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Amor – Isabel Allende

Sinopsis del libro 

«Mi vida sexual comenzó temprano, más o menos a los cinco años, en el kindergarten de las monjas ursulinas, en Santiago de Chile.» Con estas palabras, Isabel Allende pdf  inicia este compendio sobre amor pdf y eros compuesto por fragmentos escogidos de sus obras, que esbozan a través de sus personajes la propia trayectoria vital de la autora: «Atrévete a amar». Si hay alguien capaz de describir con maestría,

personalidad y humor la naturaleza caprichosa del amor, esa es Isabel Allende. Esta recopilación de escenas de amor, seleccionadas de entre sus libros, son una invitación a sumergirse en la lectura, soñar y sonreír. La gran narradora chilena escribe abiertamente, haciendo un guiño a sus lectores, sobre sus experiencias en el sexo y el amor.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: Amor
    Autores: Isabel Allende
    Tamaño: 1.47MB
    Nº de páginas: 437
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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La casa de los Sommers, suspendida en el aire como una araña a merced del
viento, era imposible de mantener abrigada, a pesar de los braseros a carbón que
las criadas encendían durante siete meses del año. Las sábanas estaban siempre
húmedas por el aliento perseverante del mar y se dormía con botellas de agua
caliente a los pies. El único lugar siempre tibio era la cocina, donde el fogón a
leña, un artefacto enorme de múltiples usos, nunca se apagaba. Durante el
invierno crujían las maderas, se desprendían tablas y el esqueleto de la casa
parecía a punto de echarse a navegar, como una antigua fragata. Miss Rose
nunca se acostumbró a las tormentas del Pacífico, igual como no pudo habituarse
a los temblores. Los verdaderos terremotos, esos que ponían el mundo patas
arriba, ocurrían más o menos cada seis años y en cada oportunidad ella demostró
sorprendente sangre fría, pero el trepidar diario que sacudía la vida la ponía de
pésimo humor. Nunca quiso colocar la porcelana y los vasos en repisas a ras de
suelo, como hacían los chilenos, y cuando el mueble del comedor tambaleaba y
sus platos caían en pedazos, maldecía al país a voz en cuello. En la planta baja se
encontraba el cuarto de guardar donde Eliza y Joaquín se amaban sobre el gran
paquete de cortinas de cretona floreada, que reemplazaban en verano los pesados
cortinajes de terciopelo verde del salón. Hacían el amor rodeados de armarios
solemnes, cajas de sombreros y bultos con los vestidos primaverales de Miss
Rose. Ni el frío ni el olor a naftalina los mortificaba porque estaban más allá de
los inconvenientes prácticos, más allá del miedo a las consecuencias y más allá
de su propia torpeza de cachorros.

No sabían cómo hacer, pero fueron inventando por el camino, atolondrados y
confundidos, en completo silencio, guiándose mutuamente sin mucha destreza. A
los veintiún años él era tan virgen como ella. Había optado a los catorce por
convertirse en sacerdote para complacer a su madre, pero a los dieciséis se inició
en las lecturas liberales, se declaró enemigo de los curas, aunque no de la
religión, y decidió permanecer casto hasta cumplir el propósito de sacar a su
madre del conventillo. Le parecía una retribución mínima por los innumerables
sacrificios de ella. A pesar de la virginidad y del susto tremendo de ser
sorprendidos, los jóvenes fueron capaces de encontrar en la oscuridad lo que
buscaban. Soltaron botones, desataron lazos, se despojaron de pudores y se
descubrieron desnudos bebiendo el aire y la saliva del otro. Aspiraron fragancias
desaforadas, pusieron febrilmente esto aquí y aquello allá en un afán honesto de
descifrar los enigmas, alcanzar el fondo del otro y perderse los dos en el mismo
abismo. Las cortinas de verano quedaron manchadas de sudor caliente, sangre
virginal y semen, pero ninguno de los dos se percató de esas señales del amor.

En
la oscuridad apenas podían percibir el contorno del otro y medir el espacio
disponible para no derrumbar las pilas de cajas y las perchas de los vestidos en el
estrépito de sus abrazos. Bendecían al viento y a la lluvia sobre los tejados,
porque disimulaban los crujidos del piso, pero era tan atronador el galope de sus
propios corazones y el arrebato de sus jadeos y suspiros de amor epub , que no
entendían cómo no despertaba la casa entera.
En la madrugada Joaquín Andieta salió por la misma ventana de la biblioteca
y Eliza regresó exangüe a su cama. Mientras ella dormía arropada con varias
mantas, él echó dos horas Isabel Allende epub  caminando cerro abajo en la tormenta. Atravesó
sigiloso la ciudad sin llamar la atención de la guardia, para llegar a su casa justo
cuando echaban a volar las campanas de la iglesia llamando a la primera misa.
Planeaba entrar discretamente, lavarse un poco, cambiar el cuello de la camisa
y partir al trabajo con  el traje mojado, puesto que no tenía otro, pero su madre lo
aguardaba despierta con agua caliente para el mate y pan añejo tostado, como
todas las mañanas.

—¿Dónde has estado, hijo? —le preguntó con tanta tristeza, que él no pudo
engañarla.
—Descubriendo el amor, mamá —replicó, abrazándola radiante.


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