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El purgador de pecados – Alfonso Sierra Garrido

 Sinopsis del libro 

¿Puede una persona que se dedica a matar a gente tener sentimientos? Martín llegó a esta profesión de manera accidental y ahora mantiene una lucha interna para buscar sentido a su vida.
El purgador de pecados narra una historia llena de acción al lado de su protagonista, una novela sobrecogedora que discurre entre los bajos fondos de la sociedad y la alta burguesía, de los instintos más primarios y salvajes a los sentimientos más puros que puede tener el ser humano, de la ciudad al ámbito rural de España. Un thriller desgarrador en el que Martín se tendrá que enfrentar a la prueba más difícil de su vida.

“Subía los escalones de dos en dos, con las manos en los bolsillos del anorak y el casco enfundado en su cabeza, de manera atropellada y ansiosa. Llegó al segundo piso y se situó frente a la puerta de la vivienda de aquel hijo de puta que no merecía ni un minuto más la vida que le había sido regalada…
….en todo este tiempo había conocido a la peor calaña humana imaginable, pero siempre hay algo o alguien que supera todos los records, y para Martín, aquel malnacido que ahora ya no pertenecía al reino de los vivos era el campeón de todos ellos.”

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Ficha técnica del  libro

  • Título: El purgador de pecados (Spanish Edition)
    Autores: Alfonso Sierra Garrido
    Tamaño: 1.69MB
  • Nº de páginas: 437
  • Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Al abrir la boca mostró el siniestro estado de su interior: tenía puntos
dentro de los labios, le faltaban dientes y la lengua mostraba un color
negruzco.
—Marcelo, cariño. ¡Te he encontrado! Te he echado tanto de menos,
estaba volviéndome loca.
El hombre volvió a repetir el gesto con su brazo mientras que la poca
expresión que podía reflejar su cara mostraba pavor.
—¡Enfermera… enfermera! —gritó desesperado Marcelo— ¡Vete!, ¡vete
y no vuelvas nunca más! —le espetó levantando ligeramente la cabeza de su
almohada.
Iraia no entendía nada de lo que pasaba y había retrocedido dos pasos al
ver la hostil reacción del paciente.
—Mar, soy yo… ¡Iraia! —dijo desesperadamente mientras se señalaba
con ambas manos el rostro.

—¡Enfermera! —gritó alargando el final de la palabra mientras intentaba
incorporarse en la cama en la que se encontraba postrado.
—Mar, ¿qué pasa?, ¿qué te ha pasado?… ¿Por qué me chillas? —suplicó
la mujer mientras las lágrimas se descolgaban por sus mejillas.
—No vuelvas más, no vuelvas a llamarme, no me sigas… ¡Olvídate de mí!
¿Entiendes?… ¡Quiero que te vayas, olvídame, ¿quieres?!
Las palabras sonaron como puñales clavándose en el alma de la mujer. No
entendía nada. Era como una persona distinta ocupando un cuerpo que ella
conocía. Quizás el accidente había trastornado a esa persona. No podía ser.
Le vino a la cabeza el último encuentro que tuvieron en su bar; tan amable,
tan compresivo, tan enamorado.
—¡Pero Marcelo, no entiendo! ¿Por qué me hablas así, qué te he hecho?
—suplicó nuevamente, reticente a las peticiones de aquel desesperado
hombre.
—¡Que te vayas!…. ¿Lo entiendes? ¡Que no vuelvas nunca más o llamaré
a la Policía! —gritó sollozando Marcelo, que añadió finalmente otra llamada
a la enfermera mientras pulsaba, crispado, el botón del mando situado al lado
de la cama.

—¡Me iré, pero explícame, por Dios, qué pasa!
El compañero de habitación, viendo lo violento de la situación, también
estaba gritando para que alguien se personase allí.
—¡Olvídame Iraia, te lo pido por favor. Déjame por Dios! —y el llanto
ahogó la voz del hombre.
—¿Qué está pasando aquí? —dijo de repente una voz al fondo de la
habitación.
Iraia se giró para ver a una enfermera franqueada por un agente de
seguridad.
—Nada. Ya me marchaba —respondió mientras se cruzaba con las dos
personas en la puerta.
Casi no podía andar, no veía. El charco de sus ojos le impedía ver con
claridad el camino a seguir para alcanzar la salida. Anduvo por los pasillos
sin hallar la manera de salir de allí, envuelta en una vergüenza indescriptible.
Le parecía como si todas las personas con las que se cruzaba fuesen
conocedoras de la bochornosa situación vivida en aquella habitación de la
segunda planta.

Humillada, despojada de toda dignidad, menospreciada, utilizada, estúpida
e imbécil. «Ya no puedes caer más bajo hija mía» y se le colaba en la mente
la expresión en la cara de su ama al decírselo, al reprochárselo.
Se abrieron las puertas, finalmente, de aquel horroroso lugar. El aire de la
calle la hizo respirar algo mejor. Notaba las miradas de los transeúntes
clavarse en su rostro mientras mentalmente la insultaban y se reían de ella.
En el sitio dónde había aparcado el coche solo había eso: sitio. Miró
desconcertada alrededor de ella, como si quisiese descubrir a la persona que
la estaba gastando aquella pesada broma. Esa persona que se tenía que estar
riendo de lo lindo desde hacía más de una hora o quizás dos días o tal vez
varios meses.
—¿Un Mercedes SLK? —le dijo un hombre asomando su cabeza por la
ventanilla de un camión grúa.
Iraia movió la cabeza en gesto afirmativo.

—Ha aparcado usted en medio de la calle de acceso para el personal
médico. El coche está en el depósito.
Iraia rompió a llorar nuevamente recordando la escena vivida en el interior
en la habitación.
— Lo siento —dijo sorprendido el hombre de la grúa.
P
Capítulo 23. Reflexiones camino del sur
aró a tomar café. Se encontraba especialmente fatigado y la
última hora de conducción se le había hecho muy pesada. Era
fácil que, de seguir así, se llegase a quedar dormido al volante.
Salió de viaje después de escribir el mensaje de correo electrónico que
comunicaba que el informe Polígono ventorro del cano ya estaba finalizado.
«Así de sencillo», pensaba. «Así de cruel».
Un mensaje encubierto en el que se decía que el encargo estaba hecho, que
el trabajo estaba finalizado. Al fin y al cabo, que una persona había muerto.
Desde hacía algún tiempo a Martín le embargaba un sentimiento
desalentador. Llevaba muchos años dedicándose a esto, pero ser partícipe en
la muerte de un ser humano aún le causaba una cierta repulsa. Cuando era
más joven, el hecho de que la persona a ejecutar fuese un malnacido le
descargaba de gran parte del remordimiento, sin embargo, con el paso de los
años ese salvoconducto no le mitigaba aquella desagradable sensación.
Por otro lado estaba el asunto de presenciar el desenlace final. No era lo
mismo ver la muerte de su objetivo que esperar a que esta le llegase al
susodicho. Se puede llegar a pensar que la sensación será similar, pero no, ni
mucho menos.


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