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El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

 Sinopsis del libro 

Este libro desvela todos los secretos El hombre que confundió a su mujer con un sombrero pdf de las artes amatorias: los diferentes juegos eróticos preliminares, las zonas erógenas del cuerpo femenino y masculino, los métodos para alcanzar el mayor grado de excitación, los trucos para que el placer se intensifique durante el coito, las posturas para aumentar la sensibilidad del orgasmo, las técnicas para controlar la eyaculación y mantener la erección durante más tiempo…


Ficha técnica del libro

  • Título: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero
    Autores: Oliver Sacks
    Tamaño: 1.78MB
    Nº de páginas: 423
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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el siglo pasado llamaban vagamente «sentido muscular» (la conciencia de la posición
relativa del tronco y las extremidades, recibida de los receptores de las articulaciones y
de los tendones) no llegó a definirse en realidad (y a llamarse «propriocepción») hasta
la década de 1890. Y los controles y mecanismos tan complejos mediante los que se
alinean adecuadamente y equilibran en el espacio nuestros cuerpos, ésos no se han
definido hasta este siglo, y aún encierran muchos misterios. Es posible que sólo en
esta era espacial, con los peligros y la libertad paradójica de una existencia sin
gravedad, podamos apreciar verdaderamente nuestros oídos internos, nuestros
vestíbulos y todos los demás reflejos y receptores misteriosos que estructuran el
sentido de orientación del cuerpo. Para el hombre normal, en situaciones normales,
simplemente no existen.
Su ausencia puede hacerse, sin embargo, bastante notoria. Si hay una sensación
deficiente (o deformada) en nuestros descuidados sentidos secretos, lo que nos sucede
es sumamente extraño, un equivalente casi incomunicable a estar ciego o sordo. Si la
propriocepción queda absolutamente bloqueada, el cuerpo pasa a ser, digamos, ciego
y sordo a sí mismo… y (como indica el significado de la raíz latina proprius) deja de
«poseerse», de sentirse (ver «La dama desencarnada» del capítulo tres).

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El anciano se quedó de pronto muy concentrado, las cejas fruncidas, los labios
apretados. Se quedó inmóvil, pensando, ensimismado, ofreciendo un cuadro que me
encanta: un paciente en el preciso instante en que descubre (medio intrigado, medio
asombrado), en que se da cuenta por primera vez de cuál es exactamente el problema
y, al mismo tiempo, qué es exactamente lo que hay que hacer. Ése es el momento
terapéutico.
—Déjeme pensar, déjeme pensar —murmuró, medio para sí, frunciendo aun más
las cejas y subrayando cada punto con unas manos fuertes y nudosas—. Déjeme
pensar. Piense usted conmigo… ¡tiene que haber una solución! Yo me inclino hacia
un lado y no puedo darme cuenta de que lo hago ¿no? Tendría que tener alguna
sensación, una señal clara, pero no la hay, ¿verdad? ¿no?
Hizo una pausa y luego continuó.
—Yo fui carpintero —dijo, y se le iluminó la cara—. Utilizábamos siempre un
nivel de burbuja para saber si una cosa estaba a nivel o no, o si estaba vertical o no lo
estaba. ¿Hay algo así como un nivel de burbuja en el cerebro?
Asentí.
—¿Puede estropearlo la enfermedad de Parkinson?
Asentí otra vez.

—¿Es eso lo que me ha pasado a mí?
Asentí por tercera vez y le dije:
—Sí. Sí. Sí.
Al hablar de un nivel de burbuja, el señor MacGregor había dado con una analogía
fundamental, una metáfora para un sistema básico de control que hay en el cerebro.
Hay partes del oído interno que son de hecho físicamente (literalmente) como niveles;
el laberinto está formado por canales semicirculares que contienen un líquido cuyo
movimiento está constantemente controlado. Pero no eran estos canales, en cuanto
tales, los fundamentalmente afectados; era más bien su capacidad para utilizar los
órganos del equilibrio, en combinación con el sentido de sí mismo del cuerpo y con la
imagen visual que tiene del mundo. El sencillo símbolo del señor MacGregor no sólo
abarca el laberinto sino también la compleja integración de los tres sentidos secretos:
el laberíntico, el proprioceptivo y el visual. Y el parkinsonismo altera esta síntesis.
Los estudios más profundos (y prácticos) de estas integraciones (y de sus curiosas

desintegraciones en el parkinsonismo) son los que hizo el insigne Purdon Martin, ya
fallecido, y figuran en su admirable libro The Basal Ganglia and Postures (publicado
en 1967 en primera edición pero continuamente revisado y ampliado en los años
siguientes; estaba terminando precisamente una nueva edición cuando falleció).
Refiriéndose a esta integración, este integrador, del cerebro, Purdon Martin escribe:
«Tiene que haber un centro o una “autoridad superior” en el cerebro… una especie de
“controlador”. Este controlador o autoridad superior debe tener información del
estado de estabilidad o inestabilidad del cuerpo».
En la sección dedicada a «reacciones de inclinación», Purdon Martin destaca esta
triple contribución al mantenimiento de una posición estable y erguida, indica que el
parkinsonismo altera su delicado equilibrio, y explica, en concreto, que «es habitual
que se pierda antes el elemento laberíntico que el proprioceptivo y el visual». Dice
también de modo implícito que este triple sistema de control opera de modo que un
sentido, un control, pueda compensar la ausencia de los otros… no del todo (pues los
sentidos difieren en su capacidad) pero sí en parte, al menos, y hasta un grado de
utilidad. Los controles y reflejos visuales son quizás los menos importantes…
normalmente. Mientras los sistemas vestibular y proprioceptivo estén intactos, nos
mantenemos en perfecto equilibrio con los ojos cerrados. No nos inclinamos ni nos
caemos al cerrar los ojos. Pero al parkinsoniano, con su precario sentido del
equilibrio, puede sucederle. (Es frecuente ver a pacientes de la enfermedad de
Parkinson sentados en las posturas más exageradamente inclinadas, sin la menor
conciencia de ello. Pero si se les proporciona un espejo, de modo que puedan ver su
postura, se enderezan inmediatamente).

La propriocepción puede compensar en una medida considerable, deficiencias del
oído interno. Así, pacientes que han sido privados quirúrgicamente del laberinto (se
hace a veces para aliviar el vértigo angustioso e insoportable de la enfermedad de
Méniére grave), aunque al principio no El hombre que confundió a su mujer con un sombrero epub pueden tenerse de pie ni dar siquiera un paso,
pueden aprender a utilizar y a potenciar maravillosamente la propriocepción; a usar,
en concreto, los sensores de los enormes músculos latissimus dorsi de la espalda (la
extensión muscular mayor y más móvil del cuerpo) como un órgano de equilibrio
suplementario y


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