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El taller de libros prohibidos

 Sinopsis del libro 

En la Alcalá de Henares del siglo XVI, una joven viuda,
dueña de un taller de encuadernación, descubre una
serie de pistas que pueden llevarla hasta un antiguo
manuscrito condenado por la Iglesia, el cual se creía
desaparecido.

El negocio de los libros es pujante, pero
también peligroso: la Iglesia y el rey Felipe II vigilan
que ningún libro contenga herejía alguna, y condenan
a quienes no cumplan esa ley. Inés tendrá que encontrar
el enigmático libro y enfrentarse a los riesgos que
supone tener en sus manos ese texto prohibido y, quizá,
maldito.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: El taller de libros prohibidos
    Autores: Olalla García
    Tamaño: 2.63MB
    Nº de páginas: 634
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro Gratis El taller de libros prohibidos – Olalla García

Él había seguido trabajando jornada tras jornada, con esfuerzo, pasión y
orgullo. Cada día daba gracias a Dios por concederle fuerzas y salud para
seguir adelante; y por permitirle ganar su pan y el de toda su casa mediante
aquella arte digna de respeto y admiración que tanto bien hacía a los
hombres.
Gabriel marchaba con paso apresurado. Regresaba de un encargo
engorroso, y deseaba llegar al taller lo antes posible para ponerse a la tarea.
Era mucho el trabajo acumulado. En años anteriores, se hubiera podido alegar
que tal provisión de encargos se debía a las fechas en curso, al hallarse tan
reciente el inicio del periodo universitario. Pero ahora no había cabida para
tal excusa. La causa era muy otra. Y tan evidente que saltaría incluso a los
ojos de un ciego.

Otros se hubiesen mostrado encantados de que la librería prosperase de tal
modo. Mas él, como hombre honrado y recto cristiano, no era de los que
ponían buena cara a los dineros que llegaban empañados a causa de su origen
censurable.
Al fin y al cabo, resultaba ser el único oficial del lugar. El maestro Lozano
había fallecido meses antes; Albertillo aún no había concluido su asiento de
aprendiz. En virtud de la calidad de su labor, de su dedicación sin tacha y del
mucho tiempo que llevaba empleado en el negocio, parecía de justicia que, al
cabo, fuese él quien acabase heredándolo. Él, Gabriel de Aguilar; y no una
moza que, como toda hembra, carecía de las entendederas necesarias.
—La maldita viuda y sus insolencias —acusaba, apenas la ocasión lo
permitía, entre sus conocidos y compañeros de oficio—. El tiempo dirá si no
ha de arrastrarnos a todos de lengua en lengua. ¡Que el diablo la lleve!
Si el maestro Antonio —que Dios lo tuviese en Su gloria— anduviese aún
entre los vivos, de cierto no hubiese permitido que su mujer se desmandase
de tal modo. ¡Bueno era él para meterla en vereda!
—El buey suelto bien se lame —le había respondido entre risas uno de sus
compadres—. Mas pierde cuidado, que no ha de andar mucho más por esa
senda. Haz cuenta de que pronto se le acabará el luto por el difunto, y no será
corta la lista de los que esperan para ponerle el ronzal.

Aquel argumento no había sino aumentado el enojo de Gabriel. Al ritmo al
que iba, la condenada viuda era bien capaz de mancillar para siempre su
reputación —y, junto a ella, la de la casa y el negocio de Antonio Lozano—
antes de que la vara de un buen marido acertase a guiarla de nuevo a la
disciplina y el recto camino.
En vida del maestro, este nunca hubiese permitido que su esposa se
exhibiese en la tienda. La muy desvergonzada, sin embargo, contrariando la
memoria y el respeto debidos a él, bien que se pavoneaba tras el mostrador,
dando pábulo a la murmuración y el escándalo. ¡Por vida de Cristo, si hasta
había utilizado la trastienda para recibir a solas a algunos de los clientes!
Aminoró el ritmo. Se encontraba ya casi a la puerta del taller. Un grupo de
colegiales acababa de salir del mismo, coreando bromas y chanzas. Se hizo a
un lado para dejarles paso. Los señores estudiantes de San Ildefonso no
acostumbraban a tratar con gentileza a los vecinos que no se apartaban de su
camino.
—Guárdate esas mañas para otra pieza, Ugarte, que esta no ha de ceder —
iba diciendo uno de ellos—. Por algo la llaman «la blanca paloma». Te
apuesto cinco reales contantes a que no la quiebras, por mucho que lo
intentes.

—Calla, necio. Vengan esos cinco, y aun te acepto un doblón —replicó el
interpelado—. En cuestión de mujeres, ¿qué sabrás tú? Mira y aprende; que
no hay cántara que no acabe rompiéndose cuando se la golpea lo bastante, ni
hembra que no acabe cediendo ante los halagos y agasajos.
Gabriel nada replicó. Se limitó a seguirlos con la vista, el ceño fruncido,
maltrecho el orgullo.
Intolerable. La situación resultaba intolerable. Pero, con la ayuda de Dios,
ya se encargaría él de ponerle fin.
Tenía una idea muy clara sobre cómo actuar. Por desgracia, su plan
requería de la aquiescencia de la viuda. Y eso le provocaba la más profunda
contrariedad.

Inés reservaba parte de sus noches para la lectura. Cada jornada, tras cerrar
el taller y disfrutar de la cena, hija y madre se sentaban juntas y la joven
recitaba pasajes de alguno de los libros devocionales por los que la señora
Ana mostraba tanta afición.
Aquel día no era diferente a los otros. El ama Teodora las acompañaba,
escuchando con actitud aprobadora tan ejemplares frases al tiempo que
realizaba sus labores de costura. Mientras, al fondo de la casa, Matilde se
afanaba en ordenar la cocina con el habitual estrépito con que realizaba tales
tareas.
Albertillo había salido. Aun con sus pocos años gozaba ya de las
prerrogativas de todo varón, que incluían la posibilidad de pasar parte de la
velada fuera del hogar. En este aspecto, como en otros, daba muestra de su
carácter comedido y juicioso. Nunca se ausentaba durante largo rato, ni
volvía con el humor enajenado por el alcohol.


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