Saltar al contenido

El secreto de la Tritona – Manuel Pinomontano

 Sinopsis del libro 

Secretos, conspiraciones, travesías, amores imposibles y crímenes, en una novela protagonizada por Gregoria Salazar, gitana, indiana y pirata, una heroína épica a la que solo guiaba su implacable búsqueda de la libertad.

Gregoria es la capitana de un barco pirata. Tanto el rey Carlos III como el Papa han puesto precio a su cabeza.

Descarga aquí los libros originales y apoya a los autores.

Dese su navío en el Caribe, se dispone a narrar sus memorias a su nieta, quien está a punto de casarse con un virrey. Una prostituta y una condesa son otras de las mujeres de esta gran historia familiar que recorre los escenarios más fascinantes del siglo XVIII.


Ficha técnica del  libro

  • Título: El secreto de la Tritona (Spanish Edition)
    Autores: Manuel Pinomontano
    Tamaño: 2.16MB
    Nº de páginas: 540
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro Gratis El secreto de la Tritona – Manuel Pinomontano

Aunque no lo quería, deseaba que, al menos, hubiese un afecto entre nosotros
y era mi obligación avivarlo, una observancia decorosa, que fuéramos una
familia como las otras a pesar de que la nuestra se fundó en los embustes y
los tejemanejes de él, pero no pude.
José Candelario como que barruntaba mis tormentos, mis deseos de agradar
y de que ese infierno y esa soledad no lo fuesen tanto y, entonces, creaba un
muro invisible que me impedía llevar a cabo con buen fin mis propósitos de
esposa cristiana. Me apartaba de mi tesón a base de respuestas, miradas que
contenían vilipendio, una palabra de sátira o retintín, y así me iba haciéndome
sentir nada, incapaz de seguir una regla en mi vida por simple que fuese, un
bienfacer, para luego poder venir a mi alcoba a ultrajarme y no encontrar a
una mujer fuerte sino a una desgraciada sin pujanza suficiente para oponerse
al terror que sembraba.

Había arrancado el cerrojo y las aldabillas de la puerta de mis recámaras y
me advirtió de que todo en aquella hacienda era suyo, las casas, las cañas, el
ingenio, los negros, las bestias y nosotros dos, refiriéndose al niño y a mí, y
que si encontraba una tranca en mi puerta la tiraba o la quemaba y la paliza
de muerte que me diera me dejaría marcada de por vida. Aunque con mi hijo
no se metía, yo tenía miedo que en una de esas me matase y se tuviera que
quedar mi niño con él, y comencé a vivir acobardada. Cuando se vio a sí
mismo de dueño y señor de San Gabriel, su altanería y su soberbia crecieron
aún más, se desahogaba con las negras, con las indias, conmigo y con las
rameras que traía de Tlacotalpan, todas estábamos allí para cumplir y darle
gusto a él.
Una noche en la que estaba yo casi dormida se metió en mi cama y me
despertó con sus broncas manos y el olor a borracho meado que siempre traía
encima cuando llegaba de madrugada. Tenía muy mal beber. Como había
refrescado por los aguaceros, y porque seguramente había venido un norte, yo
tenía prendido el fuego en la chimenea y con la luz rojiza de la hoguera le
podía ver su cara hinchada por el vicio, las bolsas bajo los ojos y la barba de
varios días, que raspaba como una lima de fierro.

Todavía estaba yo muy rebelde y le quité la boca para no recibir su lengua
maloliente. Para qué habría yo hecho eso, empezó a darme de reveses y
puñetes en la cara hasta que me dejó baldada, me arrancó el camisón de
dormir y con sus sucios dedos me hurgó como una rata que hurga por el roto
de un saco de boniatos. Así estuvo haciéndome daño por hacérmelo, a
conciencia, él era malo de condición, gritándome con su aliento pestoso que
era una estrecha y una gazmoña, pero que él me iba a abrir como era su deber
y que si no me dejaba me iba a romper los dientes allí mismo. Cuando se
cansó de hacerme mal con las manos en mis partes, me invadió mientras yo
gritaba. Parecía que mis gritos le avivaban más la gana de vejarme porque las
cosas que me hacía, mi arma, no te las voy a detallar, pero eran tremendas. Si
hay infierno no creo que sea peor que lo que yo vivía con él cada vez que le
venía en gana desquitarse conmigo y vulnerarme. Por eso no me dio miedo
ser una pirata, ni ningún castigo divino, mi castigo ya lo he vivido yo aquí en
la tierra con él. Que más que pirata he sido corsaria, porque, aunque no me ha
dado patente ningún reino para atacar las naves de otro, me dan la patente las
razones que tengo yo para hacer lo que hago, y el derecho natural de estas
gentes a las que libero.

Al día siguiente, María la Mulata vino a verme, toda la hacienda había
escuchado mis gritos en la madrugada. La mujer me lavó y me puso
ungüentos en los moratones, y antes de dejarme dormir de nuevo porque
estaba muerta, me obligó a lavarme bien el jigo con agua y vinagre para que
no me preñara, me ardía de las magulladuras que me hizo y la cabeza todavía
me daba vueltas de los golpes que me dio para doblegarme aquel cerdo
borracho, pero como pude le hice caso a María y me senté en la jofaina; mi
sentrañas me escocían con el lavatorio, pero me aguanté porque me
horrorizaba tener un hijo de él.
No hizo ningún efecto aquel remedio del vinagre porque a los pocos meses
mi panza comenzó a hincharse, estaba embarazada, y mi tío se puso feliz al
verme así: eso era lo que quería el cabrón, hartos hijos para que llevaran la
hacienda, la caña y el ganado. La Mulata vino de nuevo, esta vez traía en el
delantal un buen manojo de perejil, quería hacer unas infusiones o quién sabe
qué cosa, y como que me metiera un manojo por el chumino una vez al día
durante una semana. Me dijo que con eso podía yo abortar y no tenía por qué
traer el hijo de ese desgraciado a este mundo.

Yo le dije que se esperara un
poco, quería pensarlo. Estuve cavilándolo un par de días, recordando mi vida
desde que era una niña hasta ese momento, ¿cómo había llegado allí?, ¿qué
había hecho mal para estar en aquella situación?
Yo sabía que la Paca había hecho sus cosas para no tener más hijos de la
cuenta, no exactamente qué y cómo, pero sabía que alguna vez se había ido a
quitar algún embarazo de encima con una matrona del arrabal de Santiago, y
a fin de cuentas allí estaba yo, vivita y coleando, hija de una prostituta, y
quién sabe por qué ella no me abortó. Pero lo que más me pudo, Rosario, fue
el recuerdo de la Leona, aquella perra que amamantó a tu padre cuando yo no
tenía ni leche que darle, allí estaba ella viniendo de nuevo a mi sentido, un
animal que me dio una lección más grande que cualquier persona. Quién sabe
cómo le hubieron hecho a ella sus cachorritos, si algún otro perro callejero la
forzó como me forzó a mí mi tío, o si fueron varios o qué sé yo. Y ahí estaba,
amorosa, tumbada de lado contra la pared del claustro, en medio del
chaparrón y cuidando a sus hijos sin importarle de dónde o cómo hubiesen
venido a este mundo, luego cuando se los quitaron casi se vuelve loca la
pobre.


Leer  ebook en online dando clic abajo

Si  lo que quieres es leerte   el libro en  linea  pues dejame decirte  que lo puedes hacer  dan clic en el  botón de abajo  y te redirige  hacia  donde podras  leerlo  sin ningún  problema  y ya muchos  lo   lo tiene  o lo están leyendo en este momento.

 online


PDF


EPUB


Más  libros del mismo autor

Descarga aquí los ebooks originales y apoya a los autores.