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Flores sobre el infierno

Genero: Ciencias

Flores sobre el infierno  Sinopsis 

Se producen una serie de hechos espantosos en las montañas. Encuentran el primer cadáver. Es un hombre que está desnudo, le han desmejorado la cara y le han arrancado los ojos. Desaparece un bebé y una sombra misteriosa se mueve por los bosques. El caso requiere toda la habilidad de Teresa Battaglia, comisaria de policía especialista en perfiles criminales que anda sobre el infierno cada día. Tiene un arma muy, muy poderosa, su mente, pero de pronto empieza a hacerle malas pasadas, le empaña la lucidez y esto hace peligrar la investigación. Por primera vez en la vida tiene miedo.

El joven inspector Massimo Marini acaba de dejar la ciudad para trasladarse a este rincón mil·lennari del norte de Italia. Teresa y se enfrentan a una investigación realmente difícil, con orígenes que se remontan a uno de los episodios más oscuros y preocupantes de la historia de estas montañas. Es un infierno que todavía late.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Flores sobre el infierno (Spanish Edition)
    Autores: Ilaria Tuti
    Tamaño: 1.29MB
    Nº de páginas: 582
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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El pequeño los examinaba a ella y a Marini, de forma opción alternativa, con ojos llenos
de ansiedad, sin responder. Parecía asustado, hasta el punto de que empezó a
temblar. Teresa se inclinó a su lado para estar a su altura.
—No te preocupes, no ha pasado nada —le dijo—. Hemos venido a
recogerte para llevarte a casa. A tu madre le ha surgido un compromiso y nos
ha pedido que lo hiciéramos. ¿Te asemeja bien?
Diego la miró con sorprendo.
—¿N-no es-estás aquí p-por la chu-chuchería? —preguntó. El nerviosismo
empeoraba su tartamudeo. Teresa sintió el deseo de abrazarlo.
—El regaliz era un regalo para ti —le dijo—. Hiciste bien en cogerlo.
Diego sonrió. Una breve sonrisa, pero era más de lo que Teresa podía
esperar.
Le tendió la mano y la aceptó.
—¿Qué le pasaba a tu amigo? —le preguntó al tiempo que se dirigía hacia
el coche—. Parecía triste.
—O-oliver llo-llora a me-menudo en el co-instituto.
—¿No le complace venir?
—E-el co-conserje se po-porta mal c-con él.

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Teresa se detuvo. Miró a Marini y se percató de que a él también le
había chocado esa confesión inesperada. Para Diego, había de ser normal ver
a su amigo en ese estado, lo que deseaba decir que sucedía habitualmente.
—¿De qué forma de mal? —le preguntó, pero enseguida se arrepintió de la
pregunta. Era de personas adultas, desencantadas: ¿de verdad importaba si era
poco o mucho, si el pequeño estaba mal?
Diego soltó de forma lenta la mano de la suya; era la confianza que había
depositado en ella la que se estaba desbaratando. No respondió y Teresa se
percató de que ya no volvería a hacerlo, al menos durante ese día.
Un todoterreno negro se acercó a gran velocidad y frenó a tiempo,
logrando por un pelo no atropellar a una pequeña y a su madre en el paso de
peatones. Del habitáculo salía música a todo volumen y risas despreocupadas.
Era un conjunto de chicos mayores de edad desde hacía poco, a juzgar por sus
caras. Habían decorado el capó y las puertas con una calavera blanca. Un
hombre, un transeúnte que parecía haber salido de la nada, se lanzó con un
grito gutural contra la carrocería del todoterreno.

El hombre tenía la apariencia de un viejo montañés de otros tiempos y de
él solo podía verse una barba larga que afloraba de la capucha del tabardo. Era
alto y corpulento, pero parecía encorvado bajo el peso de la ropa. Las manos
tapadas por una especie de guantes seguían golpeando contra el metal. Del
todoterreno se asomaron dos jóvenes gritándole insultos.
—Pero ¿qué hace? —dijo Marini.
El hombre lanzó un último puñetazo poderoso contra la carrocería, luego
se dio la vuelta para irse, abriéndose paso entre los curiosos que se
habían parado para asistir a la escena.
Teresa intentó seguirlo con la mirada.
—Voy a ver —dijo—. Tú quédate aquí con el pequeño.
—¿Yo?
—Sí, mismo.
Se dirigió a paso veloz para poder mantenerse tras él. Entre la
aguanieve, la silueta del desconocido era una mancha negra pasmante,
incluso a distancia. A pesar de su volumen, parecía ágil y el hielo que cubría
la calle no le hacía reducir su velocidad. A Teresa, en cambio, a veces le
parecía estar patinando sobre el fondo liso de un recipiente.
Dejaron atrás el centro de Travenì avanzando por la calle que llevaba hasta
la vieja estación. Más allá, estaba el bosque.
El hombre no redujo la velocidad y Teresa se preguntó a qué lugar iría.
Aceleró el paso. La lluvia helada se había hecho más intensa y algunos copos
sólidos empezaban a mezclarse con la capa aguada. Cuando superaron
también el tren, Teresa se resolvió a llamarlo.

—¡Alto! —gritó, sobre el silbido del viento.
Se quedó sorprendida cuando el desconocido obedeció sin hacérselo
repetir. Estaba segura de que ni siquiera se había percatado de su presencia,
pero ahora tenía la impresión de que lo sabía desde el principio.
También se detuvo, la mirada clavada en la espalda del hombre, con el
corazón latiendo, incomprensiblemente, cada vez con más fuerza.
No se había dado la vuelta, proseguía inmóvil a unos metros, con los
brazos a los lados. Esperaba. Había un detalle inquietante en esa escena, en
él, algo salvaje.
Teresa se desabotonó el chaquetón.
—Dese la vuelta, por favor —le dijo—. ¿Me ha oído?
El hombre se echó a un lado y empezó a correr.

—¡Eh!
Tras un instante de sorpresa, Teresa salió en su persecución, luchando
contra el instinto de buscar la pistola en la funda. Lo vio saltar una
empalizada, no muy lejos, y proseguir a buena velocidad. Nuevamente tuvo
la impresión de que jugaba con ella; podía dejarla plantada cuando
quisiera; en cambio, en ocasiones parecía prácticamente estar esperándola. Teresa pasó bajo
la empalizada y se apuró para darle alcance.


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