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El gigante rubio

 Sinopsis del libro 

«Es curioso que no pueda evitar mirar por la ventana cada vez que llega, en realidad no es mi tipo. Es demasiado… grande. No más brutos en mi vida, lo tengo El gigante rubio pdf claro, quiero un hombre sensible y tierno, que acepte a mis hijos como si fueran suyos, alguien que me deje ser quien soy. Aunque… para un ratito…»

»Ya está la vecinita mirando por la ventana, pensará que no me doy cuenta, creerá que soy idiota. Eso nos pasa a los que no tenemos el tamaño de la media. Todas las mujeres me miran como si una de mis cabezas tuviera que ser grande y la otra pequeña… Pues no, señoras, las dos son grandes.»

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Él es un hombre rudo que se mueve en un pequeño círculo, acaba de sufrir un desamor por una chica con un niño, lo último que necesita es una con tres, pero la forma en que lo mira…

Ella quiere sexo, lo tiene claro, y él podría proporcionárselo, pues es el tipo de hombre «una aventura y nada más», después ya buscará al hombre definitivo.

Pero a la vida le gusta jugar según sus reglas y se parte de risa moviéndonos como títeres por caminos inventados. Solo puedes luchar contra ella o seguir su juego.


Ficha técnica del libro

  • Título: El gigante rubio
    Autores: Bela Marbel
    Tamaño: 0.90MB
    Nº de páginas: 437
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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El niño lo miró con recelo.
—A mi mamá le gustan mucho los números, a mí no, pero sí sé inventar
historias —confesó mirando hacia abajo
Chack se fijó en que también golpeaba el suelo con la punta del pie. Era
algo que hacía cuando se ponía nervioso.
Sintió un ligero peso en su propio pie. El pequeño se había sentado encima
de su bota del cuarenta y ocho. Para el crío, era casi como estar en una barca.
—Tú eres Nicky y tú Rubi, pero no sé quién eres tú.
El pequeño lo miró fijamente y le golpeó en la espinilla con un bloque
desmontable de plástico duro.
—Es Justin, es mi hermano pequeño, yo cuido de él —declaró Nicky.
—Ya veo, golpeas igual que tu madre.
Rubi se llevó la mano a la boca y se puso a reír con fuerza.

Spock se levantó y cogió la bolsa que había dejado en el suelo Chack.
—A ver qué traes aquí. —Escarbó dentro y sacó un balón de fútbol.
—Genial, ahora podremos practicar en condiciones —declaró mirando a
Nicky. El niño dejó que una leve sonrisa se posara en su cara; una sonrisa muy
leve.
—Vale —suspiró.
—Espera, hay algo más ¿libros? ¿El diario de Greg? —se sorprendió Spock
—. Tío, tú sí que sabes hacer bien las cosas. Parece que debajo de todos esos
esteroides hay cerebro.
—¡Niña, no digas barbaridades! —la riñó la señora Lebowsky.
—Está bien, no volveré a decir que tiene cerebro —rezongo poniendo los
ojos en blanco.
—No deberías ni saber qué son los esteroides —le contestó Chack con una

sonrisa —. Y, desde luego, no deberías hablar de eso, ni siquiera en broma,
delante de los niños.
—Ya no soy un niño —se quejó Nicky que miraba con ansiedad los tres
libros que su vecina mantenía en la mano.
—Sí lo eres, y ¿sabes una cosa? —dejó pasar un momento antes de
continuar—: mola mucho. Los libros son para ti, pero si ya los tienes podemos
cambiarlos, hay un montón en la librería de la señorita Nelson. Deja el balón
en la bolsa, monstruito, ese es para mí, aunque podemos usarlo todos juntos
algún día.
—¿Y para mí qué has comprado? —preguntó Rubi.
—Otro libro, es de dibujos, para que se lo puedas leer a tu hermano
pequeño igual que Nicky te lo lee a ti.
—¡Qué bien! Así seré la hermana mayor.

—¿Y esto qué es? —preguntó la chica sacando el trozo de tubería nueva que
también había comprado.
—Eso es para Beatrix —contestó Chack.
La adolescente levantó las cejas y sonrió con picardía.
—Debe ser agotador ser mala a tiempo completo —se rio el gigante.
—Ni te lo imaginas. Chicos, hora de cenar.
Los tres siguieron a la precoz adolescente hacia la cocina, Nicky se quedó
rezagado y se giró hacia él.
—Gracias —le dijo.
—De nada. Siempre cumplo mis El gigante rubio epub promesas, aunque a veces tenga que dar un
rodeo.
El niño asintió, parecía que cargaba el mundo en sus pequeños hombros,
Chack sintió algo en el pecho, una especie de ternura que le derretía por
dentro.


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