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La regenta

 Sinopsis del libro 

En La Regenta, una de las cumbres de la Novela realista, Leopoldo Alas alcanzó a cifrar de forma inolvidable uno de los motivos que obsesionaron a la narrativa europea de la segunda mitad del XIX: el retrato de un carácter femenino que se debate entre el deseo y su represión, y que sufre, en este caso, las asechanzas de un galán y de un cura. La peripecia tiene como trasfondo la magistral  La regenta  pdf  y despiadada descripción del entorno de Ana Ozores, esa Vetusta murmuradora y provinciana en la que toda

vanidad e hipocresía tienen su asiento. José Luis Gómez, tras un minucioso análisis de las ediciones aparecidas en vida de Clarín, sigue el texto de la tercera (1901), revisada por el autor y publicada poco antes de su muerte. El prólogo de Sergio Beser sitúa al autor y su Novela en el contexto de la creación europea y española de la época, mientras que la anotación facilita la comprensión de cada uno de los pormenores del rico universo clariniano.

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Ficha técnica del libro

  • Título: La Regenta (ed. Gregorio Torres Nebrera)
    Autores: Leopoldo Alas Clarín
    Serie: I de Penguin Clásicos
    Tamaño: 3.84MB
    Nº de páginas: 457
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Segura, con lo que el drama se hizo inverosímil a todas luces. La decoración de
bosque se había desplomado.[202]
Ya estaban los vetustenses acostumbrados a estos que llamaba Ronzal
anacronismos, y pasaban por todo, en particular las personas decentes de palcos
principales y plateas, que no iban al teatro a ver la función, sino a mirarse y
despellejarse de lejos. En Vetusta las señoras no quieren las butacas, que, en efecto,
no son dignas de señoras, ni butacas siquiera; sólo se degradan tanto las cursis y
alguna dama de aldea en tiempo de feria. Los pollos elegantes tampoco frecuentan la
sala, o patio, como se llama todavía. Se reparten por palcos y plateas donde, apenas
recatados, fuman, ríen, alborotan, interrumpen la representación, por ser todo esto de
muy buen tono y fiel imitación de lo que muchos de ellos han visto en algunos teatros
de Madrid. Las mamas desengañadas dormitan en el fondo de los palcos; las que son
o se tienen por dignas de lucirse, comparten con las jóvenes la seria ocupación de

ostentar sus encantos y sus vestidos oscuros mientras con los ojos y la lengua cortan
los de las demás. En opinión de la dama vetustense, en general, el arte dramático es
un pretexto para pasar tres horas cada dos noches observando los trapos y los
trapicheos de sus vecinas y amigas. No oyen, ni ven ni entienden lo que pasa en el
escenario; únicamente cuando los cómicos hacen mucho ruido, bien con armas de
fuego, o con una de esas anagnórisis en que todos resultan padres e hijos de todos y
enamorados de sus parientes más cercanos, con los consiguientes alaridos, sólo
entonces vuelve la cabeza la buena dama de Vetusta, para ver si ha ocurrido allá
dentro alguna catástrofe de verdad. No es mucho más atento ni impresionable el resto
del público ilustrado de la culta capital. En lo que están casi todos de acuerdo es en

que la zarzuela es superior al verso, y la estadística demuestra que todas las
compañías de verso truenan en Vetusta y se disuelven. Las partes de por medio[203]
suelen quedarse en el pueblo y se les conoce porque les coge el invierno con ropa de
verano, muy ajustada por lo general. Unos se hacen vecinos y se dedican a coristas
endémicos para todas las óperas y zarzuelas que haya que cantar, y otros consiguen
un beneficio en que ellos pasan a primeros papeles y, ayudados por varios jóvenes
aficionados de la población representan alguna obra de empeño, ganan diez o doce
duros y se van a otra provincia a tronar otra vez. Estos artistas de verso también paran
a veces en la cárcel, según el gobierno que rige los destinos de la Nación. Suele tener
la culpa el empresario que no paga y además insulta el hambre de los actores. Al
considerar esta mala suerte de las compañías dramáticas en Vetusta, podría creerse
que el vecindario no amaba la escena, y así es en general: pero no faltan clases
enteras, la de mancebos de tienda, la de los cajistas, por ejemplo, que cultivan en
teatros caseros el difícil arte de Talía, y con grandes resultados según El Lábaro y
otros periódicos locales.
Cuando Ana Ozores se sentó en el palco de Vegallana, en el sitio de preferencia,
que la Marquesa no quería ocupar nunca, en las plateas y principales hubo cuchicheos
y movimiento. La fama de hermosa que gozaba y el verla en el teatro de tarde en
tarde, explicaba, en parte, la curiosidad general. Pero además hacía algunas semanas
que se hablaba mucho de la Regenta, se comentaba su cambio de confesor, que por

cierto coincidía con el afán del señor Quintanar, de llevar a su mujer a todas partes.
Se discutía si el Magistral haría de su partido a la de Ozores, si llegaría a dominar a
don Víctor por medio de su esposa, como había hecho en casa de Carraspique.
Algunos más audaces, más maliciosos, y que se creían más enterados, decían al oído
de sus íntimos que no faltaba quien procurase contrarrestar la influencia del Provisor.
Visitación y Paco Vegallana, que eran los que podían hablar con fundamento,
guardaban prudente reserva; era Obdulia quien se daba aires de saber muchas cosas
que no había.
—¡La Regenta, bah! La Regenta será como todas… Las demás somos tan buenas
como ella… pero su temperamento frío, su poco trato, su orgullo de mujer intachable,
le hacen ser menos expansiva y por eso nadie se atreve a murmurar… Pero tan buena
como ella son muchas…

Las reticencias de la Fandiño eran todavía recibidas con desconfianza, en casi
todas partes. Pero con motivo de condenar su mala lengua, corría de boca en boca el
asunto de sus murmuraciones vagas y cobardes. Obdulia meditaba poco lo que decía,
hablaba siempre aturdida, por máquina, pensando en otra cosa; iba sacándole filo a la
calumnia sin sospecharlo.  La regenta epub Además el mayor crimen que podía haber en la Regenta, y
no creía ella que a tanto llegase, era seguir la corriente. En Madrid y en el extranjero,
esto es el pan nuestro de cada día; pero en Vetusta fingen que se escandalizan de
ciertas libertades de la moda, las mismas que se las toman de tapadillo, entre sustos y
miedos, sin gracia, del modo cursi como aquí se hace todo. ¡Pero qué se puede


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