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El sufrimiento de las cigarras

 Sinopsis

Misterio, amor y sufrimiento en una novela ambientada en La Manga y Cartagena.

1999. Macarena Montiel desaparece de forma repentina. Poco tras los hechos, su marido vende la casa donde pasaron juntos el último verano.

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2009. Como cada verano, Celia termina de llegar a su casa de la playa. Pero todo es diferente ese año, la compañía de su padre se halla en una crítica situación, al filo del cierre y día a día Celia vive atormentada por las riñas de sus progenitores. Lo peor es que Celia no puede eludir sentirse en parte culpable de todo cuanto pasa.

Aunque la calidez de la playa y un nuevo vecino pronto revolucionan el planeta de Celia, le prosigue costando sonreír. Hay cosas extrañísimas que comienzan a suceder en su casa. Cosas que la conducen hasta un misterio ignoto para ella: la vieja dueña de la casa desapareció al poco de decidir separarse de su marido y el último lugar en elque se la vio con vida fue, exactamente, en aquella casa.

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El viento no dejaba de ulular y complicar cada paso que Celia daba cara su
encuentro con Víctor. Con cuidado cruzó la carretera que atravesaba toda La
Manga y andando lo más veloz que pudo, se dirigió cara la otra ribera de la
playa, la que quedaba justo en el extremo opuesto a su casa. Era un camino
cortísimo, en no más de 5 minutos Celia podía cruzar de una playa a otra,
mas solo se dirigía a aquella zona cuando no tenía más antídoto. El temporal
llevaba ya prácticamente una semana aloqueciendo las aguas del Mar Mediterráneo,
cuyas enormes olas se habían hecho con la arena de la playa que quedaba
justo bajo casa de Celia, terminando por unos días con el verano en
aquella zona. Aquella molesta tormenta de verano se resistía a despedirse y
proseguía sin darles tregua.

Por ello, habían decidido que lo mejor sería pasar la tarde en la parte que
daba al Mar Menor donde sabían que podrían gozar de un buen día de
playa. De hecho, cuando Celia cruzó entre las edificaciones y se vio, al fin, frente
a la suave arena no pudo eludir meditar que terminaba de viajar a otro planeta, a
otro sitio lejanísimo de donde venía. El malestar y agobio del temporal fue de
repente reemplazado por la calma que allá reinaba: no había viento, ni
humedad y el mar descansaba sereno tal y como si de un enorme lago se tratase. Era
extraño de qué forma 2 extremos separados por menos de un quilómetro de tierra
podían ser tan diferentes.

La playa estaba atestada, con lo que se dirigió de forma directa a la zona donde
acostumbraban a ponerse las raras veces que pisaban esa playa. Allí, bajo la sombra de
unos pinos, halló a Víctor recostado sobre su toalla.
Con cuidado extendió su toalla al lado de la de él y se sentó con las piernas
cruzadas a su lado.
—Me quedaba prácticamente dormido, qué bien se está acá —le afirmó Víctor,
incorporándose levemente para sentarse a su lado, mirando al mar—. Celia,
Celia… Es prácticamente imposible contactar contigo por el móvil…
—Lo empleas solo para llamar y no a fin de que te llamen —rio Celia,
mientras que imitaba el tono de su amigo, repitiendo las palabras que otras muchas
veces le había dicho—. Pero cuéntame lo que has descubierto, que me tienes
super-intrigada.

Víctor rio asimismo al ver de qué forma su amiga adivinaba sus palabras. Se
incorporó de un salto y tiró levemente del brazo de Celia.
—¿Nos bañamos y te voy contando? Necesito refrescarme un tanto.
Celia asintió sin titubear. Sentía asimismo su piel ardiendo bajo los intensos
rayos de sol, con lo que se quitó la camiseta y la falda vaquera que llevaba y
prosiguió a su amigo cara el agua. Andando tras él no pudo eludir percatarse
de de qué forma el cuerpo de su amigo había alterado desde el último verano. Su
espalda sobresalía como más ancha, con más estrellato sobre su bañador
deportivo colorado.

—Vamos en el fondo, ¿no? —le preguntó volviéndose hacia ella, inmediatamente antes de
entrar al agua, que yacía sosegada, sin olas. Celia volvió a asentir, sin separar
su mirada de él. También apreció entonces su torso diferente, levemente más
marcado, algo más atrayente. Asombrada se percató de que su amigo ya no
era tan débil como recodaba. Pero para su sorpresa, prácticamente prefería al
viejo Víctor, le daba temor que su amigo pudiese mudar lo más mínimo.
Egoístamente lo quería siempre y en toda circunstancia igual, siempre y en toda circunstancia atento y preocupado por ella.
Los chillidos y risas de unos pequeños captaron de pronto su atención. A su

alrededor, pequeños, adultos y ancianos se movían a su antojo en el agua.
Algunos gozaban de su baño diario, relajados, hablando en frecuentados
corros, sosegados merced a la seguridad que ofrecía un mar tan poco profundo
y sin olas. Otros parecían intrusos, sin saber realmente bien qué hacer o bien de qué forma
divertirse sin el oleaje al que indudablemente estaban habituados. Como a ellos,
el mal tiempo debía haber acabado moviéndolos hasta allá, obligándoles a
separarse de la playa que daba al Mar Mediterráneo.
Cuando pasaron la zona más frecuentada, se detuvieron y sumergieron sus
cuerpos. El agua apenas les llegaba a la cintura, mas sabían que con mucho
que anduviesen cara dentro poco más les cubriría, esa era la particularidad
más famosa del Mar Menor.
Justo en ese instante, para alivio de Celia, Víctor comenzó a charlar sobre lo
que había descubierto.

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