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El sueño de Agnódice (Pdf o Epub)

Ficha

Título: El sueño de Agnódice
Autores: Rosaura Hernández Soto
Serie: I de La médica de las mujeres
Editorial: Ediciones B
Fecha: 30 dic 2019
Tamaño: 0.95MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de amor
Páginas: 213
ASIN: B07QKGFZ1K
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Siglo III a. C. Un sueño imposible para una mujer; una mujer que no conoce el significado de la palabra imposible.

Agnódice de Atenas crece movida por el impetuoso deseo de convertirse en médica, un sueño noble de no ser por un gran inconveniente: estudiar y ejercer el arte de la Medicina está prohibido, bajo pena de muerte, a las mujeres atenienses. Sin embargo, pronto entenderá que ser médica no solo satisfará sus anhelos, sino que marcará la diferencia entre vivir o morir para sus congéneres.

Guiada por los dioses, y de la mano de dos de las mujeres más importantes de su vida, llegará al inicio de un escarpado y solitario camino que ella misma deberá abrir.

Pero para conseguir realizar el oficio de los hombres Agnódice solo contará con una peligrosa opción: hacerse pasar por uno de ellos.

El sueño de Agnódice es una historia de amistad, progreso, valentía y lucha que, una vez y te adentres en ella, no te dejará indiferente.

Leer el primer capítulo:

L a oscuridad de la noche aún era predominante en el cielo de Atenas.
Gracias a la luz de las antorchas que todavía permanecían encendidas pudimos
distinguir la embarcación en la que cruzaríamos el Mediterráneo rumbo a
Alejandría. Mis manos habían comenzado a temblar, así que traté de

ocultarlas entrelazándolas sobre mi pecho. No era el momento de llamar la
atención. Tenía ante mí la primera y última posibilidad de conseguir lo que
más anhelaba en la vida, y no estaba dispuesta a dejarla escapar por ser

incapaz de controlar mi nerviosismo. La tripulación había comenzado a cruzar
la rampa y las mercancías ya casi habían sido embarcadas. En breve llegaría
el momento en el que tendríamos que hacerlo nosotras. Miré a Kissa y vi que
de su frente rezumaban algunas gotitas de sudor; al igual que yo, estaba
intranquila. Cuando fue consciente de que la miraba con cierta inquietud, me
devolvió una sonrisa poco convincente que fulminó el poco temple que me
quedaba. Quería cogerla de la mano y echar a correr por donde habíamos

venido. Tal vez eso fuera lo más prudente, sí; pero, por otro lado, el deseo
peligroso de alcanzar el sueño de convertirme en médica era, por primera vez
en mucho tiempo, más fuerte que ninguno de mis miedos.
—¡Eh, tú, ven aquí! —ordenó uno de los guardias del puerto.
Kissa y yo nos miramos: el momento había llegado.
—¿Para qué viajas a Egipto? Y ¿quién es ella?

—Soy Jano de Atenas y ella es Kissa, mi esclava. Viajamos a Alejandría
por los negocios de mi tío, el buen Tersipo. Llevamos ahí la mercancía —dije,
señalando las tres cajas de madera que tenía ante mí—. Toma, aquí está todo
bien explicado.
El hombre cogió el papiro sellado que le ofrecía y, tras leerlo con
detenimiento, ordenó a otro guardia que revisara la mercancía.—Aquí dice que eres sobrino de Tersipo. No te pareces en nada a tu tío,
¿sabes?

—No he heredado sus hoyuelos ni tampoco los necesito para encargarme
de sus negocios en el extranjero.
Me arrepentí enseguida de haber dicho eso, aunque al hombre pareció
divertirle mi respuesta.

—Pues espero que tenga más suerte contigo que con la desvergonzada de
su hija, muchacho —repuso, dándome un manotazo en la espalda.
Sentí unas ganas enormes de golpearle la gruesa cara con el puño, pero la
mano anticipada de Kissa me detuvo.
—Podéis subir a bordo. Aquel oficial os acompañará hasta el que será
vuestro habitáculo durante los próximos días. No es un lujo, pero se tarda más
a nado. Espero que no mareéis.

El guardia giró sobre sus talones, y Kissa y yo suspiramos aliviadas,
conscientes de que habíamos superado el primer escollo.
Un cuchitril diminuto y maloliente nos esperaba al fondo, bajo la cubierta
de la embarcación. En una esquina colocamos el baúl que contenía nuestras
escasas pertenencias y que ocupó la mitad de la estancia. Yo me senté encima
y Kissa en el suelo, sobre su chitón extendido. A una orden del oficial la
tripulación ocupó sus puestos y el barco inició su lento movimiento de salida.
El cadencioso vaivén se tornó más brusco a medida que abandonábamos el

fondeadero, por lo que tuve que asirme a la pared para no caer sobre mi
niñera, que ya había comenzado con sus oraciones. Al mirar por el pequeño
ventanuco que tenía a mi espalda, no pude reprimir el deseo de salir a
despedirme del único lugar que había conocido en mi vida, aun a sabiendas de
que desobedecía las órdenes del oficial. Así pues, dejé a Kissa murmurando
frenéticamente y subí hasta la cubierta.

El sueno de Agnodice – Rosaura Hernandez Soto.epub
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