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El legado de la villa de las telas

 Sinopsis del libro 

Una poderosa familia.
Una situación dramática.
Una mansión que esconde  El legado de la villa de las telas pdf más de un secreto…

La brillante tercera parte de la saga superventas que comenzó con La villa de las telas.

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Augsburgo, 1920. El estado de ánimo en la villa es optimista respecto al futuro. Paul Melzer ha regresado del frente y toma las riendas de la fábrica decidido a que el negocio familiar recupere su antiguo esplendor. Las cosas van bien incluso para su hermana Elizabeth, que regresa a casa ilusionada con un nuevo amor.

Pero «felices para siempre» puede estar aún lejos para los Melzer. Marie, la joven esposa de Paul, quiere cumplir un viejo sueño: tener su propio taller de moda. A pesar de que sus modelos y sus diseños gozan de éxito, su alegría se ve empañada por las constantes discusiones con su marido.

Incapaz de soportarlo más, Marie, la mujer que mantuvo a flote la fábrica, la villa y a toda la familia cuando más la necesitaron, toma una dura decisión y abandona la mansión junto a sus hijos.


Ficha técnica del libro

  • Título: El legado de la villa de las telas (Spanish Edition)
    Autores: Anne Jacobs
    Tamaño: 1.96MB
    Nº de páginas: 548
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Sonrió a todos, se palpó el bolsillo lleno hasta los topes y se deslizó hacia
arriba por la escalera de servicio.
—Es una vergüenza —oyó decir a sus espaldas a la señora Brunnenmayer
—. Antes todos se sentaban juntos en la cocina y se divertían. Liese y los dos
chicos y Henny y los mellizos. Y ahora…
—La cocina no es sitio para los hijos de los señores —la contradijo Julius.
Leo no oyó más. Había llegado a la puerta del segundo piso y oteó el

pasillo a través de la ventana. Vía libre, la institutriz debía de estar en su
cuarto. En realidad era la habitación de la tía Kitty, pero por desgracia ella se
había marchado, así que la abuela había instalado allí a la señora Von Dobern.
¡Para que estuviera cerca de los niños!
Abrió la puerta con cuidado y salió al pasillo. Habría sido mala suerte que
la señora Von Dobern se hubiera dado cuenta de que no estaba en el cuarto y lo
aguardara allí. Le gustaba hacer ese tipo de cosas, aparecer justo cuando no se
la esperaba. Porque se consideraba más lista que nadie.
Decidió regresar al cuarto de los niños de todos modos, y si era necesario
le diría que había tenido que salir. Avanzaba con tanto sigilo que apenas se
oían sus pasos, aunque poco podía hacer para evitar que la tarima crujiera. Ya
casi lo había logrado, tenía la mano en el picaporte cuando oyó a su espalda el
ruido de una puerta que se abría.
Qué mala suerte. Qué malísima suerte. Se volvió haciendo un esfuerzo por

no poner cara de que lo habían pillado, pero entonces se quedó perplejo. La
señora Von Dobern no salía de su habitación sino del dormitorio de sus
padres.
Leo sintió una breve punzada en el pecho. No podía hacer eso. No se le
había perdido nada allí, esa habitación les estaba prohibida incluso a Dodo y
a él. Era de sus padres.
—¿Qué haces en el pasillo, Leopold? —le preguntó la institutriz en tono de
reproche.
Por muy severa que fuera su mirada, él se había dado cuenta de que el
cuello se le había puesto rojo. Seguro que las orejas también, pero no se le
veían porque el pelo se las tapaba. La señora Von Dobern sabía que la habían
pillado. ¡Esa maldita bruja estaba husmeando en el dormitorio de sus padres!
—Tenía que ir al lavabo.
—Pues cámbiate para salir —dijo—. Voy a buscar a Dodo, daremos un
bonito paseo por el parque antes de cenar.
Él se quedó en el pasillo y la miró fijamente. Furioso. Herido. Acusador.
—¿Algo más? —preguntó ella, y levantó sus delgadas cejas.
—¿Qué hacía ahí dentro?
—Tu madre ha llamado y me ha pedido que mire si se ha dejado el broche
rojo en la mesilla.
Así de fácil. Los adultos mentían igual de bien que los niños. Tal vez
incluso mejor.

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—No queremos preocupar a mamá con esa tonta historia de la ventana,
¿verdad, Leopold?
La institutriz le sonrió. Leo pensó que aún le quedaba mucho por aprender.
Los adultos no solo mentían mejor, también chantajeaban mejor.
La dejó con la incertidumbre y no respondió, sino que fue hacia la escalera.
Abajo, en el vestíbulo, Gertie ya lo esperaba con sus botas marrones de piel
y el abrigo de invierno. Dodo, disgustada, se tironeaba del gorro de lana que
Gertie le había calado hasta las orejas.

—Odio salir a pasear —le dijo a Leo—. Lo odio, lo odio, lo…
—¡Toma! —Sacó del bolsillo el paquetito envuelto en el pañuelo y se lo
dio. Ella lo miró con ojos de sorpresa. Se metió una rosquilla de frutos secos en
la boca y El legado de la villa de las telas epub masticó a dos carrillos.
—¿Viene ya? —farfulló, y cogió un trozo de galleta de especias.
—Qué va. Está delante del espejo poniéndose guapa.
—Pues tiene para rato.


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