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La Lección de August

Genero: Terror

 Sinopsis del libro 

Su cara lo hace diferente y solo desea ser uno más. Pasea siempre y en todo momento mirando al suelo, la La Lección de August pdf cabeza gacha y el equillo tratando en balde de ocultar su semblante, mas, incluso de esta forma, es objeto de miradas furtivas,

susurros ahogados y codazos de sorprendo. August sale poco, su vida transcurre entre las agradables paredes de su casa, entre la compañía de su familia, su perra Daisy y las increíbles historias de La guerra de las Galaxias.

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Este año todo va a mudar, por el hecho de que este año irá, por vez primera, a la escuela. Allá va a aprender la lección más esencial de su vida, la que no se enseña en las salas ni en los libros de texto: medrar en la contrariedad, admitirse tal como es, sonreír a los días grises y saber que, al final, siempre y en todo momento hallará una mano amiga.


Ficha técnica del  libro

  • Título: La Lección de August
    Autores: R. J. Palacio
    Tamaño: 1.10MB
    Nº de páginas: 567
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Vale, reconozco que el primero de los días de clase estaba tan inquieto que las mariposas
en el estómago se parecían más a unas palomas revoloteando por mis tripas.
Seguramente mamá y papá asimismo estaban algo inquietos, mas se mostraron
encantados y nos hicieron fotografías a Vía y a mí ya antes de salir de casa, porque
también era el primero de los días de instituto para mi hermana.
Hasta unos días ya antes todavía no estábamos seguros de si iría al instituto. Después
de la visita, mamá y papá se habían alterado los papeles. Ahora mamá era la

que afirmaba que no debía ir, y papá afirmaba que sí. Papá me había dicho que estaba
muy orgulloso de de qué forma me había comportado con Julian y que me estaba
convirtiendo en un tío duro. Oí de qué forma le afirmaba a mamá que ahora pensaba que
ella había tenido razón desde el comienzo. Mas mamá ya no estaba tan segura.
Cuando papá le afirmó que Vía y deseaban acompañarme andando hasta el
colegio, en tanto que les cogía en camino a la parada de metro, a mamá pareció
aliviarle saber que iríamos todos juntos. Creo que a mí asimismo.
Aunque el instituto Beecher está solo a unas manzanas de casa, solo
había estado en esa manzana dos veces. Por lo general, intento eludir los
lugares donde existen muchos pequeños. En nuestra manzana me conoce todo el mundo
y conozco al mundo entero. Me conozco todos y cada uno de los ladrillos, todos y cada uno de los leños de
los árboles y todas y cada una de las fisuras de la acera. Conozco a la señora Grimaldi, la que
siempre está sentada al lado de su ventana, y al señor mayor que se pasea por la
calle silbando como un pájaro. Conozco la tienda de el rincón donde mamá
compra los bollos y a las camareras de la cafetería, que me llaman « cielo» y
me dan Chupa-Chups en el momento en que me ven. Me chifla mi distrito de North River
Heights, de ahí que se me hizo extraño recorrer estas manzanas con la sensación de que
todo me resultaba nuevo de súbito. La avenida Amesfort, una calle por la que

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he pasado miles y miles de veces, me parecía absolutamente diferente. Estaba llena de
gente que no había visto jamás aguardando el autobús o bien empujando carros de
bebé.
Cruzamos Amesfort y viramos por Heights Place. Vía andaba junto a mí,
igual que hace siempre y en todo momento, y mamá y papá iban por detrás. Cuando doblamos la
esquina, vimos a todos y cada uno de los chicos delante del colegio: había cientos y cientos de chicos
hablando entre sí en grupitos, riéndose, o bien allá plantados mientras que sus progenitores
hablaban con otros padres. Yo llevaba todo el rato la cabeza gacha.
—Todos están igualmente inquietos que —me afirmó Vía al oído—. Recuerda
que el día de hoy es el primero de los días de clase para todo el planeta. ¿Vale?
El señor Traseronian daba la bienvenida a pupilos y progenitores ante la
puerta de entrada al instituto.
He de reconocerlo: hasta el instante no había pasado nada malo. No había
pillado a absolutamente nadie mirándome, ni tan siquiera me habían visto. Solo una vez levanté la
vista y descubrí a unas chicas mirándome y susurrando algo tapándose la boca
con la mano, mas miraron cara otro lado cuando vieron que me había dado
cuenta.
Llegamos a la puerta de entrada.
—Bueno, ha llegado el enorme instante, grande —dijo papá, apoyándome
las manos en los hombros.
—Que lo pases bien en tu primer día. Te quiero —dijo Vía, y me dio un
besazo y un abrazo.
—Tú asimismo —contesté.
—Te deseo, Auggie —dijo papá, dándome un abrazo.
—Adiós.
Luego me abrazó mamá, mas se apreciaba que estaba a puntito de plañir, y eso
me habría dado mucha vergüenza, de esta forma La Lección de August epub que le di velozmente un fuerte
abrazo, me di media vuelta y desaparecí por la puerta del instituto.


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