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Historia de O – Pauline Réage

 Sinopsis del libro 

Con inmenso orgullo acogemos finalmente en nuestra colección el célebre libro de la aún misteriosa Pauline Réage, Historia de O pdf . Difícilmente en un siglo aparecen obras puntuales como esta, obras que son a la vez cristalización de un sentir que hasta entonces flotaba en el aire del tiempo y punto de referencia en el despertar de una sensibilidad todavía imprecisa. Cuando el editor francés Jean-Jacques Pauvert publicó, en 1954, Historia de O, este libro

estalló como una bomba en el puritano mundo postbélico, causando escándalo y desconcierto. Pero lo que una mujer, Pauline Réage, expresaba de pronto con tan desgarradora y brutal belleza respondía, curiosamente, a lo que millones de lectores, hombres y mujeres, sentían sin osar siquiera formular en forma de deseo. o tardó mucho Historia de O en convertirse en el libro más traducido y leído en el mundo desde El pequeño principe de Saint-Exupéry, ¡tan distinto, en cambio ! Hoy, treinta años después, esta obra maestra, consagrada ya «clásico del género», sigue siendo manual iniciático de jóvenes de todas las edades. Desde aquellos tiempos sórdidos en que se la leía en la penumbra, enfundada en papel de embalar o de cuaderno escolar, hasta hoy, todos y cada uno de nosotros, sus deudores, la hemos vivido a nuestro modo, al ritmo de nuestras necesidades y carencias, en la convivencia secreta con nuestros propios fantasmas y nuestras propias fantasías. adie ha permanecido indiferente a la estremecedora historia de O.

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Ficha técnica del libro

  • Título: Historia de O
    Autores: Pauline Réage
    Tamaño: 0.78MB
    Nº de páginas: 689
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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La apartó de sí e hizo una seña a las dos mujeres para que se retiraran hacia los lados y él pudiera
apoyarse en la consola. Él era alto, la consola más bien baja y sus largas piernas, enfundadas en la misma
tela violeta de la túnica, quedaban dobladas. La túnica abierta se tensaba por debajo como una colgadura
y el entablamento de la consola levantaba ligeramente el pesado sexo y los rizos claros que lo coronaban.
Los tres hombres se acercaron. O se arrodilló en la alfombra y su vestido verde formó una corola
alrededor. El corsé la apretaba y sus senos cuyas puntas asomaban, estaban a la altura de las rodillas de
su amante.
—Un poco más de luz —dijo uno de los hombres.
Cuando hubieron dirigido la luz de la lámpara de manera que cayera de lleno sobre su sexo y el
rostro de su amante, que estaba muy cerca, y sobre sus manos que lo acariciaban por debajo, René ordenó
bruscamente:
—Repite: te quiero.
—Te quiero —repitió O con tal deleite que sus labios apenas se atrevían a rozar la punta del sexo
protegida todavía por su suave funda de carne. Los tres hombres, que estaban fumando, comentaban sus
gestos, el movimiento de su boca que se había cerrado sobre el sexo y a lo largo del cual subía y bajaba,
su rostro descompuesto que se inundaba de lágrimas cada vez que el miembro, hinchado, le llegaba a la
garganta, oprimiéndole la lengua y provocando una náusea. Con la boca llena de aquella carne
endurecida, ella volvió a murmurar:
—Te quiero.
Las dos mujeres estaban a derecha e izquierda de René, que se apoyaba en sus hombros. O oía los
comentarios de los presentes pero, a través de sus palabras, espiaba los gemidos de su amante, atenta a
acariciarlo, con un respeto infinito y la lentitud que ella sabía le gustaba. O sentía que su boca era
hermosa, puesto que su amante se dignaba penetrar en ella, se dignaba mostrar en público sus caricias y
se dignaba, en suma, derramarse en ella. Ella lo recibió como se recibe a un dios, le oyó gritar, oyó reír a
los otros y, cuando lo hubo recibido, se des plomó de bruces. Las dos mujeres la levantaron y esta vez se
la llevaron.
Las sandalias taconeaban sobre las baldosas rojas de los corredores en los que se sucedían las
puertas discretas y limpias, con unas cerraduras minúsculas, como las puertas de las habitaciones de los
grandes hoteles. O no se atrevió a preguntar si todas aquellas habitaciones estaban ocupadas ni por quién.
Una de sus acompañantes, a la que todavía no había oído hablar, le dijo:
—Estás en el ala roja y tu criado se llama Pierre.
—¿Qué criado? —preguntó O, conmovida por la dulzura de aquella voz—. Y tú, ¿cómo te llamas?
—Me llamo Andrée.
—Y yo Jeanne —dijo la otra.
La primera prosiguió:
—El criado es el que tiene las llaves, el que te atará y te desatará, el que te azotará cuando te
impongan un castigo o cuando ellos no tenga tiempo para ti.
—Yo estuve en el ala roja el año pasado —dijo Jeanne—. Pierre ya estaba ahí. Entraba muchas
noches. Los criados tienen las llaves y en las habitaciones que están en su sector, tienen derecho a
servirse de nosotras.
O iba a preguntar cómo era el tal Pierre. Pero no tuvo tiempo. En un recodo del corredor, la hicieron
detenerse delante de una puerta idéntica a las otras: en un banco situado entre aquella puerta y la
siguiente, vio a una especie de campesino coloradote y rechoncho, con la cabeza casi rasurada, unos
ojillos negros hundidos y rodetes de carne en la nuca. Estaba vestido como un criado de opereta: camisa
con chorrera de encaje, chaleco negro y librea roja, calzas negras, medias blancas y zapatos de charol.
También él llevaba un látigo de cuero colgado del cinturón. Sus manos estaban cubiertas de vello rojo.
Sacó una llave maestra del bolsillo del chaleco, abrió la puerta e hizo entrar a las tres mujeres diciendo:
—Vuelvo a cerrar. Cuando hayáis terminado, llamad.
La celda era muy pequeña y, en realidad, consistía en dos piezas. Una vez vuelta a cerrar la puerta
que daba al corredor, se encontraba uno en una antecámara que se abría a la celda propiamente dicha; en
la misma pared había otra puerta que conducía a un cuarto de baño. Frente a las puertas, había una
ventana. En la pared de la izquierda, entre las puertas y la ventana, se apoyaba la cabecera de una gran
cama cuadrada, baja y cubierta de pieles.
No había más muebles ni espejo alguno. Las paredes eran rojas y la alfombra negra. Andrée hizo
observar a O que la cama no era, en realidad, más que una plataforma cubierta por un colchón y una tela
negra de pelo muy largo que imitaba la piel. La funda de la almohada, delgada y dura como el colchón,
era de la misma tela, al igual que la manta de dos caras. El único objeto clavado en la pared,
aproximadamente a la misma altura con relación a la cama que el gancho del poste con relación al suelo
de la biblioteca, era una gran anilla de acero brillante de la que colgaba perpendicularmente a la cama
una larga cadena; sus eslabones formaban un pequeño montón y el otro extremo estaba sujeto a un gancho Historia de O epub
con candado, como un cortinaje recogido en un alzapaño.
—Tenemos que bañarte —dijo Jeanne—. Te quitaré el vestido.

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