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En los zapatos de Valeria – Valeria Vol. 1

Genero: Novelas

 Sinopsis del libro 

Valeria vive el amor de forma sublime
Valeria tiene tres amigas nerea Carmen y Lola
Valeria vive en Madrid sería ama Adrián hasta que conoce a Víctor Valeria necesita sincerarse consigo misma
Valeria llora ríe camina pero el sexo el amor y los hombres no son objetivos faciales Valeria es especial como tú  se auto público en Amazon y un poco tiempo con si conquistó a cientos de lectores y se situó en los primeros puestos de la lista de que más vendidos de ficción

Altamente divertida emotiva y sensual llega para aquellos lectores que se enamoran con Federico moccia o Blue Jeans Y que ahora quieren algo más.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: En los zapatos de Valeria
    Autores: Elísabet Benavent
    Serie: I de Valeria
    Tamaño: 1.17MB
    Nº de páginas: 790
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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A mi casa. Te voy a atar a la cama y te haré cosas perversas hasta que
grites mi nombre. —Me quedé con la boca abierta sin saber qué contestar—.
Vay a, aún suena mejor que en mi cabeza. —Se echó a reír y puso el
intermitente.
¡¡Joder!! ¿Eso que sentía en la entrepierna era que me estaba poniendo
cachonda solo con verlo conducir? Eché un vistazo a su cuerpo mientras él se
concentraba en atravesar una rotonda con mucho tráfico: el pecho que se le
marcaba, bien formado, bajo la camiseta; el vientre plano y… ¿ese bulto? Me
acordé de Lola.
—Vay a por Dios… —murmuré.
—¿Qué pasa?
—Eh…, qué tráfico.
Me echó una mirada de reojo y sus labios se curvaron en una mueca muy
sexi. —Cuando te canses de mirar, puedes tocar.
Me puse como un tomate.
—¿Qué dices? ¡Yo no te estaba mirando!
—Súbete un poco la camiseta, anda, que solo me falta verte el sujetador de
encaje para terminar de ponerme tonto.

En una maniobra suave aparcamos frente a un parque enorme.
—Como ves, ni es mi casa ni te voy a atar a la cama con mi cinturón. Aún.
—¿Vamos a pasear? —pregunté con cara de buena chica.
—Y a tomarnos un café. Quédate aquí un momento.
Víctor bajó del coche y dio la vuelta hasta llegar a mi puerta. La abrió y me
dio la mano para ay udarme a salir de su Audi. Al hacerlo, me pegó a su cuerpo
y, acercando la nariz a mi cuello, susurró:
—Hueles deliciosa.
Tuve ganas de decirle que él olía de vicio y que no podía dejar de pensar en
mis dedos desabrochando su pantalón. Pero mejor le dirigí una sonrisa
enigmática y anduve delante de él, hacia la cafetería que había al otro lado de la
calle.—

¿Qué quieres tomar? —preguntó mientras tiraba de mi mano y me
plantaba en la puerta.
—Humm…, un café americano.
—Vay a… —dijo sonriendo—. Una chica dura. ¿Sin leche?
—Sin leche ni azúcar.
—Espérame aquí.

Cuando Víctor desapareció dentro de la cafetería, respiré hondo tratando de
tranquilizarme. La calle estaba muy concurrida. La gente empezaba a salir de
trabajar y de pronto recordé la sensación que tenía siempre que bajaba en el
ascensor de la empresa, hacia la calle. Con qué ansia esperaba salir de la
redacción cada tarde para marcharme a casa a escribir como una loca… La
historia me perseguía allí donde fuera, en aquello que hiciera. Todo eran ecos de
lo que quería escribir, caminos alternativos, diálogos mejor llevados, personajes
más reales…

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De pronto Víctor me tocó un hombro y me pasó el café preparado para
llevar. Le di las gracias.
—¿En qué piensas?
Me mordí el labio y, después de poner los ojos en blanco y suspirar, respondí:
—En nada. Dejé la mente en blanco.
—Bueno…, como esta noche no creo que puedas dormir —susurró mirando
mi café—, ¿por qué no damos una vuelta? A lo mejor consigo cansarte y
duermes como los bebés.
—Oh, no, nunca duermo como un bebé, más bien como los murciélagos. De
noche nunca tengo sueño, pero no intentes levantarme de la cama antes de las
diez de la mañana.
Cruzamos la calle y me rodeó la cintura con su brazo izquierdo.
—No sería mi intención sacarte de la cama. —Me miró de reojo y puntualizó
—: Más bien meterte en la mía.
Me reí, me separé un poco, carraspeamos y seguimos andando.
—Debes de tener el horario cambiado por la rutina de la escritora —dijo de
pronto.
—No, no es por eso. Es por la teletienda de madrugada. Me pirra.
Le guiñé el ojo y él añadió « pornoadicta» entre dientes.
—Cambiemos de tema. No quiero empezar contigo una conversación sobre
el porno. Es mejor no despertar a la bestia. —Se rio.
—¿Yo soy la bestia?
—No. Me refería más bien a mis ganas de tumbarte encima de ese capó… y
ese… y ese… —Fue señalando todos los coches junto a los que pasábamos—.
Dime, ¿cómo se llama tu primera novela? Quiero comprarla.
—Oda. Pero no la compres. Yo tengo ejemplares de la primera tirada en
casa. Me miró con las cejas levantadas y ladeó la cara.
—Menuda vendedora estás hecha…
—Lo sé. Soy pésima haciéndome marketing. Si por mí fuera, ninguno de mis
conocidos habría gastado un euro en comprar el libro.
—Dime que tu marido no te lo permitió.
—No, pero no por un concepto económico, sino por otro más bien relativo al
valor del arte. Adrián para estas cosas es muy … —hice un gesto con la mano
que tenía libre, buscando las palabras—, quizá el término sea « filosófico» .
Desde que vendió su primera fotografía opina que el intercambio económico
entre artista y comprador es más parecido a un mecenazgo que a una
transacción del mercado y que, además, aumenta el valor intrínseco de la obra
dándole el verdadero significado de arte.
Víctor abrió los ojos de par en par.
—¡Vay a!
—Ya. Tiene una vida interior muy rica. —Y pensé que, lamentablemente,
demasiado interior.
—Pero… no estoy muy de acuerdo. —Me paré y le miré, a la espera de su
pregunta—. ¿Cree que toda obra sujeta a la ley de la oferta y la demanda es
arte?Esto sí que no me lo esperaba. ¡Una conversación de verdad! ¡Con el hombre
de las largas piernas y la boca más sexi que había visto en mi vida!
—No exactamente. También tiene  una opinión bien formada sobre el efecto
« bestseller» y las modas. —Reanudé la marcha.
—Un hombre inteligente.


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