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Las batallas silenciadas

Genero: Ciencias

 Sinopsis

Verdún, 1916. Cuando revienta la Gran Guerra, Irene Curie toma una decisión: la de estar lo más cerca posible del frente. Convencida de que va a ayudar a salvar muchas vidas, va a gastar hasta su último aliento en instruir radiología a los cirujanos en los centros de salud de campaña a través de aparatos portátiles concebidos por ella y su madre, Marie Curie.

Su estancia en el centro de salud de Barleduc se transformará en una lucha para ganarse el respeto de los curtidos militares y de sus compañeras… hasta el momento en que revienta la tormenta. Cuando los alemanes bombardean Verdun, empieza una carrera contrarreloj para arrancar de la muerte la mayor cantidad de vidas posible. Junto con una enfermera, Berthe, y una voluntaria, Shirley, se encarará al averno que supuso la batalla más cruenta y larga de la guerra. Y no solo lucharán por su supervivencia. El cielo y la tierra arden… y están en el medio de la batalla.

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Con una prosa vibrante y enérgica, llena aparte de sensibilidad y femineidad, Nieves Muñoz nos cuenta la batalla de Verdún como jamás ya antes la habíamos visto; ante nuestros ojos aparecen las vidas de todos los que participaron, de una manera o bien otra: desde las trincheras, en los pueblos, en el aire, en los centros de salud de campaña… Porque como en toda guerra, hubo campeones y vencidos, mas todos tuvieron ánima, y en esta su primera novela Nieves Muñoz nos abre la suya y la de sus personajes para darnos un bien eterno: la esperanza.

Ficha técnica

  • Título: Las batallas silenciadas
    Autores: Nieves Muñoz
    Tamaño: 1.85MB
    Nº de páginas: 653
    Idioma: Español

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Irène apreciaba de qué manera el filo del cuchillo se deslizaba de un lado a otro de su
garganta y apenas tomaba un sorbo de aire para no fatigar. Ni siquiera
sabía lo que le decía al soldado. Su psique y su cuerpo estaban
desconectados. Los brazos enormes de Argoud rodeaban su pecho y lo
apretaban tanto que a cada paso le crujía una costilla. Su mano sucia le
sostuvo la barbilla a fin de que dejara de charlar y aspiró involuntariamente un fragancia
mezclado de barro y sangre, de putrefacción y desechos. Tuvo ganas de vocear,
de patear a aquel hombre y de zambullirse en agua helada para quitarse de
encima esa pátina que la ahogaba. Sentía de qué manera su piel se iba cubriendo del
sudor de Argoud, de su aliento, del tacto áspero de su cuerpo, que la

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aprisionaba.
* * *
El crujido de una rama del jardín bajo sus pies alteró a Berthe. Habían
descuidado la edificación Exelmans, donde se hallaba el pabellón número
9, por la puerta lateral. Entre ese edificio y el central, el viejo cuartel
de infantería donde se hallaban las dependencias oficiales y las
habitaciones de los sanitarios, se abría una pequeña explanada con ciertos
parterres de flores, ahora desnudos. Al fondo, y rodeando el cuartel por la
parte posterior, un bosquecillo de abedules flacos se extendía hasta el
edificio que cerraba el complejo hospitalario, la edificación Jeand, y moría al
llegar a los hangares donde descansaban las ambulancias. Los leños plateados
parecían apreciar ocultarse de sus primos, los robles centenarios que
guardaban la entrada primordial.
Berthe maldijo la noche sin luna, la floresta por la que silbaba el viento y
al pequeño con el arma que la acompañaba. No sabía cuántos años tenía, mas no
más que su hermano cuando tuvo el accidente. Sus manos tremían y, con
ellas, todo el fusil se balanceaba arriesgadamente. Pero sobre todo maldijo su
propia negligencia. Con el corazón en la garganta, Berthe había dado cuenta a
sus superiores de lo sucedido, un enfermo había desaparecido así como una de
las voluntarias, y de lo que sospechaba: llevaba un cuchillo con él. Había
omitido que la chica era la señorita Curie pues, si bien para los

responsables del centro de salud hubiese gran diferencia, para ella no. Sin
embargo, ahora vacilaba de su resolución al ver el nerviosismo de ese soldado.
Quizá si hubiese revelado la identidad de la persona que estaba en riesgo el
dispositivo de busca habría sido mayor.
De pronto, cerca de la floresta, oyó un murmullo y creyó ver 2 sombras
que se movían con lentitud cara la espesura. Señaló la zona a su compañero y
adelantó las palmas de las manos en actitud conciliadora mientras que se aproximaba
levantando la voz.
–¿Soldado Argoud? Soy Berthe Hinault, enfermera del centro de salud de Barleduc.
¿Me recuerda?

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