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El niño que comía lana (Pdf o Epub)

Ficha

Título: El niño que comía lana
Autores: Cristina Sánchez-Andrade
Editorial: Anagrama
Fecha: 03 feb 2020
Tamaño: 0.65MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Terror
ISBN/ASIN: 9788433940926
ASIN: B07XJ85PXJ
Páginas: 342
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Un niño traumatizado por la desaparición de su cordero empieza a comer lana, que vomita en forma de bolas; un ama de cría sueña con emigrar a América mientras mantiene la leche utilizando a un perrito; a un marqués le proporcionan dentaduras postizas de dudosa procedencia; a un niño le extirpan las amígdalas, que acaban

convertidas en trofeo; un náufrago logra sobrevivir gracias a un secreto inconfesable; una anciana toma una decisión inaudita tras la muerte de su marido; un oficinista selecciona por catálogo a una novia que al final resulta no ser la mujer con la que soñaba… Estos son algunos de los estrafalarios protagonistas de los jugosos cuentos reunidos en este volumen.

Moviéndose entre lo macabro y lo irónico, entre la fábula y el esperpento, el realismo más crudo y la fantasía más desaforada, estas historias son una excelente muestra del particular, inimitable y estimulante universo literario de Cristina Sánchez-Andrade. En ellas asoman la Galicia rural, la España profunda, los escenarios de sainete, los personajes estrambóticos y las situaciones imposibles.

Aparecen la muerte, el sexo, la codicia, las ensoñaciones, los engaños y los desengaños, pero también algún que otro crimen, toques grotescos, pinceladas macabras y un humor peculiarísimo, descacharrante y a veces perturbador.

La autora, que ya dejó constancia de la potencia de su personal voz en estupendas novelas como Las Inviernas y Alguien bajo los párpados, demuestra aquí un dominio prodigioso de la distancia corta con relatos que seducen y sorprenden, llenos de giros inesperados. Cuentos deliciosamente perversos, inquietantemente divertidos, pérfidamente sugerentes.

Leer el primer capítulo:

MANUELA DAS FONTES
Las diez de la mañana y ya olía a aceras fregadas y a sopa de fideos. Manuela das Fontes llevaba
un sombrero de paja con un ramillete de violetas, una falda con corpiño y zapatos de tacón.
Caminaba con paso rápido, en dirección a la Oficina de Contratación de Amas, con un perrito
bajo el sobaco y una cesta de mimbre colgando de un brazo. Estaba gorda y bien alimentada; era
aseada, robusta y joven.

Mientras caminaba se iba diciendo todo eso, y también que tenía materia prima de primera
calidad. Eso era lo importante. Se introdujo la mano dentro del corpiño y se palpó un pecho duro
como una bola de granizo. De su cuerpo ascendió un efluvio a pelo de animal mojado que la
repugnó. El perrito, que pensó que le hacían un mimo, meneó el rabo y ladró dos veces. Ella le
pegó en el hocico.

La Oficina de Contratación de Amas estaba en uno de los edificios de la calle Real, cerca de
los talleres en donde había aprendido a coser con la Singer. No tuvo que buscar mucho porque
desde lejos vio una fila larga de mujeres jóvenes. ¡Qué feas y corrientuchas le parecieron todas!
Una chica delgada y más bien poquita cosa, vestida con una falda gris y una camisa blanca, le dio
la vez, no sin antes examinarla de arriba abajo. Manuela se colocó al final de la cola y dejó al

perrito en el suelo.
Era un perro pequeño sin raza, color crema, con ojos marrones saltones y orejas puntiagudas.
Al sentir el frío y la humedad del suelo, comenzó a girar sobre sí mismo y a ladrar en un arrebato
de desesperación.
—¡No te pongas rabudo! —dijo ella propinándole un puntapié que lo levantó del suelo y lo

lanzó un metro más allá.
Las otras chicas miraron de reojo y Manuela aprovechó para inspeccionarlas. Mal vestidas,
vulgares y feas. No había ninguna tan elegante ni tan abundante en carnes como ella. Para ultramar
solo cogían a las que estaban bien alimentadas, le habían dicho. Se tiró del corpiño hacia abajo,
se colocó los pechos, que ya le empezaban a molestar, volvió a tomar al perro y dijo en alto:

—Yo estoy aquí por mis hijos. Ellos son lo principal.
La chica delgada no contestó, pero sí otra mujer grandona, con varios dientes de menos, que
estaba dos puestos más adelante y que ni siquiera se giró para hablar:
—Ay, santiña, todas venimos por nuestros hijos. ¿Qué te crees, que estamos aquí por placer?.

La cola avanzó rápida y Manuela enseguida pasó al interior del edificio. La sala de espera
estaba abarrotada de mujeres con sus hijos, algunas sentadas dando el pecho, otras de pie
meciendo los carricoches. Al ver al perro, los niños mayores, aburridos por la espera, se lanzaron
sobre el animal. Lo acariciaban, le tiraban del rabo y lo cogían en brazos. Mientras, el perrito no
dejaba de aullar.

—¡Dejad ya al pobre can, oh! —gritó ella. Lo cogió, se sentó y se lo puso sobre el regazo. Al
descargar su cuerpo en la silla, las maderas se quejaron.
Un niño despeinado, con los mocos colgando hasta la boca, se acercó.
—¿Cómo se llama? —preguntó.

Manuela miró al perro y se quedó pensativa. No se le había ocurrido que aquel animal tuviera
que tener un nombre. Miró al niño de nuevo:
—¡Y yo qué sé! —Soltó una risotada y se giró para buscar con la mirada a la madre del niño

—: Yo estoy aquí por mis hijos —le explicó—. ¡Dios sabe que lo hago por necesidad y no por
otra cosa!
La otra se encogió de hombros.

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