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La cara norte del corazón

 Sinopsis

«Cuando Amaia Salazar tenía 12 años estuvo perdida en el bosque a lo largo de dieciséis horas. Era de madrugada cuando la hallaron a treinta quilómetros al norte del sitio donde se había despistado de la ruta. Desvanecida bajo la intensa lluvia, la ropa oscurecida y chamuscada como la de una hechicera medieval salvada de una fogata, y, en contraste, la piel blanca, limpia y helada tal y como si acabara de surgir del hielo.”

En agosto de 2005, mucho ya antes de los crímenes que convulsionaron el val del Baztán, una joven Amaia Salazar de 25 años, subinspectora de la Policía Foral, participa en un curso de intercambio para policías de la Europol en la Academia del FBI, en Estados Unidos, que da Aloisius Dupree, el jefe de la unidad de investigación. Una de las pruebas consiste en estudiar un caso real de un asesino en serie a quien llaman «el compositor», que siempre y en todo momento actúa a lo largo de grandes desastres naturales atacando a familias enteras y siguiendo una escenificación prácticamente ritual. Amaia se transformará inopinadamente en una parte del equipo de la investigación que les va a llevar hasta Nueva Orleans, en vísperas del peor huracán de su historia, para procurar anticiparse al asesino…

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Pero una llamada de su tía Engrasi desde Elizondo va a despertar en Amaia espectros de su niñez, enfrentándola nuevamente al temor y a los recuerdos que la dotan de un excepcional conocimiento de la cara norte del corazón.

Una novela vibrante que conmueve y quita el aliento.

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¿De qué manera? —No era una pregunta simple, no preguntaba por su modo
de proceder en la entrevista, le preguntaba de qué forma había arriesgado.
Verdon lo comprendió.
—A la vista de los datos que había ido recabando, le dio la sensación de que era lo
que correspondía.

—¿Por qué no solicitó autorización? —replicó Dupree.
—Escucha, Dupree, comprendo que estés molesto, mas las
comunicaciones son prácticamente imposibles: los teléfonos móviles no marchan en
Nueva Orleans; nos ha llevado más de una hora lograr charlar contigo a
través de una línea fija, y contamos con todos y cada uno de los medios.
—¿Desde qué hora tiene la confirmación de que Nelson no está en
Miami? —inquirió Dupree sin responder a Verdon.
—Algo tras las 7 de la mañana.
—¿Por qué no nos lo comunicó entonces? Son prácticamente las once. Perdimos la
comunicación telefónica tras el apagón, mas le di órdenes claras de informar
de cualquier avance mediante e mails.

—No era considerablemente más de lo que teníais, le dio la sensación de que charlar con la
esposa era lo mejor para la investigación.
—¿A qué hora?
—Dupree…
—¿A qué hora charló con la esposa de Nelson? Hay 4 horas en
turismo desde Miami hasta Tampa.
—No tenemos perseverancia de ese dato —mintió Wilson, siendo consciente de
que Dupree lo sabía.
Verdon intervino apaciguador.
—Tú mismo has reconocido que entre la tormenta y el apagón ha habido
inconvenientes con las comunicaciones.

—Estoy en la central de urgencias del 911, tienen un generador y hay
treinta operadoras cogiendo los teléfonos; me cuesta pensar que no haya
podido ponerse en contacto conmigo. Parece que ahora que sí que hay algo
que comunicar habéis encontrado la forma —dijo sarcástico.
—Aloisius… —pidió Verdon conciliador.
—Aloisius —continuó Wilson—, la cuestión es que la esposa de Nelson
confirma aspectos con respecto a su conducta que son bastante atractivos. Se
presentó en su casa anteayer; afirmó que lo halló inusualmente sereno, extraño y
enigmático, alejadísimo del comportamiento más débil que ha tenido en
los últimos tiempos. Sus palabras precisas fueron: «Todo lo que ha ocurrido es
por culpa mía, sé que lo he hecho todo mal, mas voy a solventarlo. Ahora
debo irme pues he de hacer algo que no puedo postergar, mas cuando
vuelva voy a estar listo para corregir todos y cada uno de los errores».
—¿Dijo «los» o bien «mis» fallos? —inquirió Dupree.

—Lo tengo recogido como «los errores».
—Podría ser sin más ni más la promesa de un hombre que trata de corregir
sus faltas, mas asimismo un anuncio de que el instante que espera está a
punto de llegar —explicó Dupree—. «Los errores» sugiere que se excluye de
la responsabilidad de haberlos cometido, si bien se sienta responsable de
remediarlos. Salazar piensa que nuestro hombre solo posterga el homicidio de su
familia a un instante específico, una suerte de señal que todavía ignoramos,
proseguimos trabajando en ello.
Dupree hizo una pausa reflexiva; cuando volvió a charlar la indignación
había regresado a su voz.
—¿Os dais cuenta de la relevancia de lo que me contáis? Es
información vital para la investigación, y la agente Tucker la ha retenido de
forma deliberada. Su acción ha sido inconsciente. Puede haber puesto bajo riesgo
toda la investigación. Si resulta que Nelson es nuestro hombre y llama a su
esposa y le habla de su visita, podría ponerle sobre aviso.
—Por eso nuestra llamada, Dupree —explicó Verdon—. He autorizado
una operación de salvaguardia para la familia de Nelson y he puesto a Tucker
al frente de un equipo en Miami.
Dupree continuó en silencio.
—Aloisius —dijo Wilson con tono conciliador—. Entiéndelo.
—¿En serio estáis tan ciegos que no os dais cuenta de lo que está
haciendo Tucker?

El grueso suspiro de Michael Verdon fue perceptible mediante la línea.
—Aloisius, te cariño de verdad, mas no puedes cargarnos con toda la
responsabilidad de esto. Estás de vuelta en tu ciudad; tras lo que pasó
la última vez, es ineludible para nosotros que eso proponga ciertas dudas… No
voy a ofenderte preguntándote si tiene algo que ver con Samedi… Porque de
veras espero que no.
—Yo no voy a responderte, pues hacerlo estaría fuera de sitio —
rechazó Dupree con dureza.
—Pues un agente de tu experiencia debería saber que hay
peculiaridades de la investigación que deberías habernos comunicado.
—No sé a qué te refieres.
—Hay un aspecto que olvidaste mentarme y que está en el informe
que Salazar mandó a la agente Tucker: Sarah Nelson era Sarah Rosenblant de
soltera, y es hija del miembro del Senado Rosenblant.
—¡No puedo creerlo! —exclamó Dupree asombrado—. En serio me
dices que todo este circo se debe a que el suegro de Nelson es
miembro del Senado.
—¡Por el amor de Dios, Dupree! ¿Qué es lo que te sorprende? —gritó
colérico Wilson—. ¡De sobra sabes de qué forma marchan estas cosas!
Verdon tomó la palabra recobrando el tono calmado, si bien igualmente
firme.—
Creo que no eres siendo consciente de la gravedad de la situación. Desde
inteligencia de la base naval de Lakefront, nos han confirmado que la sede
del FBI en Nueva Orleans está completamente destruida, el techo ha sido
arrancado de su sitio por el viento y las cristaleras han estallado literalmente.
Se ha desalojado a todo el personal, incluyendo el retén de guarda. Los
militares están centrándose en salvar a los agentes y sus familias y en
evacuarlos de allá. Cuando la tormenta acabe y salgáis a la calle, vais a estar
solos. Si la Operación Jaula falla, y si por una casualidad resulta que ese tipo
es un asesino y el miembro del Senado llega a saber que su hija y sus nietos han estado en
riesgo pues no tenemos activado el protocolo de seguridad, van a rodar
cabezas, y no es preciso que te afirme que las nuestras están bien consolidadas.
Antes de colgar, Verdon le hizo un último apunte.

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