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La mujer que silba – A. S. Byatt

 Sinopsis del libro 

Corre el año 1968. Federica Potter, una mujer inteligente, profesora de
literatura y divorciada con un hijo, abandona la enseñanza a causa de
las revueltas estudiantiles y pasa a conducir un programa de televisión
donde se dan cita toda clase de intelectuales.
En la Universidad de North Yorkshire, en un ambiente de investigaciones
científicas y charlas filosóficas, se prepara un ciclo interdisciplinario de
conferencias sobre el tema «Cuerpo y mente», que se ve perturbado por
la presencia de una «antiuniversidad» apostada en las cercanías, donde
se consume LSD, se practica la filosofía hippie y se da cabida a clases
que van desde Mao a la astrología.

En una granja cercana, una comunidad terapéutica dirigida por un
psicoanalista comienza a transformarse en un culto religioso bajo la
influencia de un carismático personaje, que aúna en sí un terrible
pasado, periódicas crisis de locura y un profundo misticismo. Cuando el
productor del programa que conduce Federica se dispone a grabar las
conferencias, todos los círculos empiezan a confluir.
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Ficha técnica del  libro

  • Título: La mujer que silba
    Autores: A.S. Byatt
    Serie: IV de El cuarteto de Frederica
    Tamaño: 2.05MB
    Nº de páginas: 572
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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El grupo de «Mates no» se reunía cada quince días para estudiar matemáticas.
Se había fundado a instancias de Wijnnobel, y él mismo asistía regularmente.
«Mates no» era una síntesis de «Matemáticas para no matemáticos». El grupo
se reunía en un aula de la Torre de Matemáticas (una pirámide apoyada en un
cilindro, apoyado a su vez en un cubo) y muy a menudo prolongaba la reunión
en un pub. La idea era contar con un lugar en el que pudieran tratarse y
resolverse los problemas matemáticos de los que no eran matemáticos. Marcus
Potter estaba siempre presente, acompañado a veces por Jacob Scrope,
profesor del departamento de informática, y, más recientemente, por John
Ottokar, quien confeccionaba los programas que ponían en funcionamiento las
enormes máquinas.
Tanto Jacqueline como Luk Lysgaard-Peacock necesitaban la ayuda de
Marcus y John Ottokar cuando llegaba la hora de los números, de la
conversión a ecuaciones de los picos eléctricos del potencial de acción, en el
caso de Jacqueline, y de los complejos modelos de variables en la genética de
población, en el caso de Luk. Luk Lysgaard-Peacock era un buen matemático,
aunque no brillante. Le gustaba presentar sus ideas a Marcus en el pub y
observar los largos y pálidos dedos trazando diagramas y relacionando
patrones para representar sus propias intuiciones. Jacqueline no era buena
matemática. Marcus había tenido que darle un curso acelerado sobre
ecuaciones diferenciales. John Ottokar estaba enseñándole a escribir sus
propios programas en Fortran.

En años posteriores, cuando las pantallas de
los ordenadores titilaban en el escritorio de todos los estudiantes, difícilmente
se recordaban esos heroicos años de gigantescas máquinas zumbantes, llenas
de transistores, que producían monstruosas montañas de impresos y se
alimentaban con tarjetas perforadas. Para obtener los resultados que
necesitaban, tanto Luk como Jacqueline se veían obligados a esperar su turno
en el ordenador —durante horas o días incluso—, y éste podía malgastarse si
habían cometido cualquier error en el programa, en la perforación de los datos
o en el modo en que habían planteado el problema.
Otro visitante regular del grupo de «Mates no» era Vincent Hodgkiss, el
filósofo, que estaba escribiendo un ensayo sobre la aversión de Ludwig
Wittgenstein hacia la lógica matemática, un campo en el que él mismo había
sobresalido. Hodgkiss era un hombre callado, y poseía una apariencia que a la
gente le costaba recordar, como si no estuviera plenamente encarnado, como si
fuera un fantasma en una máquina.

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Sin duda era bajo y bastante calvo, con unos
pocos cabellos muy finos y de color indefinido. Su voz, cuando se decidía a
hablar, era insólitamente pastosa, con un claro acento de Oxford. Le agradaba
sentarse bajo la ventana, de espaldas a ésta y con la cara en sombras. Un
observador.
Jacqueline aún se sentía irritada por la frase de Lyon Bowman. «Buena
chica». Le resonaba en la cabeza una y otra vez. Con esas palabras él le había
recordado que hacía mucho que había dejado de ser una chica, que en realidad
era una mujer a punto de traspasar la edad natural para un alumbramiento fácil.
Le había generado una especie de furiosa hambre de sexo, cuando lo que ella
había pretendido era que él no fuera más que un simple episodio pasajero. La
había juzgado, había juzgado su vida no necesitada de la píldora, la soledad en
que trabajaba. La miraba en el laboratorio como si sólo fuera una cuestión de
tiempo hasta que él decidiera sugerir o esperar…
Ella se incorporó al grupo, tal como se dijo Vincent Hodgkiss, «con pies
de plomo». Maquillaje cuidado. Chaqueta nueva, de ante color chocolate, y
jersey dorado. Por un tiempo, Hodgkiss se había divertido secretamente
observando las fuerzas de atracción y repulsión que actuaban entre Marcus,
Luk y Jacqueline. Si Jacqueline se acercaba a Marcus, éste se replegaba. Si
ella miraba hacia otra parte, él le dirigía sus comentarios como si fuera la
persona obvia para entenderlos. La comodidad de una relación de la infancia
y, más allá de ésta, la incomodidad. Hodgkiss observaba a Luk, quien, a su
vez, observaba a Jacqueline con una mirada posesiva que al mismo tiempo era
desanimada y vulnerable. Le interesaba ver cómo la recién llegada Jacqueline,
ligeramente ruborizada, miraba a Marcus, se encogía levemente de hombros e
iba a sentarse junto a Luk. Con quien hablaba animadamente de su
investigación, del entrenamiento de las babosas y caracoles. Y el danés, Luk,
se animaba, como si se encendieran todas sus luces internas.

Así de simple,
pensó Vincent Hodgkiss. ¿Y por qué? No esperaba conocer la respuesta, y su
pregunta era, en cierto sentido, puramente teórica. «¡Dios mío, qué estúpidos
son los mortales!», le gustaba pensar, poniéndose del lado de los inmortales
observadores sin alma.


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