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La cocinera de Castamar

Genero: Juvenil

 Sinopsis del libro 

Clara, una joven caída en desgracia, sufre de agorafobia desde que perdió a su padre de forma repentina. Gracias a su prodigiosa cocina logra acceder al ducado de Castamar como oficial, trastocando con su llegada el apático mundo de don Diego, el duque. Este, desde que perdió a su esposa en un accidente, vive aislado en su gran mansión rodeado del servicio. Clara descubrirá pronto que la calma que rodea la hacienda es el preludio de una tormenta devastadora cuyo centro será Castamar, su señor y ella misma.
Fernando J. Múñez teje para el lector, con una prosa detallista y delicada, una urdimbre de personajes, intrigas, amores, envidias, secretos y mentiras que se entrecruzan en una impecable recreación de la España de 1720.


Ficha técnica del  libro

  • Título: La cocinera de Castamar
    Autores: Fernando J. Múñez
    Tamaño: 2.33MB
    Nº de páginas: 358
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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En el salón hab ía algunos parroquianos buscando carne entre las piernas de
las rameras. El Sebas andaba pegando gritos en la cocina, detrás del tabique
maltrecho que lo separaba del salón. El Zurdo, al ver que su plato no estaba
sobre la mesa, chascó la lengua y se dirig ió hacia allí, pensando que la
Jacinta había encontrado a un cliente y había dejado a un lado su orden. Al
entrar a los fogones vio al Sebas exhortando a la cocinera a no utilizar tanta
judía y echar más caldo en el «puchero de los pobres». Esta marmita qu e se
preparaba en El Zaguán era popular en la zona por barata, aguada y más salada
que con sustancia, a base de alubias y verduras. El Sebas la vendía a todas
horas a los que llegaban allí de paso y a los que les apretaba el hambre
después de ayuntarse con las putas.
—El saco extra de judías que has usado te lo quitaré de tu sueldo —advirtió el
Sebas a la Zalamera negando con la cabeza y resoplando como un caballo —.
¡Qué manía con protestar! Si no fuera porque me cocina bien, termino
calentándole la cara .

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El Zurdo dejó escapar una risa y le dijo que deseaba comer. El Sebas, que lo
consideraba un buen cliente, dio las órdenes oportunas para que una de las
chicas le sirviese. Comer bien era una de las pocas cosas en las que el Zurdo
empleaba el dinero. Al contrario que muchos matarifes destemplados, vagos,
maleantes y bravucones de taberna, él no malvivía dilapidando lo que ganaba.
Había ahorrado un pequeño caudal para su yeguada y tan solo utilizaba lo
justo para su vida cotidiana. Ningún lujo ni vicio má s allá de una buena
comida decente y sin pretensiones. Dormía en una habitación de alquiler, cerca
de El Zaguán, adonde nunca llevaba a nadie. Un desván apolillado y
mugriento, suficiente para poder esconder el fruto de su trabajo entre los
tabiques de la techumbre. Nadie se podía imaginar que entre la viga y el techo
falso había depositados más de ocho mil reales de vellón.
Se sentó y le dispusieron las alubias, el vino y el pan ácimo de centeno. Al
comenzar a comer vio que la Jacinta salía de hacer un servicio de las
habitaciones. Tras ella, un hombre contrahecho y panzudo mostraba una
sonrisa complaciente. «A este le ha dejado satisfecho», se dijo. Ella le saludó
con un gesto de cabeza y él la ignoró. De hacerle caso, se acercaría con ganas
de charla y era precisamente lo que detestaba tener que hacer con ella. Se
concentró en el potaje y saboreó las alubias. Desde que la cocina de El Zaguán
estaba en manos de la Zalamera, la comida tenía mejor sabor y los comensales
no habían parado de cruzar por la puerta.

Dio un sorbo al vino cuando entró Hernaldo de la Marca, que le lanzó un
saludo silencioso levantando el mentón. Desde que el soldado había venido la
última vez, no habían dejado de vigilar al negro de Castamar. Tal como le
había encargado Hernaldo , había buscado cuatro del oficio, discretos si no
les lloraba el bolsillo, que se habían ido relevando cada vez que Gabriel de
Castamar se movía. Para él, era un engendro asqueroso al que, si pudiera,
destriparía como un cerdo. No soportaba el aire de señ or con el que se había
paseado ante él durante su trabajo en Castamar como caballerizo. ¡Un maldito
mono africano mirándole desde arriba! De no ser porque se debía al contrato
de amaestrar el caballo de doña Alba, se habría acercado en plena noche y le
hab ría arrancado los ojos con la navaja.
Hernaldo de la Marca venía ahora más o menos cada semana para ser
informado de los movimientos de aquel negro maloliente. El Zurdo miró al
soldado acercarse. Normalmente él dejaba lo que estuviera haciendo y salían
al patio de atrás para no ser oídos. El Sebas detuvo su avance, saludándole
como parte de su oficio, para que los clientes se sintieran a gusto.
Intercambiaron unas palabras cortas sobre lo duro de la vida y se despidieron.
Hernaldo dejaba ya atrás al alca hueto cuando este, llevado por su entusiasmo,
dijo:
—Por cierto, ¿cómo anda tu hija? Dicen que está de buen ver.

Los pesados pasos del matarife se detuvieron en seco y el local se silenció; se
llevó la mano a la vizcaína y se giró. El Sebas dio un paso atrás y pensó que
Hernaldo iba a destriparle allí mismo.
—Vuelve a mentar a mi hija y te parto el espinazo en dos, saco de mierda —
avisó Hernaldo en voz alta.


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