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Eva River: Colección de relatos

 Sinopsis

En esta compilación de relatos hallarás 9 historias amorosas frescas, entretenidas y bellas.
En un solo libro vas a poder tener mis relatos. ¿A qué aguardar para gozarlos?

1: De que te quiero, te quiero

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Kat ha descubierto como por arte de birlibirloque que quizás ha leído demasiadas novelas románticas, los príncipes no existen.
Hasta que conoce a su vecino, un sospechoso príncipe que de azul no tiene mucho mas sí una piel caramelo que huele a exquisitos y juguetones pecados, que con su encanto, sus rechistes malos y su look de surfista californiano se va a abrir paso hasta su corazón.

2: Consígueme una cita

Anne está harta de que los hombres pasen de ella solo por el hecho de que no es ni alta, ni delgada, ni sensual.
Tiene 4 años de no salir con absolutamente nadie y un año de celibato involuntario.
Después de un chasco tremendo, un camarero murmurador le asegura que puede lograrle una cita en menos de un mes y probarle que es una mujer que puede captar los hombres como imanes.

3: Después de la tormenta

¿Qué tan cierto es eso de que tras la tormenta viene la calma?
Kelsey está a puntito de revisarlo. Aislada con el patán que más detesta. Con un esguince el tobillo. Un montón de recuerdos a flor de piel. Y un imbécil corazón que no logra olvidar las cosas buenas y malas que cualquier día sintió.

Será complicado estar al lado del hombre que ha querido desde pequeña, mas va a poder con esto.
Porque lo detesta a muerte… naturalmente que lo detesta.

4: Tenías que ser

Danna tiene muchas preguntas sin responder. Una de ellas es: ¿Por qué Phil prosigue ocasionando cosas que ningún otro hombre le puede ocasionar?

El plan era perfecto:
Se largaría de la urbe y pasaría esos días sola en la mitad de la nada al lado de su gata, galletas y un chocolate. Lejos de su ex- y su futura esposa, lejos de la familia Weiss, lejos de la lástima de la gente.

¿Qué podía salirle mal?
¿Qué una tormenta imprevisible la dejase apartada en una montaña? ¿Qué su excuñado apareciese al filo de la hipotermia?
¿Que ella aún lo desease con cada nervio de su cuerpo?

5: El amor está en las alturas

Hola, soy Allie y en este preciso instante veo los ojos cafés más increíbles del planeta. Sería una lástima que un hombre de esta manera me hable por vez primera en la vida y esté a puntito de un acceso de pánico, devolver sobre él y confirmar lo que el planeta entero sospecha: que estoy ida.
Bienvenidos a mi vida.

6: Mi parte preferida

¿Qué diablos hacía una chavala vestida de árbol en la mitad de una tormenta de nieve?
Nada bueno y Alex lo sabía. Sobre todo por qué razón no había que ser un genio para localizar todas y cada una de las pruebas incriminatorias que esa pequeña criminal había dejado.
¿Pero qué podía ser más malo que ser la peor criminal del planeta y quedarse bloqueada en una tormenta?
Pues… ser el sheriff, salvarla y acabar siendo su cómplice.

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Podía descubrir su localización precisa y ver cuál era la mejor senda para
tomar por la mañana…
Volvió al interior del vehículo y entonces recordó que no tenía señal. Estaba
a puntito de lanzar el aparato contra el suelo, cuando sus oídos captaron un
sonido.
Era lejano, mas pudo captar que era un motor. Pese a que estaba
inquieta, se distanció del vehículo y se situó al lado de la carretera. Suplicando que
fuera un buen samaritano y que la pudiese asistir.
Cada latido de su corazón era doloroso. ¿Y si esa persona no la
asistía? ¿Qué pasaría si conductor solo le echaba una ojeada y después
proseguía su camino sin si desee detenerse?
Dios, ese día no era como que la hubiese acompañado mucho la
suerte… Y la verdad es que era una mujer solitaria, en un camino rural que no
conocía de nada…

Cuando el sonido del motor se volvió más fuerte, cambió el peso de un
pie a otro, mientras que se secaba el sudor de las manos en los pantalones.
Era una camioneta roja.
La vio plegar el rincón y fue entonces cuando el estómago le dio un giro
terrible en el cuerpo. Quizá debió haber buscado una piedra o bien una rama por
si hacía falta defenderse… ¿Por qué no pensó en eso ya antes?
Quien conducía era un hombre. Tragó con complejidad.
Poco a poco la camioneta se aproximaba, si bien estaba cagada de temor se
sostuvo firme y también procuró poner la cara de quien vive una vida relajada y
positiva.

Sin embargo, el hombre que conducía pasó de ella.
Elizabeth se quedó pasmada a puntito de plañir. Tiempo atrás habría
reaccionado muy diferente. Habría sido más audaz, lo habría maldecido y también
insultado por negar la ayuda a alguien que obviamente la precisaba.
Pero tras el trauma de los últimos meses, solo se había resignado y
ya. Dejó caer los hombros. Lo dicho, la fortuna la había descuidado.
Unos metros atrás el conductor frenó y a ella por poco se le sale el
corazón del pecho. Lo vio recular. No era una camioneta nueva. De hecho,
vacilaba que el vehículo pudiese llevarla considerablemente más lejos de lo que la había
llevado su vehículo.

La puerta se abrió y una bota de trabajo pisó el suelo. Ella clavó los ojos
en ahí y poquito a poco fue subiendo. Unos vaqueros gastados. La pierna más
larga y musculosa que nunca había visto. Un cinturón ancho con una hebilla
enorme. Una camisa de franela a cuadros. Y un sombrero. Un vaquero de
verdad.
¿Es que miraba a un actor western?
Dios santo… ¿Las temperaturas de Texas se elevaban por las noches o bien
era cosa de ella? Su ropa de súbito se sintió húmeda y también incómoda.
El sol se dibujaba tras él tal y como si esculpiera su piel dorada.
―Hola. ¿Tienes inconvenientes con el vehículo?
Sus largas zancadas devoraron el espacio entre ellos en solo
segundos. Usando sus nudillos, golpeó el borde de su sombrero, dándole una
perfecta visión de su cara bronceada y sus penetrantes ojos.
Ay Dios, era más guapo de lo que había apreciado.
Mandíbula cuadrada, labios sustanciosos, nariz recta y pómulos altos que
podrían haberle valido una triunfante carrera como modelo. Sin embargo, estaba
lejos de ser pulimentado como un modelo. Tenía las uñas sucias y los pantalones
manchados con grasa.
Pero eran esos ojos azules…
La esquina de su boca se elevó sutilmente y prosiguió con la mirada el
pliegue que se marcaba con la sonrisa. Su corazón latió con más ímpetu de
lo normal.

―¿Tuviste un accidente? ―le preguntó.
Entonces entendió que debía parecer estúpida de remate y que era la
segunda vez que le preguntaba algo.
―Yo… no. Bueno es posible que sí, fue una suerte de accidente… Creo.
La otra comisura de sus labios asimismo se elevó y Elizabeth debió
contener la respiración por unos segundos. Miró sus dientes blancos mientras que
luchaba por localizar su voz.
―¿Qué pasó?
―Me hallé con una manada de corzos. No golpeé a ninguno, mas
perdí el control del vehículo durante un momento hasta quedar allá ―señaló el sitio
donde estaba su coche―. Después procuré reanudar el camino y no funcionó.
Acelera, mas no se mueve ni un tanto.

Él gruñó y se metió el pulgar en el bolsillo del pantalón. Los bordes
deshilachados de su bolsillo le afirmaron que lo había hecho una y otra vez. Al
levantar la mirada se halló con la de él.
Eso no la asistió mucho a aliviar sus nervios o bien lo que fuera que tenía
desmandado.
Sacudiendo la cabeza, separó los pensamientos indecorosos y también procuró
parecer menos idiota.
―Intenté todo, mas no se mueve.
―¿Funciona el motor?
Entonces, que Dios la ayudase, el vaquero empezó a desabrocharse la
camisa mientras que se dirigía al vehículo. Ella le clavó los ojos encima y se
defraudo un tanto cuando descubrió que bajo la camisa llevaba una
camiseta negra descolorada.

Demonios, le había dado el sol demasiado tiempo. Definitivamente tenía
un golpe de calor o bien algo de esta manera. Quizá agobio postraumático. Necesitaba una barra
energética. Su nivel de azúcar había de estar bajo.
¿Por qué no podía dejar de mirarlo?
―Señora, verdaderamente no me da muchas contestaciones ―dijo él con
un tono ameno.
―Lo siento. Sí, el motor marcha.
―Bueno. Hay que abrir el capó.
Ella lo hizo y se tomó un segundo para ordenar sus rizos ya antes de salir del
vehículo para reunirse con él.

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