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Hasta que salga el sol

 Sinopsis del libro 

Esther y Sofía son dos hermanas que, junto con su padre, regentan un pequeño hotel en la bonita población de Benicàssim.

Esther, la mayor, es juiciosa, trabajadora y  terriblemente responsable, por lo que acaba invirtiendo más horas de las debidas en el hotel. Sofía, por el contrario, es una chica complicada, egoísta e insensata, demasiado mimada por su familia y con unos amigos que no le hacen ningún bien.

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Esther decide matricularse en un curso de cocina en Londres. Durante su estancia conocerá a Jorge, un hombre que le hará creer que la magia y el romanticismo existen.

Sofía, por su parte, conocerá a Luis, que le enseñará a quererse y a darse cuenta de que en la vida hay pretextos pero también hay resultados, y que si uno quiere que lleguen, tiene que trabajar por ellos.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Hasta que salga el sol

    Tamaño: 0.43MB
    Nº de páginas: 564
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive

  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro de Hasta que salga el sol en pdf o epub gratis

Esa noche, todos reían y se divertían en casa de Vega.
Era su treinta y cinco cumpleaños, y sus amigos, algunos acompañados de sus parejas, habían acudido a su casa
para celebrarlo.

Ella observaba encantada a sus invitados cuando notó que alguien la agarraba de las piernas. Al mirar hacia
abajo se encontró con su preciosa hija Alma, una niña de seis años, morena y con gafitas rojas, a la que criaba sola
desde que había decidido ser madre soltera a través de una fecundación in vitro.
—Mami, ¿puedo tomar Coca-Cola?
—¿Y yo? —pidió también Marta, la mejor amiga de la niña.
Vega negó con la cabeza, pero las pequeñas insistieron:
—Porfi…, porfi…, solo un vasito.
Resultaba difícil negarles algo a aquellas dos princesas, por lo que, al final, Vega les llenó dos vasitos de Coca-
Cola sin cafeína.

—Ya no habrá más, ¿de acuerdo? —indicó entregándoselos.
Alma y Marta asintieron y, cogiendo los vasos que Vega les daba, se marcharon felices.
Con una sonrisa, Vega contemplaba a su hija mientras se alejaba, cuando sus ojos se detuvieron en Hugo. Era su
amigo de toda la vida y siempre había sentido algo especial por él. Estaba acompañado de su chica, una idiota creída
con la que llevaba tres años y con la que parecía feliz. Durante un rato, los observó con disimulo y, al final, decidió
olvidarse de sus sentimientos y disfrutar de su fiesta.
Delia, que al final había acudido al fiestorro, bailaba con su marido Miguel. Lo suyo había sido un flechazo.

Se
habían conocido haciendo el Camino de Santiago un año antes, a los seis meses se casaron y Miguel se fue a vivir a
Benicàssim, conservando su trabajo de comercial para una gran empresa internacional.

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Esther, que hablaba con Beatriz, la madre de Marta, tras darle la enhorabuena por su nuevo trabajo en una
gestoría, se acercó a Carlos, su acompañante, al que no consideraba su novio por mucho que él lo afirmara.
Él hablaba y hablaba de las ofertas de trabajo que le llovían sin cesar por el estupendo comunicador que era.
Carlos siempre era yo…, yo…, yo… y otra vez yo, algo que aburría soberanamente a Esther, por lo que por último
se levantó y se fue a hablar con su amiga Vega.
—¿Qué te ocurre?
Esther resopló, y Vega, que la conocía, cuchicheó mirando al Divino:
—¿Por qué no lo mandas ya a freír espárragos?
—Porque es un buen amigo —se mofó ella.
Vega sonrió e, intentando hacer sonreír a su amiga, exclamó al oír cierta canción que les sugería que bailaran
despacito:
—¡Venga, bailemos!
Sin dudarlo, Esther se arrancó a bailar con su amiga. Merecía divertirse.
Una hora después, agotada de bailar con todos sus amigos, se sentó. Observó con atención cómo su amiga Delia
y su marido bailaban y sonrió al ver la expresión radiante de ella. Delia estaba feliz y enamorada. Miguel se desvivía
por ella, y eso se veía en sus continuas muestras de preocupación cada vez que su grupo de amigos salía a cenar.

—¿De qué te ríes, gordi?
Al oír ese término, que tan poco le gustaba, Esther se sobresaltó y siseó, al ver a Carlos a su lado:
—No me llames así.
—Vale…, vale —dijo él riendo y, agarrándola, insistió—: ¿Por qué sonríes?
Esther volvió a mirar a sus amigos e indicó:
—Me encanta ver a Delia y a Miguel tan enamorados. Eso me hace comprender que el amor y el romanticismo
aún existen.
Carlos los miró también. Pero a él le resultaban muy empalagosos. A continuación, cuando una amiga pasó cerca
con varios vasos de zumo en una bandeja, cogió uno y dijo dirigiéndose a Esther:
—Toma.
Ella miró el zumo que él le entregaba y, al ver su color, gruñó:
—Te he dicho mil veces que odio el zumo de melocotón, que el único que me gusta es el de piña.

—Hija, ¡qué arisca eres en ocasiones!
Esther frunció el ceño, pero, cuando se disponía a protestar, él se dio la vuelta y se alejó.
Ella lo miró sin dar crédito.
Como amigo, Carlos era estupendo, pero como pareja era pésimo. Se conocían desde hacía cuatro años y,
aunque su relación al principio fue buena, todo se torció cuando él comenzó a ascender en su carrera. Era un
mujeriego.


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