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Valeria en el espejo

 Sinopsis del libro 

Valeria está inmersa en una vorágine emocional. Valeria acaba de publicar su novela y tiene miedo a las críticas. Valeria se está divorciando de Adrián y no es fácil. Valeria no sabe si quiere Valeria en el espejo pdf tener una relación con Víctor. Y mientras Valeria teme, llora, disfruta, sueña… … Lola no sabe qué hacer con Sergio. Se siente sola. … Carmen se ha despedido y lucha por comprender a Borja, su novio y antiguo compañero de trabajo. … y Nerea se levanta cada mañana con náuseas. La publicación en Internet de En los zapatos de Valeria despertó la curiosidad de centenares de lectores, que se entregaron a la lectura    de las peripecias de Valeria y sus amigas. Adictiva, desternillante, sugerente y sensual, Valeria regresa para adueñarse de tu cabeza, para que rías, llores, te desesperes… y para que, tal vez, vuelvas a creer en el amor.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Valeria en el espejo
    Autores: Elísabet Benavent
    Serie: II de Valeria
    Tamaño: 1.09MB
    Nº de páginas: 476
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Y y a estaba allí de nuevo esa sexualidad que lo inundaba todo. Resoplé. Sería
poco comunicativo con ciertos sentimientos pero, oy e, qué bien expresaba sus
apetencias…
—La noche es muy larga —le dije.
—Mejor. Tengo pensadas algunas cosas que van a implicar… tiempo.
Se inclinó hacia mí y y o le recibí con los labios entreabiertos. Nos besamos
con pasión y empezamos a apretarnos, buscando el tacto del otro. Su lengua me
recorrió toda la boca salvajemente y las dos manos se metieron debajo del
vestido.
—Para, para… —le pedí.
—¿Por qué?
Lo primero, porque no me apetecía que alguien de su familia nos pillara en el
ajo, la verdad. Además…
—Si no aminoramos la marcha… —susurré.
—¿Qué? —dijo sin terminar de soltarme el bajo del vestido, que no estaba a
la altura correspondiente.
—Esta semana vamos a uno o dos diarios —reflexioné sorprendida.
—¿Y qué?
—Esto no es para siempre, lo sabes, ¿verdad?
Me miró frunciendo el ceño.
—No te entiendo.
—Quiero decir que el sexo un día deja de importar…, al menos de importar
tanto. No quiero que nos demos un… atracón.
Me ruboricé por completo porque no estaba segura de si él estaría de acuerdo
en querer alargar aquello lo máximo posible y cuidarlo esperando que algún día
fuera algo de verdad. No es que en ese momento no fuera real, es que siempre
tenía que hablar de ello con la boquita pequeña, por si acaso. Lancé una miradita
hacia Víctor y me sorprendió ver que sonreía tímidamente, dibujando una leve
curva ascendente en la comisura de los labios. Entonces se encogió de hombros
y, para mi tranquilidad, repuso:
—Si esto se apaga quedará el resto.
—¿Y qué es el resto?
Se rio. Los ojillos se le arrugaron…
—¿De verdad quieres que me declare aquí y ahora?
Chasqueé la lengua y me lo tomé como una broma. ¿Qué otra cosa podía
pensar? Víctor daba vueltas constantemente a mi alrededor, pero no siempre lo
hacía en la misma dirección. Es posible que por aquellas fechas él también
estuviera luchando contra la necesidad de vernos y de estar cada día un par de
horas más juntos. Era extraño; apenas nos conocíamos. Además, no creo que
Víctor tuviera la misma inclinación que y o hacia las relaciones estables. Bueno,
no lo creía, lo sabía. ¿Tendría razón su madre en que ese tipo de personas, llegado
el momento, se comprometía?
Cuando me quise dar cuenta llevaba un par de segundos de más en silencio y
él me miraba de manera interrogante. En el fondo no podía evitar tener pánico
de que él se asustase, se agobiase y desapareciese sin dar más que un par de
vagas excusas, del tipo: « Ya te llamaré» . Así que fingí una sonrisa confiada y
dije:—
Venga, vamos. Buscamos una buena excusa y nos marchamos en un ratito.
—No. —Negó con la cabeza con una expresión que encendió mi interruptor.
Mi vientre vibró. Oh, Dios.
—Aquí no —pedí.
Me cogió los muslos y me subió a pulso, como si no le costase esfuerzo. Metió
la mano dentro del vestido y tiró hacia abajo de mis braguitas de encaje con
tanta fuerza que a medio camino se escuchó cómo se rasgaba una parte.
—Eres un bruto —me quejé y a jadeante.
—Nunca he dicho lo contrario.
Noté cómo las braguitas me caían hasta el tobillo derecho y se quedaban allí,
enganchadas en la sandalia. Le metí los dedos entre el pelo y me lo llevé hasta la
boca. Nos besamos… Joder, nos besamos de verdad. Esa manera en la que se
besaría la gente si esperara la llegada del Armagedón.
Como si estuviera haciendo pesas conmigo, me movió, frotándome sobre su
bragueta, que y a evidenciaba una erección.
—Aquí no, Víctor, por favor —me quejé cuando empezó a devorarme el
cuello.
—Aquí sí, Valeria, por favor…
Me soltó una de las piernas y y o me agarré con fuerza con las dos a su
cuerpo para no caerme. Con la mano libre se desabrochó de un tirón la bragueta
y encaminó la penetración. Me retorcí, clavándomelo hasta lo más hondo. Eché
la cabeza hacia atrás y contuve un gemido.
—Así…, calladita… —susurró.
Me removí sacándolo de mí y él volvió a penetrarme en una embestida que
casi me hizo gritar. Le mordí el hombro. Él siguió conmigo arriba, abajo, arriba,
abajo, llevándome hasta el límite. Empezaba a sudar del esfuerzo cuando me
bajó. Me quedé mirándolo alucinada, esperando que fuera solo una pausa. Yo no
quería empezar pero… ahora y a no podía dejarme así.
—Víctor… —empecé a decir.
—Shhh…

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Tiró de mí más aún y me llevó hasta un rincón, donde había, apartada, una
mesa de terraza. Me inclinó sobre ella de espaldas a él y, tras subirme el vestido
hasta la cintura, volvió a colárseme dentro. Gemí, un poco, bajito, porque en
aquella postura lo sentía tan dentro…
Víctor siguió dentro y fuera, dentro y fuera de mí, y, apretándome los
hombros, avisó de que se corría. Pero y o necesitaba un poco más de tiempo, así
que le paré.
—Espera…, espérame.
Salió de mí, me giró, me besó brutalmente en los labios y me colocó en el
borde de la mesa de teca, con el trasero en el aire. Me agarró las piernas y y o
misma lo atraje, cogiéndole del jersey y tirando de él hacia mí. Arqueé la
espalda, me agarré a la mesa y cerré los ojos.
—Eso es, nena…, eso es…
Las voces de la fiesta llegaban hasta nosotros con alguna risa de fondo y
conversaciones animadas. Se escuchaba algún grillo y Valeria en el espejo epub las ramas de los árboles
meciéndose con el viento y, sobre todas esas cosas, nuestra respiración
acelerada.

Cuando exploté y me corrí, Víctor pareció aliviado. Había poca luz, pero
podía ver sus sienes húmedas y empezaba a resoplar. Pero en ese estado
orgásmico, no me importó   demasiado. Solo me dejé llevar, rompiéndome en mil
pedazos alrededor de la presión que ejercía él en mi interior. Después me dejé
mover a su antojo para notar cómo, tras dos suaves y certeros movimientos de
cadera, Víctor se vaciaba dentro de mí.


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