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Incienso – (Reyes magos 02)

 Sinopsis

Gaia Kinov no sabe si ha hecho lo adecuado al saltar por la ventana del instituto de magos, dejándolo todo atrás. Pero ahora que se ha encontrado con un hechicero sexual de lo más deseable que está en deuda con ella, y que su amiga Dragius se ha comprometido a asistirla, su único objetivo es hallar a sus hermanas, Juno y Alethea, y liberarlas por fin.

Baltasar habría de estar ayudando a restituir el equilibrio del Pacto Sagrado, que Alexander rompió, a fin de que todos y cada uno de los deseos de la humanidad se prosigan cumpliendo. Tendría que cesar en la busca inútil de su hechicera. Pero los increíbles ojos bicolores de Gaia no dejan de colarse en sus sueños… y no son sueños agradables. Necesita localizarla para saber qué sucede y no vacilará en emplear todos y cada uno de los medios que estén a su alcance.

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Altair volverá a rencontrarse con el rey Gaspar y entre ellos brincarán las chispas de otrora, si bien solo el perdón va a poder unirlos nuevamente. Juntos descubrirán que hay un traidor en el Consejo de Magos, y que quizás la Orden de Herodes no está tan fallecida como todos creen.
Una amenaza de incienso medra en la sombra, cobrándose poco a poco más víctimas de la comunidad mágica. Todos van en pos de Berbiz para liberar el poder más espléndido que absolutamente nadie haya visto nunca. Sin embargo, solo el que logre llenar la premonición de las 3 lo conseguirá.
Camina con 100 ojos, guarda bien tus secretos, ten a mano tu espada y que el poder de las estrellas vaya contigo

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Dante volvió a la realidad del museo, y a los ojos de Elena que le sonrieron
cuando viró el semblante hacia él. Las mejillas femeninas se tiñeron de un colorado
escarlata que contrastaba con el amanecer de sus ojos azules.
—¿Te duele menos la herida?
Elena asintió, y sonrió pues aquel dolor había sido el detonante a fin de que
algo ocurriese entre ellos la noche precedente.
—Has logrado aun que se haga más pequeña.
Le mostró el antebrazo. Los bordes de la mácula oscura parecían haber
encogido y esta mostraba un tono más pardo.
—Parece cosa de magia —divagó Elena con sus ojos todavía puestos en la
herida.

—Es que el día de ayer hicimos magia de la genuina.
Elena suspiró y, de forma lenta, elevó la mirada al hombre que parecía
ocuparlo todo cuando se encontraba cerca.
—No soy especialista en el tema, mas si la magia debe tener alguna forma,
no se me ocurre ninguna mejor.
En la sonrisa femenina no se podía adivinar si se refería a los polvazos
monumentales, o bien a él mismo, mas Dante sonrió, con una sonrisa enorme que
parecía la puerta a un planeta de dicha.
El hechicero apuntó el cuadro que Elena estaba observando.

—¿Sabes lo que significa?
Ella sintió el pecho de Dante pegado a su espalda mientras que los dos
observaban el cuadro. El aire entró acelerado a sus pulmones, calentando cada
una de las zonas que tocaba, y varias más. Dudaba mucho que aquello
se generara solo por la potencia sexual del hechicero. No, aquello era pura pasión
efervescente que explotaba bajo la piel, calentándola desde dentro.
«Si solo hace unas horas que estábamos revueltos entre las sábanas, ¿qué
me pasa?», se preguntó, quizás preocupada, si bien sobre todo jodida por no
poder regresar a aquellas sábanas en ese momento. «Definitivamente estás
enferma, Elena», suspiró.

—The Bird Catchers, algo como los cazadores de aves en castellano.
Notó el movimiento de la cabeza de Dante al asentir y se fijó todavía más en los
hombres que aparecían en el cuadro, sentados al lado de mujeres con pomposos
trajes de temporada. Las faldas se vertían sobre el césped del jardín en el que
estaban sentadas, como explotes de color en una naturaleza muy elegante.
A la izquierda le llamó la atención una de las mujeres, con la mirada alzada
al cielo. Su cabeza apoyada en el hombro masculino, en una pose de total
confianza. Deseó dejarse caer de aquella forma en Dante, reposar la
cabeza en su pecho y confiar por fin en él.

Otro suspiro más prolongado.
—Supongo que simbolizará algún ritual de caza.
La risa ronca y áspera del hechicero se vertió sobre su cuello, deslizándose
por su piel hasta arroscarse en sus pezones. Tuvo que apretar los labios para
no liberar un gemido.
—Esos pájaros en la jaula son regalos de los hombres a la mujer que
aman. —Los dedos de Dante ascendieron por su antebrazo desnudo, para
después descender en una caricia abatida que terminó entrelazando sus dedos.
La respiración de Elena se tornó errante. Estaba perdida otra vez—. El
hombre le entrega el pájaro cazado a la mujer, que representa la manera en la
que ha cazado su corazón.

Elena levantó las cejas; sus ojos se abrieron desmedidos y viró la cabeza
para hallar su mirada.
—Ni en 100 vidas hubiese dicho que de tus labios podía salir algo tan
repelente.
—Sigues sin ser siendo consciente de las múltiples posibilidades que mi boca te
ofrece.
—No me resulta interesante, desnarigado.
Dante puso una mano en el estómago femenino, una mano extendida de
dedos fuertes que la empujó más hacia él si eso era posible. Sin importarle
nada, se estregó pecaminoso contra la parte superior del trasero femenino.
Elena deseó protestar, mas al empujarlo con el trasero la fricción era mayor, y
renunció.
Sus labios se pegaron a su oreja. El susurro caliente masculino se deslizó
sibilino, acelerando su respiración.
—Por ti, Elena, sería cualquier cosa: repelente, salvaje, maligno. —Le
apuntó con un dedo el cuadro que los dos proseguían observando. Un punto fallecido
al que mirar mientras que se ahogaban en sensaciones—. Cazaría pájaros,
dracanes o bien putos diablos por ti, mas no vuelvas a decirme que no te
intereso, Elena. No tras esta noche.

Elena respiró de forma pesada. El deseo exuberante que sentía era algo tan
enorme como la puesta de sol, asimismo obscuro y capaz de envolverla hasta
hacerla desparecer. Intentó no centrarse en ese símil que le había explicado
Dante. ¿Acaso sus palabras implicaban que estaba preparado asimismo a
entregarle su corazón, como en aquel cuadro?
No, Elena no afirmó nada. Era un instante absurdo para decir cosas
irreverentes, y no estaba lista para algo tan solemne como lo que tenía en
psique. Se calló y dejó pasar los segundos, envuelta en sus brazos. Juntos
observaron la pintura al ritmo dulce de sus respiraciones.

—Es acá —señaló Dragius con tono imperioso, una sala más allí.
Baltasar se precipitó hasta allá y se detuvo frente al conocido cuadro que
procuraban. En apariencia era normal. Un cuadro más de los muchos que se
exponían. Una gran obra de Rembrandt, mas que no delataba ningún género de
magia. Tenía un aspecto despreciable, por el cielo gris y la frondosa inmensidad
que se abría a un lado.
El mago tuvo la impresión de que aquel cuadro no terminaba allá, sino más bien mucho
más allí. Parecía que el mar de espéculo se extendía alén de los límites
perceptibles. Sin saber por qué razón, si bien era algo prohibido, extendió sus dedos
cara el original colgado en la pared. Sus yemas tocaron la superficie. De
pronto, la superficie sólida se volvió viscosa y cedió. Los dedos de Baltasar
se introdujeron en exactamente la misma tal y como si fuera mantequilla.
El mago contuvo la respiración, concentrándose en la sensación húmeda que
apreció en ese punto, hasta el momento en que los volvió a sacar. Como si de veras sus dedos
hubiesen estado inmersos en pintura fresca.
Giró la cabeza cara Dragius, sobresaltado. Ella lo miraba con una sonrisa
sorprendida.

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