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En busca del tiempo perdido

 Sinopsis del libro 

En busca del tiempo perdido pdf no solo es una de las obras más innovadoras de la literatura universal, sino que además se ha convertido en la mejor Novela sobre la percepción subjetiva del Tiempo. Repleta de personajes inolvidables, escenas pictóricas y recuerdos prodigiosamente evocados, En busca del tiempo perdido es la fascinante crónica del ocaso de un mundo elegan  te  que de forma inevitable debe dar paso a la modernidad del siglo XX.


Ficha técnica del libro

  • Título: Por el camino de Swann
    Autores: Marcel Proust
    Tamaño: 2.05MB
    Nº de páginas: 472
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Andrés del Campo, era el mozo Teodoro, dependiente de casa de Camus. Francisca lo
consideraba tan de su tiempo y de su tierra, que cuando la tía Leoncia estaba muy
enferma para que Francisca sola pudiera volverla en la cama, llevarla al sillón, antes
que dejar subir a la moza de la cocina para «lucirse» ante mi tía, llamaba a Teodoro.
Y ese muchacho, que pasaba con razón por ser un mal sujeto, tan henchido estaba de
aquella alma que inspiró la decoración de San Andrés del Campo, y especialmente de
los sentimientos de respeto que Francisca creía debidos a los «pobres enfermos», a su
«pobre ama», que al alzar la cabeza, de mi tía sobre la almohada ponía la cara
cándida y solícita de los angelitos de los bajorrelieves, que rodean con un cirio en la
mano a la Virgen desfallecida, como si los rostros de piedra esculpida, grisácea y

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desnuda, igual que los bosques en invierno, estuvieran sólo adormilados y en reserva,
prontos a florecer de nuevo a la vida, en innúmeros rostros populares, reverentes y
sagaces, como el de Teodoro, e iluminados con el fresco rubor de una manzana
madura. Y había una santa no ya pegada a la piedra como los angelitos, sino separada
de la portada, de estatura mayor que la natural, de pie en un pedestal como en un
taburete que la salvara del contacto de la tierra húmeda, con mejillas bien llenas, seno
firme que se dilataba bajo su corpiño como un racimo maduro en un saco de crin,
frente estrecha, nariz corta y dura, pupilas hundidas, y ese aspecto de utilidad, de
insensibilidad y de valor que tienen las mujeres de aquella tierra. Esa semejanza que
insinuaba en la estatua una ternura que yo no había ido a buscar en ella, certificábala
muchas veces alguna muchacha del campo que venía a resguardarse al pórtico, como
nosotros, y cuya presencia, igual que la de esa hojarasca parásita que crece junto a las
hojarascas esculpidas, parece destinada a juzgar de la veracidad de la obra de arte,
cotejándola con la naturaleza. Allá, delante de nosotros, Roussainville, tierra de
promisión o de maldición; Roussainville, donde nunca llegué penetrar, cuando ya la
lluvia había parado donde nosotros estábamos, seguía castigado como un poblado de
la Biblia por las lanzas de la tormenta, que flagelaban oblicuamente las moradas de

sus habitantes, o bien recibía el perdón de Dios Padre, que mandaba hasta él los
desflecados tallos de oro de un sol renaciente, tallos desiguales como los rayos de un
viril en el altar.

A veces, el tiempo echábase a perder por completo; teníamos que volver y
estarnos encerrados en casa. Aquí y allá, en el campo, que con la oscuridad y la
humedad se parecía al mar, casitas aisladas, puestas en la falda de una colina,
brillaban como barquitas que replegaron sus velas y se están quietas al largo toda la
noche. Pero ¡qué importaban la lluvia y la tormenta! En verano el mal tiempo no es
más que un enfado pasajero y superficial del buen tiempo subyacente y fijo, muy
distinto del buen tiempo del invierno, instable y fluido, y que, al contrarío de éste, se
instala en la tierra, se solidifica en densas capas de hojarasca, por donde el agua
puede ir resbalando sin comprometer la resistencia de su permanente alegría, y que
iza por toda la temporada en las calles del pueblo, en los muros de las casas y de los
jardines sus banderolas de seda violeta o blanca. Sentado en la salita, donde esperaba
leyendo que llegara la hora de cenar, oía cómo chorreaba el agua por los castaños;
pero bien sabía que el chaparrón no haría otra cosa más que barnizar sus hojas, y que
prometían ellos estarse allí, como firmes garantías del estío, toda la noche lluviosa,
asegurando la continuidad del buen tiempo; llovía, sí, pero al día siguiente seguirían
ondulando como antes, por encima de la blanca valló de Tansonville, las hojitas en
forma de corazón; y sin ninguna tristeza miraba yo cómo el chopo de la calle de
Perchamps dirigía a la tormenta súplicas y saludos desesperados, y sin ninguna

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tristeza oía en lo hondo del jardín los postreros tableteos del trueno, como un arrullo
entre las lilas.
Si el tiempo estaba malo, ya desde por la mañana mis padres renunciaban al
paseo, y yo me quedaba sin salir. Pero luego me acostumbré a irme yo solo aquellos
días por el lado de Méséglise la Vineuse, en el otoño que fuimos a Combray con
motivo de la testamentaría de mi tía Leoncia; porque mi tía Leoncia había muerto al
fin, dando la razón lo mismo a los que sostenían que su régimen debilitante acabaría
por matarla, que a los que sostuvieron siempre que padecía una enfermedad orgánica
nada imaginaria, y que tendría que rendirse a la evidencia de los escépticos cuando
llegara a acabar con ella; su muerte no ocasionó gran pena más que a una persona;
pero a ésa, tremenda, eso sí. Durante los quince días que duró la última enfermedad

de mi tía, Francisca, no la abandonó un instante; no se desnudó, no permitió que la
atendiera nadie más que ella, y sólo se separó del cadáver cuando recibió sepultura.
Comprendimos entonces que aquella especie de terror en que Francisca viviera a las
malas palabras, a las sospechas y, a los arrebatos de cólera de mi tía, determinó en
ella un sentimiento, que nosotros creíamos ser de odio, y en realidad era de amor y
veneración. Su ama verdadera, la de las decisiones imposibles de prever, la de las
argucias tan difíciles de evitar, la del bondadoso corazón que fácilmente se
ablandaba, su soberana, su misterioso todopoderoso monarca, ya no existía. Y junto a
ella, nosotros éramos En busca del tiempo perdido epub muy poca cosa. Ya estaba lejos aquel tiempo, cuando
empezamos a pasar los veranos en Combray, en que para Francisca poseíamos igual


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