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El silencio de los malditos

 Sinopsis del libro 

Un periodista consigue acceder a un peligroso delincuente al que nadie ha podido entrevistar. En una pequeña habitación dentro de la cárcel, se inicia un relato que, más que una confesión, es un viaje sin retorno a los inescrutables dominios de una mente criminal. Es la historia de un hombre que ha cometido un horrendo asesinato sin justificación alguna, pero que devela una vida de privaciones, dolor y venganza.

Una impactante primera novela de quien Alberto Fuguet ha dicho: Su nombre es un género. Carlos Pinto es nuestro Hitchcock .Ahora traslada esa maestría al plano literario para descender a los infiernos de la condición humana.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: El silencio de los malditos
    Autores: Carlos Pinto
    Nº de páginas: 510
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro Gratis El silencio de los malditos – Carlos Pinto

Al abrir la puerta, la madre se encontró de sopetón con dos uniformados:
un teniente y un soldado, quienes por información obtenida bajo presión,
buscaban precisamente a una estudiante con las características de su hija.
—Muy buenas noches, señora, soy el oficial Lauriani.
—¿Qué desea? ¿Se da cuenta de qué hora es?
—Me dicen que aquí vive una joven de nombre Alejandra. Requerimos
conversar con ella, señora.
Susana no tuvo que aplicar teoría cuántica para deducir que ante la
búsqueda implacable solo le quedaba negar todo. Lo hizo con vehemencia,
aduciendo que había un error en la información y diciéndoles que el
domicilio era incorrecto. El oficial dejaba espacios de silencio y agudizaba su
oído, por si escuchaba movimientos en el interior del departamento, tras lo
cual decidió anunciar la retirada. Pero hubo un segundo fatal. En el preciso
instante en que los uniformados comenzaban a dar la espalda, Alejandra,
desconociendo la trama de la conversación sostenida por su madre y temerosa
de que los militares pudieran atentar contra ella, se asomó sutilmente hacia el
living. Eso bastó para dejar entrever su rostro.

—¡Es la que andamos buscando! —lanzó el oficial alzando la voz.
El percance desmoronó a Susana y no tuvo argumentos para impedir que
los uniformados, con sus armas en ristre y sin pedir permiso, allanaran su
hogar. Alejandra, victimizada, levantó a medias sus manos a la vez que en un
rincón encontraron parapetada a Beatriz.
—¿Y ella quién es? —preguntó enérgico Lauriani.
—Es una amiga, estamos estudiando —replicó Alejandra, sabiendo que
estaban entregadas a sus designios.
—¡Ya no les creo nada! —dijo molesto el oficial.
—¡Es cierto!, estamos en la misma universidad —afirmó Beatriz, como
única probabilidad de librarse de la detención.
—¡Dame tu nombre y el teléfono de tus padres para comprobar lo que
dices!
Beatriz no controlaba su nerviosismo. Le dio el número telefónico errado
dos veces, antes de acertar con el verdadero.
El oficial, sin despegar la vista de la estudiante, discó la llamada.
—Muy buenas noches, señora, ¿me comunica con Beatriz?
—¿Quién la llama?
–Un amigo de la universidad.

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—¿No le parece un poco tarde para llamar? ¿Cuál es su nombre?
—Mire, eso da lo mismo. Solo quiero que me la pase al teléfono —indicó
él con tono amenazante.
La madre comprobó que no se trataba de un compañero.
—Beatriz está estudiando en casa de una amiga —respondió y colgó,
desconociendo que con esa respuesta acababa de liberar a su hija.
Con esa confirmación el oficial se desentendió de Beatriz y junto a su
subalterno, sin que mediara explicación alguna, hicieron de rehén a
Alejandra.
—Pero, ¿por qué se la llevan? —gritó Susana, interrumpiendo con su
cuerpo la salida de los militares.
—Me la llevo para hacerle unas preguntitas nomás. A las ocho y media la
tendrá de vuelta en casa, espérela con el desayuno servido —prometió a
Susana el oficial Lauriani, con una liviandad monstruosa.
Alejandra no opuso mayor resistencia para no asustar a su madre. Tan
pronto subió al automóvil que la esperaba, le taparon la vista. En el trayecto a
la Venda Sexy, para ganar tiempo y con el objeto de que la detenida no
asumiera el rol de inocente, le confesaron que llegaron hasta ella por la
delación de un detenido llamado Humberto.

Sin duda, la desaparición de un
compañero con ese nombre durante los días previos le dio sentido a esa
información y comenzó a sospechar que se vendrían momentos difíciles.
Por cierto, todos en su casa esperaron el amanecer sin conciliar el sueño.
Susana, a las ocho treinta, tenía la mesa puesta con el desayuno para su hija.
Ante la persistente negativa de Alejandra durante los primeros
interrogatorios, se dispuso para ella y otros recluidos recientes una estrategia
más terrible. Ingrid Olderock, considerada una de las mujeres de mayor poder
en la DINA y consignada en la organización por su alto conocimiento en
labores de espionaje, secuestros, torturas y desapariciones siendo oficial de
Carabineros, fue requerida para hacer hablar a los detenidos. Hija de
alemanes nazis, sus padres le aplicaron una particular violencia durante su
crianza, hecho que en cierto modo explicaba la dura y agresiva personalidad
de esta fornida mujer.


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