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Legado en los huesos

 Sinopsis del libro 

«Amaia dio un paso adelante para poder ver el cuadro. Jasón Medina aparecía sentado en el váter con la cabeza echada cara atrás. Un corte obscuro  y profundo atravesaba su cuello. La sangre había empapado la pechera de la   camisa como un babero colorado que hubiese resbalado entre sus piernas, tiñendo todo a su paso. El cuerpo todavía manaba calor, y el fragancia de la muerte reciente viciaba el aire.»

Un año tras solucionar los crímenes que aterraron al pueblo de Elizondo, la inspectora Amaia Salazar asiste encinta al juicio contra Jasón Medina, el padrastro de Johana Márquez, acusado de violar, cercenar y matar a la joven imitando el modus operandi del basajaun.

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Pero, tras el suicidio del acusado, el juicio debe anularse y Amaia es reclamada por la policía pues se ha hallado  una nota que contiene un breve y también inquietante mensaje: «Tarttalo». Esa sola palabra va a destapar una trama terrorífica tras la busca de la verdad.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Legado en los huesos
  • Genero: Aventura
  • Serie: II de Trilogía del Baztán
    Tamaño: 1.76MB
    Nº de páginas: 689
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive

  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Eran las 8 cuando aparcó frente al portal del subinspector Etxaide. Hizo
una llamada perdida y aguardó, mientras que observaba lo animada que estaba la
calle a aquella hora en comparación con Elizondo, donde a las 8 solo se
veían ciertos atrasados que retornaban a casa.

Echaba de menos estar en Pamplona. Las luces, la gente, su casa en el
casco viejo, mas James parecía encantado en Baztán y más desde que
habían decidido quedarse con Juanitaenea. Sabía que adoraba Elizondo y
aquella casa, mas no estaba completamente segura de que pese a que cada vez
se sentía más a gusto allá, pudiera jamás sentir la libertad que le daba vivir
en Pamplona. Se preguntó si se habría precipitado al admitir adquirir la
casa.
En cuanto vio salir a Jonan del portal, se deslizó al asiento del
acompañante. Tenía mucho en que meditar y a Jonan le agradaba conducir. Él
echó su grueso plumífero a los asientos traseros y encendió el motor.
—¿A Aínsa, entonces?

—Sí, mas ya antes vamos a parar en la estación de servicio que hay al salir de
Pamplona. Hemos quedado allá con el juez Markina, que insistió en
acompañarnos para asegurar que se observan los procedimientos.
Jonan no afirmó nada, mas a Amaia no le pasó desapercibido el ademán de
extrañeza que procuró disimular con su frecuente corrección. Permaneció
silencioso hasta el momento en que llegaron a la estación de servicio, aparcó y bajaron al ver las
luces que les informaban desde otro turismo.
Markina salió y paseó hacia ellos; vestido con vaqueros y un grueso
jersey azul, apenas aparentaba treinta años. Amaia apreció de qué manera Jonan
observaba su reacción.

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—Buenas noches, inspectora Salazar —dijo el juez, tendiéndole la
mano. Ella se la estrechó, ofreciéndole tan solo la punta de sus dedos
ateridos y eludiendo mirarle a la cara.
—Señoría, este es mi asistente, el subinspector Etxaide.
El juez le saludó de igual forma.
—Podemos ir en mi turismo, si desean.
Amaia vio de qué manera Jonan miraba apreciativamente el BMW del juez,
mientras negaba con la cabeza.

—Siempre voy en mi turismo, es por si acaso hay un aviso —explicó—. No
puedo exponerme a depender de que alguien me lleve.
—Lo entiendo —dijo el juez—, mas si el subinspector lleva su
coche puede acompañarme en el mío.
Amaia miró a Jonan y nuevamente a Markina, desconcertada.
—Es que… El subinspector y tenemos trabajo pendiente y
aprovecharemos a lo largo del viaje para ir solucionándolo. Ya sabe.
El juez la miró a los ojos y supo que sabía que engañaba.

—Querría que en camino a Aínsa me pusiese al día de de qué manera va la
investigación. Si como cree los resultados son positivos, se abrirá
oficialmente este caso y debo estar al corriente de los pormenores.
Amaia asintió, bajando la mirada.
—Está bien —claudicó, molesta—. Jonan, te proseguiremos.
Subió al turismo del juez y se sintió incómoda mientras que aguardaba a que
él se abrochara el cinturón. Estar en aquel espacio tan reducido con él la
violentaba de una forma que rayaba en lo absurdo. Disimuló su desconcierto
revisando los mensajes de su móvil,

incluso releyó alguno, resuelta a
mostrarse indiferente a su proximidad, al modo en que sus manos rodeaban el
volante, al ademán suave con el que cambiaba las marchas o bien a las miradas
cortas y también intensas que le dedicaba, tal y como si fuera la primera vez que la veía,
mientras golpeaba rítmicamente el volante con el índice, al son de la
música.

Disfrutaba del viaje, se apreciaba en el modo perfecto en que apoyaba la
espalda y en la leve y incesante sonrisa que se dibujaba en su semblante.
Condujo en silencio a lo largo de una hora. Al principio, se había sentido de
aliviada al no tener que charlar, mas el silencio prolongado entre ellos
establecía un nivel de amedrentad que la atemorizaba.


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