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Leonardo y Miguel Ángel

Genero: Memorias

 Sinopsis

Leonardo y Miguel Ángel es la excepcional historia de una olvidada rivalidad.
Florencia, año 1501. Miguel Ángel Buonarroti es casi un ignoto cuando retorna a su urbe natal y logra el encargo de tallar, desde un irregular bloque de mármol,

la que se transformará en la estatua más conocida de todos y cada uno de los tiempos: el David. Pero pasan las semanas, y, bloqueado por la magnitud del trabajo, rendido frente a la gigantesca piedra, Miguel Ángel se desespera… hasta el momento en que el mármol empieza a hablarle. Entonces da comienzo un febril trabajo de cincelaje, siempre y en todo momento bajo la espada de Damocles de la inminente data límite de entrega.
Mientras tanto, la vida de Leonardo Da Vinci se desmorona: pierde el ansiado encargo de cincelar el David; semeja no poder terminar ningún proyecto; vive ofuscado con sus errados intentos por volar; está a puntito de fallecer en combate, sus diseños mecánicos fallan clamorosamente y se halla encantado por una

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mujer que ha conocido en el mercado, la esposa de un comerciante, cuyo retrato admite pintar por encargo del marido. Su nombre es Lisa, y se transformará en su musa.
Leonardo desdeña la juventud y la carencia de sofisticación de Miguel Ángel. Y Miguel Ángel odia y adora al tiempo la genialidad de Leonardo.

Stephanie Storey nos traslada de forma magistral al comienzo del siglo XVI, en concreto a Florencia, la urbe que va a ser el centro mundial de las artes en esos años, y logra entrar con una sensibilidad excepcional en las psiques y las ánimas de los 2 grandes maestros del Renacimiento.

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¿Hay alguien ahí? —susurró; su corazón atronaba.
Siempre había temido que los espíritus le torturasen por atreverse a
profanar a los fallecidos. Quizá sus brazos mórbidos por fin fuesen a apresarle
para arrastrarle al averno.
Algo crujió en la obscuridad.
Miguel Ángel lanzó la candela cara el estruendos. La candela impactó contra la
pared, cayó al suelo frío y húmedo y se apagó. Las sombras se volvieron todavía
más compactas.
Corrió cara la puerta.
—¿Vas a algún lugar? —preguntó una voz.

Miguel Ángel miró a su alrededor buscando una silueta. No vio a absolutamente nadie.
—¿Qué deseas?
Una enclenque carcajada brotó, bailarina, de la penumbra. El espíritu se
burlaba de él. Un pie salió de entre las sombras. El miembro no parecía
etéreo, sino más bien corporal. Al pie le prosiguió una mano. Un anillo enjoyado que
representaba un pájaro relució a la luz de las antorchas.
Incluso en el sutil brillo Miguel Ángel pudo ver que el hombre
había avejentado bastante en el último año. Tenía el pelo más blanco, la cara y
las manos más arrugadas y la piel en torno a la quijada más fláccida.
—No me puedo pensar que la guerra no haya acabado contigo —dijo
Miguel Ángel.
—Lamento desilusionarte. —Leonardo se aproximó al cadáver y echó un
vistazo al pecho abierto.

Miguel Ángel cubrió el cuerpo con una sábana. Leonardo no podía
sencillamente entrar ahí y beneficiarse de sus investigaciones.
—¿De qué forma has entrado acá?
—Solía diseccionar entre estos muros antes que , o bien el padre
Bichiellini, pudieseis coger un pedazo de clarión. Sé de qué forma entrar y de qué forma salir.
Leonardo cogió el cincel de Miguel Ángel y examinó la punta.
—Sal de acá. —Miguel Ángel le quitó el cincel de forma brusca.
—A lo largo de estos un par de años me has enseñado algo, Buonarroti. Me ha
impresionado tu emergencia por crear. No piensas. Creas y creas y creas.
Siempre creí que saber era suficiente, mas no lo es. El hierro se oxida si no
lo empleas, el agua pierde su pureza cuando se queda atascada y la inacción
mina el vigor de la psique. —La mirada de Leonardo recorrió cada extremo
del cuerpo de Miguel Ángel, desde la cabeza hasta los pies. Se tomó su tiempo
—. Quítate ese harapo de la cara.

—No. —Miguel Ángel comenzó a meter las herramientas en su morral de
cuero.—
¿Qué es lo que ocultas?
Miguel Ángel se retiró de un tirón el pedazo de lona de la cara. De repente
el tufo se transformó en un torrente que medró tal y como si pretendiese ahogarle.
Se llevó de manera rápida la mano a la cara para cubrirse la nariz y la boca.
—Después de la guerra encuentro que esta sosiega versión de la muerte
resulta aun agradable —dijo Leonardo al paso que usaba la mano
para aproximar más aire a sus fosas nasales—. ¡Ah! El dulce fragancia de la ciencia…
Miguel Ángel cogió sus herramientas y fue cara la puerta.
—He visto tu escultura —dijo Leonardo con voz queda.
Miguel Ángel se detuvo.
—¿Que has hecho qué?

—La he estudiado. La he palpado. —Dijo las 2 últimas palabras como
si le hubiese puesto las manos encima a la mujer de otro hombre.
—¿Qué le has hecho a David? —Miguel Ángel sacó el martillo del
morral y se volvió para enfrentarse a Leonardo.
—¿David? —dijo. Su voz adoptó un tono jubiloso—. David aún no es
una escultura, chico. David es un pedazo de piedra que espera transformarse en
escultura. No. He visto tu Pietà.

La mirada que le dedicó el viejo solo podía considerarse retadora.
Miguel Ángel dejó que el martillo reposara en su hombro.
Leonardo avanzó hasta el lado opuesto de la mesa haciendo que se
interpusiese el cadáver como frontera.
—Siempre he sido fuerte y veloz, mas batallar por la vida en el campo de
batalla ha hecho que lo sea un tanto más.
Miguel Ángel le prosiguió de forma lenta alrededor del cuerpo.
—Me sorprende que vengas al depósito solo —dijo Leonardo mientras que
paseaba cara el otro lado de la mesa—. Solo con los cuerpos. Si no tienes
cuidado podrías despertar a los espíritus.

Con un veloz movimiento, Leonardo abandonó la estancia, tiró de la
puerta de madera y la cerró a su espalda.
Miguel Ángel se abalanzó tras él, mas el cerrojo hizo un sonido metálico.
Miguel Ángel chilló y tiró de la manilla de la puerta, mas no sirvió de nada.
—¡Bastardo!
Leonardo le había encerrado en el depósito. Golpeó la puerta, mas no
tardó en renunciar. No deseaba despertar a los sacerdotes.
Se volvió para enfrentarse a los cadáveres. La estancia estaba en silencio
salvo por una sola gota de agua que caía rítmicamente sobre un charco
escondo. Una de las antorchas ya se había extinguido, y las otras no tardarían en
hacerlo. De pronto el tufo desbordó sus sentidos y comenzó a tener arcadas.
Sintió que las paredes se le venían encima. Oía a los espíritus agitándose ahí
dentro.

Buscó una salida opción alternativa por la habitación, si bien sabía que solo
había una puerta. La busca fue en balde. Estaba colérico. Lo más probable
era que Leonardo estuviese del otro lado de la puerta, riendo.
Miguel Ángel centro la atención en la única ventana de la habitación, una
pequeña apertura en lo alto de la pared. Alargó las manos, mas estaba
demasiado arriba. Saltó, mas sus dedos no llegaron ni a tocar la repisa. Miró
alrededor buscando algo a lo que encaramarse. Los cuerpos yacían en bloques
de piedra sujetos al suelo a través de gruesos anclajes y no había moblaje. La
ventana no era una alternativa.

Intentó no meditar en el cuerpo mutilado que yacía encima de la mesa, ni en el
espíritu del hombre volando por la estancia, ni qué pasaría si un sacerdote
que no fuese el padre Bichiellini se despertase y le encontrase en el depósito
con el cadáver diseccionado. Un hombre intolerante podría llamar a las
autoridades a fin de que le arrestaran. Y podía ser que el padre Bichiellini
asimismo fuera detenido.
Si llegaba a salir del depósito sin ser descubierto, Miguel Ángel juró que
nunca volvería a dejar que Leonardo volviese a adelantársele. Deseó que la
guerra hubiese matado al viejo. En cuanto tal pensamiento le invadió la psique,
el frío se apoderó de su pecho y le recorrió el cuello. Desear la muerte de
alguien, según parece, encolerizaba a los espectros.

Recogió sus herramientas y cayó de rodillas al lado de la pared. Palpó los
bordes hasta el momento en que halló una piedra suelta que, seguramente, no formase
una parte de una viga de carga. Era grande. Si lograba retirarla, su cuerpo
cabría por la apertura. Sacó el martillo y también, imaginando el semblante de Leonardo,
comenzó a picar con furia.

Después de varios golpes acertados, la roca se desprendió. Miguel
Ángel sacó la piedra, y comenzó a entrar barro en el depósito. El orificio estaba
a ras de suelo, mas había llovido mucho en las últimas semanas, con lo que la
tierra estaba blanda. Sacó el brazo por el hueco hasta el momento en que su mano sintió el
aire limpio al otro lado. No estaba lejos. El barro estaba frío y viscoso, y
apestaba a podredumbre, mas si soportaba la respiración y reptaba cara fuera, a
menos de un brazo de distancia hallaría la libertad.

Miguel Ángel cerró los ojos y metió la cabeza por el orificio. El lodo
espeso le anegó las fosas nasales y las orejas, y se le metió por el cuello.
Tosió y sacó la cabeza de manera brusca. Jadeante, se quitó el barro de la cara y
escupió el que le había entrado en la boca.
Una luz grisácea comenzaba a filtrarse por medio de la ventana. No tardaría
en amanecer, y los sacerdotes despertarían. Con barro o bien sin barro, era el
instante de salir de allá.

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