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Finis Mundi

Genero: Terror

 Sinopsis del libro 

Finis Mundi pdf cuenta la historia de Michel, un joven fraile de 14 años que descubre en su monasterio unos pergaminos que presagian la llegada del fin del planeta para el año 1000.

Estamos en el año 997 y la única forma de eludir la catástrofe es reunir 3 amuletos mágicos, los 3 Ejes del Tiempo, repartidos por toda Europa. Cuando su monasterio es destruido, Michel decide emprender la enorme busca.

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Por suerte, no va a estar solo: Mattius, un juglar insolente y aventurero, se va a ofrecer a acompañarle, así como su can Sirius, y juntos emprenderán un largo viaje lleno de peligros; a ellos se unirá más adelante Lucía, una chavala que desea ser juglaresa… mas no todo es tan fácil.

La Cofradía de los 3 Ojos, cuyos líderes los espían desde la sombra, desea hallar los Ejes del Tiempo a toda costa.


Ficha técnica del libro

  • Título: Finis Mundi
    Autores: Laura Gallego García
    Serie: CXVII de Navío de Vapor – Serie Roja
    Tamaño: 1.26MB
    Nº de páginas: 582
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Mattius asintió.
Bajó las escaleras un tanto después, aferrándose bien a la barandilla. El posadero le dirigió una mirada seria.
—Estoy bien —dijo el juglar, haciendo un ademán desentendido.
—No se trata de eso, amigo —replicó Alfredo El Buey—. Debo charlar contigo.
Mattius se le aproximó, intrigado.
—Anoche, mientras que cantabas y voceabas tomando un vaso de cerveza tras otro, se me aproximó un tipo y comenzó a hacerme
preguntas sobre ti y ese fraile.
Mattius era todo oídos.
—¿Qué clase de preguntas?
—Al principio, las típicas: si erais peregrinos, si ibais a Santiago… después deseó saber si viajabais solos y si teníais algún tipo de
arma. —¿Piensas que tiene pretensión de hurtarnos?
—Me extrañaría mucho. Iba bien vestido. Me afirmó que estabais fuera de la ley y que os perseguía, mas, con sinceridad, creo que

mentía. Ese fraile es inútil de matar una mosca, y no semejas un ladrón. Realmente fue quien me dio mala espina. Un tipo
grande, con una compacta barba de color castaño. Castellano, por el acento. Afirmaría que es un caballero, mas no fundamental. ¿Por
casualidad alguno de vuestros caballos es suyo?
—No tengo ni la más mínima idea de quién puede ser, y los caballos vienen de lejos, con lo que no creo que tenga nada que ver con
ellos. Alfredo El Buey asintió, ceñudo.
—De todas y cada una formas, tened cuidado con él.
—Lo vamos a hacer. Mil gracias por la advertencia.
—De nada, hombre. Contigo acá hice ayer de noche un buen negocio. Hubo bastante gente que se quedó solo por oírte cantar. En cambio,
ese otro hombre me pareció bastante desapacible.
Mattius repitió sus agradecimientos y salió de la posada, caviloso.
Fuera, Michel ya había preparado los caballos y los bebía en la fuente de la plaza. Mattius sonrió pese al cefalea y
de las alarmantes noticias. El joven fraile aprendía veloz, y no parecía en lo más mínimo aquel chaval miedoso que había recogido en
Normandía. De todas y cada una formas, decidió no contarle, de momento, lo que Alfredo El Buey le había dicho.
Astorga despertaba con los primeros rayos de la aurora. Un día más, las mujeres salían de sus casas para completar el jarro de agua.
Un joven de la edad de Michel conducía un rebaño de vacas por las calles de la población. A cambio de unas monedas, les dio a cada

uno un tazón de leche fresca, llamándoles «señores». Mattius hizo una mueca. El tratamiento se debía a que llevaban caballo y el
muchacho iba a pie, mas no acababa de habituarse. Si no hubiesen tenido tanta prisa, le habría regalado los animales, o bien los habría
vendido en la primera feria que hubiese encontrado. Después de todo, no le habían costado nada; uno se lo habían robado a un caballero
en Caudry, y el otro lo habían encontrado deambulando por el bosque, escapado quizás de las caballerizas de algún monasterio en llamas.
Mattius se encogió de hombros y alentó a su montura. Aquel había sido un excelente golpe de suerte. «Dios nos ayuda», había
dicho Michel. Mattius no había contestado. Desde el comienzo se había preguntado qué papel jugaba Dios en todo aquello.
Salieron nuevamente al Camino. Tardarían todavía una semana en llegar a Santiago, mas el paisaje era poco a poco más precioso y salvaje.
Mattius separó las preocupaciones de su psique y decidió gozar del viaje.
En los días siguientes, el juglar comenzó a tener la desapacible sensación de que alguien iba tras ellos. No se lo afirmó a Michel para no
alarmarlo, pues, además de esto, no sabía si verdaderamente lo intuía o bien se trataba solo de miedos nacidos de las advertencias de Alfredo El
Buey.
Tampoco sabía quién podría ir tras ellos, ni por qué razón. «Si fuesen ladrones, ya nos habrían tendido alguna emboscada», pensaba con

inquietud; mas la idea de que la cofradía los proseguía desde Aquisgrán era demasiado disparatada. Habían salido de la capital del
Imperio de manera rápida, sin hacer muchas paradas, hasta el momento en que el invierno los había obligado a retrasar la marcha. Habían estado mucho
tiempo parados al pie de los Pirineos. Efectivamente, podrían haberlos alcanzado. Mas, conforme Alfredo El Buey, el hombre que los seguía
era castellano. Resultaba bastante difícil opinar que la Cofradía de los 3 Ojos hubiese excedido los límites de Aquisgrán y tuviera
seguidores alén de los Pirineos.
Pero, en caso de que de esta manera fuera, Mattius y Michel les habían robado el Eje del Presente. Si de verdad había miembros de la Cofradía
de los 3 Ojos en la península, tenían bastantes motivos para interceptarlos.
Entonces, ¿por qué razón no los habían atacado en la posada? Claro, se afirmó Mattius con una sonrisa. El can. Seguramente no querían
enfrentarse a otro descalabro como el de Aquisgrán.
Por más vueltas que le daba a la cabeza, no lograba acabar de comprender qué pasaba. Mas, por si las moscas, decidió actuar
con precaución.

Pese a que el juglar se guardó sus sospechas para sí, Michel intuyó que sucedía algo. No andaban exageradamente bien de dinero y,
aun de esta manera, Mattius insistía en pernoctar en las aldeas en vez de hacerlo en el bosque. Hacía mucho que no dormían a cielo abierto. El
muchacho se abstuvo de consultar, mas adivinó que corrían algún género de riesgo, y redobló sus cautelas.
Así, una noche sorprendió a Mattius diciendo:
Lucía
—Ese hombre de allá viene siguiéndonos desde Astorga.
Le señaló con una mirada disimulada un individuo corpulento que terminaba de entrar en la tasca. Lucía una tupida barba de color
castaño, y sus penetrantes ojos negros, que recorrían la estancia con un brillo inquisidor, se detuvieron en ellos un muy breve instante; si
los había reconocido, no lo probó.
Mattius no recordaba haberle visto jamás.
—¿Estás seguro?
—Completamente. Estaba en la posada de Alfredo El Buey la noche de la celebración. Si bien seguramente no lo recuerdes. No se
puede decir que estuvieses en buenísimas condiciones…

Mattius no se alteró frente al tono de reproche.
—Hay muchos peregrinos que prosiguen exactamente la misma senda que .
—Pero acostumbran a viajar en conjuntos. A este no lo he vuelto a ver desde Astorga, y obviamente ha seguido nuestro camino. ¿Por
qué se escondía de nosotros?
Mattius volvió a mirar. Fue entonces cuando descubrió que el recién llegado se ajustaba a la descripción que le había dado el
posadero de Astorga.
—Puede que tengas razón… —su mirada se cruzó entonces con unos ojos verdes que llevaban un buen rato clavados en él—. Oye,
Michel, ¿no te da la sensación de que la criada asimismo mira mucho para aquí?
—Te mira a ti, Mattius. ¿Qué tiene de singular? Sabes que es lo común. Llamas la atención entre las mujeres.
Mattius negó con la cabeza. Estaba habituado a que las jóvenes le mirasen, mas los ojos de aquella parecían estar estudiándolo,
no admirándolo. Tenía cierta expresión meditabunda y calculadora, y el juglar se sintió incómodo.
—Me da mala espina.
Como si lo hubiese oído, la chavala dejó su puesto al lado de la barra y se aproximó a ellos.
—Buenas noches —dijo en español, si bien con un fuerte acento gallego—. Me han
dicho que eres juglar.
Mattius la miró. Tendría unos diecisiete años. El pelo castaño le enmarcaba un rostro
travieso en el que relucían unos profundos ojos verdes con una chispa de malicia.
Se sentó junto a ellos tras revisar que el posadero estaba entretenido hablando con
el recién llegado y no la miraba.
—Me han dicho que eres buenísimo en tu oficio; que te has hecho renombrado en tu tierra.
—Eso afirman —respondió Mattius con determinada precaución.
La chavala le miró a los ojos.

—Llévame contigo —le pidió—. Deseo aprender tu oficio. Deseo ser juglaresa.
Michel se quedó pasmado ante tal atrevo. En una mujer, aquel era el colmo
de la desvergüenza.
Incluso Mattius se había quedado pasmado. Cuando se recobró de la sorpresa, su
semblante adquirió una seriedad severa.
—¿Qué dirá tu padre? —preguntó, señalando al posadero con el mentón.
—Ése no es mi padre —dijo ella con cierta aversión—. Solo mi padrastro.
—Pero, incluso así…
—Escucha —la chavala apoyó una mano sobre el brazo de Mattius, con urgencia—.
Tengo que marcharme de acá. Muy  Finis Mundi epub lejos. Lo antes posible. Han concertado mi boda sin mi
consentimiento. Desean casarme con un hombre al que no amo.


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