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Libro El espartano [pdf epub]

 Sinopsis

Año 480 a. C. Antes de fallecer en las Termópilas, el rey Leónidas entrega una carta sellada al oficial Perseo y le ordena que regrese a Esparta y se la entregue a su esposa, Gorgo. ¿Por qué decide que el mejor guerrero de la urbe abandone la batalla, cuando la ley espartana prohibía retirarse o bien rendirse?

Esta es la historia del hombre que nació y se crio como Perseo, hijo del rey Damarato. Víctima de conjuras palaciegas, perdió el derecho al trono y debió aprender a subsistir como un simple guerrero. Mientras se olvidaba de quién había sido y quién estaba destinado a ser, aguantó mil pruebas que lo transformaron en otra persona: Perseo, un espartano más. y al unísono un vencedor entre vencedores. Y mientras debió ver de qué manera Gorgo, la mujer que amaba, se casaba con un miembro de la familia que había hundido su vida.

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Aquél era un tema del que apenas se charlaba públicamente. Once años ya antes,
cuando los gobernantes espartanos pensaban que habían acabado con la amenaza de
Cleómenes y la posible coalición de las urbes arcadias contra Esparta,

descubrieron que a lo largo de su exilio el rey asimismo se había reunido con caudillos
de Mesenia. Como resultado, al tiempo que Cleómenes se descuartizaba a
sí mismo con un cuchillo, se generó una rebelión de ilotas en la que los
rebeldes llegaron a movilizar un ejército de más de diez mil guerreros.
El encargado de machacar aquella rebelión fue Latíquidas, en una guerra
secreta que no se comunicó al resto de aliados por no dañar el prestigio de
Esparta. Aquélla fue la razón de que, cuando el corredor Fidípides llegó ante los
éforos a solicitar ayuda contra los invasores que habían desembarcado en Maratón,
se le negase con el pretexto del festival de Apolo Carneo.

Durante aquella campaña, Latíquidas y su ejército, formado por espartiatas y
por periecos, se metieron solos en una trampa al penetrar en una garganta
boscosa del Taigeto sin mandar exploradores por las crestas que la rodeaban.
Como era de aguardar, los rebeldes los rodearon y bloquearon las 2 salidas del
paso. Solo la llegada a marchas forzadas de Leónidas y sus hombres, que venían
del campo de batalla de Maratón, evitó que un ejército espartano acabase
pereciendo de apetito por la incompetencia de Latíquidas.

El Euripóntida captó el sarcasmo, del mismo modo que todo el planeta en la sala, pero
se abstuvo de responder a Escaleno. En su sitio, miró a Pausanias y dijo:
—Tú, más que absolutamente nadie, deberías conocer bien el riesgo de los atenienses.
—¿A qué te refieres? —preguntó Pausanias, sin saber a qué mencionaba Latíquidas.
—¿Recuerdas cuando tu tío Cleómenes asistió a expulsar al déspota Hipias de
Atenas? ¡Ah, no, eres demasiado joven! Hipias se dejó en un templo de la
Acrópolis una compilación de oráculos délficos. Cleómenes los halló y los trajo
a Esparta. Cuando ascendí al trono en vez del farsante Damarato,
Cleómenes me los enseñó, pues se trataba de un tema de estado lo
bastante esencial para compartirlo conmigo. ¿Acaso no has visto esas
profecías, Pausanias? No creo que tu tío las quemase.

Pausanias apretó los labios y no respondió. Conocía de más esos oráculos,
una compilación de tablillas de madera que habían pasado de las manos de
Cleómenes a las de Leónidas, después a las de Cleómbroto y, al fin, a las
suyas. En se presagiaba la grandiosidad de Atenas a costa de la de Esparta.
Entre otros versos había unos que rezaban:
Muchas y graves ignominias padecerá Lacedemón
a costa de los hijos de Erecteo,
y la lanza de Atenea flotando en el agua
perforará la piel de león de Heracles,
y Teseo el Egeida volverá a raptar
a la ilustre hija espartana de Zeus y Leda.
—¿Existen esos oráculos, Pausanias? —preguntó Zeuxipo.
—Hay tantos documentos en palacio que yo…
—¡Por el poder que me ha concedido el pueblo de Esparta, te demando que me
contestes, Pausanias, hijo de Cleómbroto! —exclamó el éforo, señalándolo con
el bastón.
—Existen.

Un murmullo recorrió la sala. Latíquidas prosiguió su ataque.
—¿Y no es cierto que en ellos diríase que Esparta va a padecer numerosas
ofensas a manos de los atenienses y que eso ocurrirá a lo largo de bastante tiempo?
Pausanias asintió con la barbilla.
—No te he oído, tutor del rey —se empeñó Latíquidas—. ¿Puedes
contestarme en voz alta?
Escaleno asistió en ayuda de Pausanias.
—Supongamos que llevas razón, rey Latíquidas. Supongamos que Atenas es
un riesgo para nosotros.
—¿Supongamos? —preguntó Amonfareto—. ¿Tienes la desvergüenza de dudar
del dios Apolo?

—Por supuesto que no. ¿Cuándo en su historia el oráculo de Delfos ha
vaticinado nada que no sea verdad? —respondió en tono venenoso Escaleno.
Se oyeron dos carraspeos inquietos, mas absolutamente nadie respondió. Todo el
mundo sabía que la Pitia que aseguró que Damarato no era hijo lícito del rey
Aristón había sido sobornada por Cleómenes. Pero lo que absolutamente nadie conocía, salvo
Pausanias, era que ese soborno lo había pagado y organizado su amigo

Temístocles. Y estaba presto a llevarse ese secreto a la morada de Hades.
—Lo que deseo decir —prosiguió Escaleno— es que, si Atenas es un peligro
tan grande para Esparta, ¿qué va a ocurrir en caso de que no asistamos en su
ayuda y los atenienses terminen admitiendo las condiciones que le ofrece Jerjes?
¿No se transformará Atenas en una amenaza considerablemente mayor para nosotros si se
convierte en aliada de los persas? ¿No nos va a pasar como a Edipo, que, por evitar
una premonición, aceleró su cumplimiento?

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