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La única mujer

 Sinopsis

Viena, 1933. Para Hedy Kiesler, joven actriz judía, su belleza ha sido salvación y tormento: la resguardó de los nazis mas la condujo a un opresivo matrimonio con el traficante de armas de Hitler y Mussolini. Subestimada por todos a su alrededor, escuchó los planes secretos del Tercer Reich cuando acompañaba a su esposo a fiestas y cenas de negocios.
Dividida entre el glamur y la culpa por ser una privilegiada, decide escapar cara Hollywood, con un nuevo nombre: Hedy Lamarr. Pronto se transformó en un icono del cine estadounidense. Nadie en torno a su nueva vida sospechaba que tenía información reservado sobre los nazis ni que misma guardaba un secreto todavía mayor: que era una científica capaz de desarrollar la tecnología precisa para terminar pronto con la guerra. Siempre y cuando la escuchasen.
Una embriagadora novela basada en la historia real de una mujer excepcional, estrella de cine y también inventora, que revolucionó la comunicación moderna hace más de medio siglo, sentando las bases para el wi-fi y el Bluetooth.

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Fritz observó las primeras escenas con placer, e inclusive codeó al general italiano que tenía a la
derecha cuando la película descubrió que el personaje que era mi esposo sufría impotencia. El
pánico no comenzó a atenazarme hasta el momento en que me vi montando a caballo. Sabía qué escenas proseguían y
ansié salir corriendo del salón. Sin embargo, entendía que debía continuar a la vera de Fritz y
resistir.
Conforme avanzaba la película, los dedos de mi esposo se clavaban en mi brazo. Sus uñas me
habían sacado sangre, mas no me atrevía a moverme o bien a quitarlo. El salón quedó hundido en un
embarazoso silencio, y percibía la incomodidad de los convidados. En el instante en que
alguien dejó escapar un suspiro involuntario a lo largo de la escena del clímax, Fritz no soportó
más. —Apágala —gritó al proyeccionista.
Fritz se puso de pie. Sin mirarme, se distanció de mí y dejó en el salón a los italianos. Se puso
al lado de sus asistentes y les ordenó:
—Compren todas y cada una de las copias de esta película a cualquier directivo, estudio y dueño de cine en
el planeta. No me importa lo que cueste. Y quémenlas. —Salió enfurecido de la habitación.
Pasé la noche en candela aguardando la furia de Fritz. Supuse que me tomaría con violencia, como
aquella noche en el hotel Excelsior. O bien que me chillaría, e inclusive me golpearía, si bien su enfado
jamás había llegado a ese punto. Me preparé para todas y cada una esas posibilidades. Imaginar sus castigos
me ocasionaba más dolor que el que sentí al tener que proseguirse en mi papel de anfitriona, con las
mejillas encendidas y sonrojadas, y acompañar a los funcionarios del gobierno italiano y los
asociados de negocios de Fritz a la puerta cuando salió enfurecido y se encerró en su
habitación. Sabía que los hombres me imaginaban tan desnuda como había aparecido en la
película.
Fritz todavía no emitía su sentencia cuando amaneció y un pálido rayo de luz gris entró en mi
habitación al día después. Empezaba a concienciarme para enfrentar la jornada con entereza
cuando la puerta se

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