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La cabeza de Diana

Genero: Drama

 Sinopsis del libro 

Septiembre de 1940. Durante la batalla de Inglaterra, cuando Londres sufre los más feroces bombardeos de la Luftwaffe, circula por el mercado negro una estatua robada, la cabeza de Diana. La policía sospecha que puede haber caído en manos del espía alemán más esquivo y peligroso, apodado en clave el Barón. Emma Wells, una experta en arte antiguo de Oxford, es reclutada para buscar e identificar la cabeza de Diana en Londres. Pero no persigue sólo la estatua, sino a un antiguo amor. No sabe que su indagación la enfrentará a tahúres, asesinos, nobles decadentes, la más radiante amistad, un capitán español… y a sus propios miedos y anhelos. Va a conocer todos los rincones de los bajos fondos donde el pecado tenía una oportunidad.

Relato de aventuras, historia detectivesca, secreta historia de amor y fábula sobre las pasiones que labran nuestra vida, esta novela ofrece un deslumbrante mosaico del momento histórico y una reflexión sobre la eterna lucha entre el deseo y la realidad. El autor construye un personaje femenino extremadamente fuerte en su aparente fragilidad y de una complejidad psicológica que enriquece enormemente la experiencia de la lectura de esta obra. Además, y lo descubriréis cuando lo leáis, el contexto histórico se revela como otro personaje más por derecho propio. Se percibe un esmerado y profundo proceso de investigación llevado a cabo para reconstruir aquel Londres de la batalla de Inglaterra plagado de detalles y curiosidades históricas, a veces hasta subliminales, que te sorprenderán.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: La cabeza de Diana
    Autores: Francisco Granado Castro
    Tamaño: 1.49MB
    Nº de páginas: 487
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Llegamos a un cementerio cuya capilla elevaba su puntiaguda torre para
señalar alguna nube hereje y las ojivas, ávidas de lechuzas, apenas
recordaban el color de los vitrales que el polvo carcomía. Cuando la cancela
fue abierta, gruñó con un chirrido gatuno, y eso nos obligó a entrar con el
doble de precaución, aunque sólo encontramos callejas vacías que se
bifurcaban y retorcían sin el menor ánimo urbanístico, interrumpiéndose a
veces por nichos colocados al socaire del viento, abiertos quizás a golpes de
inspiración por algún enterrador descuidado, mereciendo tal acumulación de
sepulturas una descalificación catastral en forma de grietas y mármoles
mohosos, azulejos ennegrecidos y nombres medio borrados de las lápidas. El
musgo y las enredaderas trepaban por los tapiales y las cándidas estatuas de
los santos, y las telarañas se aferraban a las cruces enmohecidas. Prevalecía
el gris o el verde.
Buscamos en todas direcciones a Sir Billy o al posible Curtis.

Encontramos al final de una callejuela a una señora mayor de luto que rezaba
ante un nicho, donde se pudría un ramo seco como el esparto. Laredo observó
las tapias del camposanto, demasiado altas para saltarlas, y me pidió que
esperase junto a un ángel oscuro que meditaba en su pedestal sobre los
hongos y la yedra que lo agobiaban, mientras daba vuelta por el otro lado.
Un anciano canoso, en mangas de camisa, portador de una gorra redonda
como un disco, se esmeraba en recoger las hojas del camino con un rastrillo.
Sus manos expertas se aferraban con soltura al mango y medio silbaba una
coplilla al ritmo de sus propias evoluciones en la tarea, con toda la
parsimonia del mundo.
−No he visto a nadie –dijo Laredo al volver−. Deduzco que ni sir Billy ni
el señor Curtis han llegado todavía… ¿Tiene hora? Da igual; déjelo –sacó su
reloj de cadena del bolsillo del chaleco, y aplicó a su oído el mecanismo antes
de mirar las manecillas. Luego comprobó la posición del sol en el cielo, labor
penosa por las nubes−. Pronto será la una. No falta mucho. Lo mejor será que
simulemos rezar ante cualquiera de estas tumbas. No creo que les haga
ningún mal y éste parece un buen lugar de observación, a salvo de curiosos.
Agachó entonces su seria cabeza en señal de respeto ante una lápida, con
las manos cruzadas. Con su traje negro, casi parecía un deudo del difunto y
esta trama divirtió a la irreverente anglicana que hay en mí.
−¿Simula rezar con frecuencia? –pregunté, sardónica.

Laredo apenas había respondido con un alzamiento de cejas, cuando
oímos al otro lado de la tapia el frenazo de un vehículo. Sus llantas devoraron
el asfalto y el motor se detuvo bruscamente, provocando los consiguientes
cláxones y voces de alarma. Laredo corrió a la salida y me hizo un gesto para
que no me moviera.
−Maldición: la reunión era fuera. Quédese aquí por si acaso. Y tenga
cuidado.
Desapareció como si le quemaran. A los pocos instantes de un
desconcertante cruce de chirridos y golpes metálicos, sonó un disparo, cuya
rotundidad cortó el aire. Vi correr a la señora enlutada y al jardinero hacia la
capilla para guarecerse. Me agaché junto al pedestal del ángel. El silencio que
siguió se volvió opresivo; las cosas no sabían volver a la rutina y no se fiaban
de aquella calma en espera. El capitán volvió pronto y me habló en voz baja.
−¿Se encuentra bien? –pregunté. Tras asentir en silencio, le interrogué
con los ojos−. No he visto a nadie en la calle delantera. Debe tratarse de la de
este lado. Voy a ver si hay una puerta detrás de la capilla… A propósito –
dijo, palpándose la chaqueta con las manos abiertas−, ¿tiene un arma?
−¿Quién? ¿Yo? –me sorprendí.
−Agáchese –me empujó por toda respuesta Laredo−. Creo que llevo una
pistola en la guantera del coche… Pero ya no hay tiempo… −era hombre de
decisiones rápidas y se irguió de nuevo para irse−. Esté atenta y sobre todo no
se mueva.

Allá que iba el desarmado capitán a buscar una salida hacia la otra calle.
Lo perdí de vista entre los cipreses y nichos. Al poco, en medio de la
confusión y el tumulto, sonó otro disparo, esta vez más cerca, o tal vez tenía
los oídos más atentos. Busqué la protección del capitel medio cubierto de
enredaderas que formaban una trama verde alrededor. A mi lado había una
puerta tapiada, donde se había colocado una hornacina con un santo, que
bendecía con una mano gangrenada por la humedad y ostentaba una orla de
madreselva, como un verdadero elegido selvático. Me agaché bajo su sombra,
intentando adivinar a qué respondían los pasos y golpes que sonaban más allá
de la tapia. Tronó de pronto otro disparo, que hizo blanco en la espada que el
ángel fúnebre sostenía sobre mi cabeza. Me tiré al suelo antes de ver cómo la
espada enhiesta se desprendía del resto de la potestad divina y caía a plomo
sobre el suelo que, unos instantes antes, había pisado. El enorme trozo de
piedra se partió en dos contra el suelo, sobre mis propias huellas. El resto del
ángel mostró una sombría indiferencia que en nada me tranquilizó.
Había estado a punto de morir aplastada. Si me hubiera quedado bajo la
estatua, todo habría terminado allí mismo. Un espasmo me recorrió la espalda
y susurré ardientes ruegos a lo alto. De nuevo oí golpes de portezuelas de
coches; sopesé cómo uno y luego otro motor se encendían, cómo los
vehículos salían disparados en inconcretas direcciones, en lo que parecía una
persecución que desaparecía en el ruido de la ciudad. Tras esto, noté que me
temblaban las manos. Me las froté para exorcizar los nervios.


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