y no «una» becaria.
«¡Jolín! Otra vez la confusión entre el genérico y el específico», pienso.
—¿Y ahora quieres escribir a otra empresa?
—Sí. Quiero presentarme para una beca en el rectorado de la universidad.
—¿Y si solo quieren un chico?
—No te preocupes. Primera, en el anuncio dice: becario/becaria; de manera que
queda muy claro que va dirigido a chicos y a chicas. Después, el mundo académico,

es decir, el mundo universitario y el de la investigación, es algo menos machista que la
empresa privada.
—¿Estás segura?
Laura duda unos instantes y, luego, contesta:
—Bueno. Legalmente están obligados. Además, hay más estudiantes mujeres que
hombres. Y creo que hay tantos profesores como profesoras.
—En el rectorado es donde está el rector. Y el rector es algo parecido al director de
la universidad de El diario violeta de Carlota epub un lugar, ¿no? —le pregunto.
—Más o menos, sí.
—¿Y hay tantos rectores


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