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La importancia del quince de febrero

Genero: Juvenil

 Sinopsis del libro 

¿Existe la fórmula exacta para el amor?

Todos los ex novios de Sandra creían en el azar, a pesar de que ella, psicóloga, tiene una mentalidad científica. El último la dejó el día siguiente a San Valentín, el año pasado. De modo que cuando esa fecha fatídica regresa, Sandra se pregunta si existe la fórmula exacta para dar con el hombre ideal. Inspirada por la paradoja de Fermi y por las obras de Isaac Asimov, tiene una revelación: utilizar los datos estadísticos de su trabajo para dar con la pareja perfecta.

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Pero en ocasiones, ni los sistemas científicos ni las casualidades salen como una espera. A veces, lo importante es ser capaz de reconocer el amor cuando aparece, tener la valentía de enfrentarse a una misma y aceptar que las mejores cosas pueden llegar en el momento más inoportuno.


Ficha técnica del  libro

  • Título: La importancia del quince de febrero
    Autores: Sofía Rhei
    Tamaño: 1.32MB
    Nº de páginas: 841
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro Gratis La importancia del quince de febrero – Sofía Rhei

Estás al día de todo tipo de títulos, de todos los temas, sin que te importe la
orientación política del autor o si está o no de moda, y gracias a ti he
descubierto lecturas extraordinarias.
Víctor regresó con Pascual, y el mayordomo le ofreció a Rosa conducir su
coche hasta Madrid para que ella pudiera viajar descansando. La bibliotecaria
pareció pensárselo, por pudor, pero sabía que no tenía más remedio que
aceptar si no quería gastarse medio mes de sueldo en un taxi.
—Muchas gracias, de verdad. Me siento mal por haberme presentado aquí
de esta manera, os he interrumpido…
A Sandra le vibró el teléfono.
—Mi madre ya tiene el libro —anunció—. Mañana a primera hora estará en
la biblioteca.
Y solo entonces, al tener la certeza de que el libro no estaba perdido, Rosa
se echó a llorar.

—Cuántas emociones juntas… —le dijo Sandra a Víctor cuando ya estaban
a solas en la amplísima habitación con chimenea—. Siento mucha culpabilidad
por que Rosa se haya dado esa paliza y lo haya pasado tan mal.
—¿Te doy un masaje descontracturante?
—Hace poco dijiste que me darías uno, pero al final se quedó pendiente…
Víctor encendió una barrita de incienso y la puso en el suelo, cerca de la
cama.
—Pues vete preparando para el mejor masaje que te hayan dado nunca.
Necesito que te descubras la espalda. Túmbate ahí boca abajo y relájate. Voy a
buscar el aceite.
Sandra hizo lo que Víctor le había indicado. Tenía puestas bastantes
expectativas en aquel masaje. Se tumbó boca abajo y respiró el incienso, que
olía a gloria. Era como estar en un festival a orillas de un río, en verano, entre
puestos de dulces especiados, con una banda tocando alegres canciones bajo
unos farolillos de colores.

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Las manos de Víctor eran muy suaves. No ejercía demasiada presión, y
aquel masaje parecía más propio de un niño que de un hombre. Sus manos no
trataban de apresarla con firmeza, ni de marcar un territorio para controlarlo.
Solo la exploraban, la acariciaban de manera no invasiva. Y no por ello era
menos agradable.
—¿Estás relajada? Es muy importante que tengas los ojos cerrados.
—Los tengo tan cerrados que podría quedarme dormida —aseguró ella.
Entonces Víctor volvió a posar las manos sobre su espalda. Pero esta vez el
masaje ya no era superficial y cariñoso, sino que se centró en trabajar las
pequeñas contracturas cervicales.
—Wow… —Sandra se deshizo—. Qué alivio… Sí, ahí, justo ahí, menuda
gozada… ¡Es increíble!
Víctor se había reservado ese talento para los masajes. Se quedó aturdida
por las sensaciones que esas manos provocaron en su espalda. De hecho, la
decisión que transmitían le pareció muy excitante. Aquel era un lado de Víctor
que no le importaría explorar más a fondo.
—Me estás dejando como nueva —suspiró.

—Un poquito más, que aún me queda una zona por terminar.
Pero a pesar de la excelente calidad del masaje, de lo agradables que eran
la temperatura y el olor de la habitación, había algo que impedía que Sandra
se relajara del todo. Él debió de notarlo, porque le dijo:
—Déjate llevar…
Sin embargo, su inquieta cabecita, en lugar de seguir el consejo, se propuso
averiguar qué era lo que la mantenía tensa. Se le ocurrió que era la voz de
Víctor, que no sonaba donde debería sonar. Si estaba presionando sus
músculos con tanta fuerza, su cabeza no debería estar tan lejos.
Casi al mismo tiempo Sandra se fijó en una zona del suelo que no había
enfocado hasta entonces. Y en ella vio la sombra de dos cabezas en vez de
una. O bien su noviete se estaba convirtiendo en un ser mutante, o bien…
Sandra se dio la vuelta y se encontró frente a un desconocido con bigote.
Ella tenía, como suele suceder en estas situaciones, los pechos al aire.
—¡Ahhh! —chilló.

El desconocido salió corriendo de allí mientras Víctor trataba de
tranquilizar a Sandra.
—¡Chisss! ¡No pasa nada, solo es un masajista! ¡Ha visto muchas mujeres
en su vida!
—¿Estabas fingiendo que me dabas un masaje cuando en realidad me lo
estaba dando un profesional?
Sandra no daba crédito. Entonces se sintió más aturdida que de costumbre.
Era el olor dulzón lo que le estaba embotando la cabeza.


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