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El taller de los libros prohibidos

 Sinopsis

Colonia, albores del siglo xv. Aires de reforma y cambio golpean una Europa regida todavía por las supersticiones y las viejas opiniones. La difusión del saber está en poder de unos pocos. Sin embargo, a un pequeño conjunto de sabios y eruditos que se reúnen en la más absoluta clandestinidad les une una ambición común:

la transmisión cultural entre el pueblo. ¿De qué manera? Por medio de los libros. Pero ya antes tendrán que salvar las renuencias de la Iglesia —que no quiere que obras «peligrosas» como los Evangelios lleguen al vulgo— y la de los nobles —que no desean perder sus privilegios—. Solo un hombre, un modesto orfebre llamado Lorenz, ayudado por su hija, va a ser capaz de encarar el reto. Aunque el coste que podría abonar por semejante osadía es el más caro: su vida y la de todos los que le rodean.

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Una intensa y épica novela en la que la ambición, la atrocidad y la intolerancia lucharán contra el saber, la justicia y la verdad, y en la que nos sumergiremos y vamos a dejar llevar por la magia que envuelve a los libros.

Ficha técnica

  • Título: El taller de los libros prohibidos
    Autores: Eduardo Roca
    Tamaño: dos.34MB
    Nº de páginas: 678
    Idioma: Español

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El motivo de esta misiva puede llegar a sorprenderos. Sin embargo, creo estar en lo correcto al vaticinar que va a ser de forma gratísima.

No me andaré por las ramas: sé de vuestra investigación, conozco bien el propósito que perseguís. Y podéis estar seguro de que asimismo es el mío.
Estoy al día de vuestra situación actual y, si me lo dejáis, os afirmaré que no es ni terminante ni inapelable. Necesitáis seguir trabajando en vuestro invento, debemos colaborar uno con otro por el bien común. Yo os requiero a vos y vos me requerís a mí. Qué duda cabe.
Esa es la razón por la cual os hago llegar esta carta. Además de un adelanto, acá hallaréis un libro fundamental. Diría que es de interés público, mas pecaría de presuntuoso. Basta con aseverar que no todos estarían contentos con su difusión. Pese a que muchos lo pretenden, su origen no es exactamente cristiano; viene de considerablemente más atrás. Tiene un muy, muy grande valor. Vuestra tarea he de ser segrega. Más segrega que vuestro peor pecado. No contéis esta aventura a absolutamente nadie, Lorenz, o bien vuestra vida va a correr tanto riesgo como la mía.
Os voy a pagar 100 florines de oro por cincuenta copias de este manuscrito, la mitad ya está en vuestras manos y la otra mitad cuando las entreguéis. Tenéis precisamente hasta el día de Año Nuevo para prepararlas. El encuentro se efectuará fuera de las murallas, donde se termina la urbe por el sur, al lado del último lazareto. Al alba. Si cumplís, no os preocupéis, pues van a venir más cartas como esta.
Confiamos en vos.
Lorenz se fijó en que absolutamente nadie firmaba la misiva y vio al contraluz que el papel de algodón tampoco contenía marca de agua alguna. Quien le escribía deseaba guardar su anonimato. Notó un cosquilleo en el estómago que de manera rápida ascendió al pecho.

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Desenvolvió con precaución el tejido que cubría el texto. El libro tomó forma entre sus manos. Contaba bastantes páginas cosidas a una cubierta de cuero. Grabado en exactamente la misma piel, Lorenz leyó:

Ética a Nicómaco. Firmaba «Aristóteles».
En seguida recordó dónde había escuchado ya antes ese nombre. Era el heleno del que charlaron los profesores de la universidad el día que los conoció. Quizá o bien alguien de su ambiente procuraban asistirlo. Los intelectuales deseaban que Lorenz terminara su invento para cooperar en la difusión de esos libros que tanto les agradaban. El padre Wahrheit ya le advirtió de que algo de este modo podía acontecer. Lorenz se sintió formidablemente agradecido. Sí, estaba seguro. Tenían que ser .

Como si tratase de recordar una lección aprendida, Lorenz evocó ciertos datos que consiguió retener aquel día en la universidad. Aristóteles era el creador tradicional que los teólogos pretendían de modo artificial asociar con la escolástica.

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