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La Alejandría olvidada (Pdf o Epub)

Ficha

Título: La Alejandría olvidada
Autores: Almudena Navarro
Editorial: Páginas de Espuma
Fecha: 06 ene 2020
Tamaño: 1.59MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de amor
ASIN: B07WC3WWF8
Páginas: 329
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Cuenta la leyenda que Alejandro Magno, en su afán de conquista, fundó a su paso más de setenta ciudades con su nombre, de las que hasta bien entrado el siglo XX sólo se conocía una: la Alejandría de Egipto. ¿Cuántas fueron en realidad? ¿Setenta? ¿Cincuenta? Este es uno de los grandes enigmas de la historia y desvelarlo, el sueño dorado de cualquier arqueólogo.

Miles de excavaciones se llevaron a cabo en distintos emplazamientos del centro de Asia, infructuosamente, hasta que en 1961 todo cambió cuando durante una cacería el rey de Afganistán, Mohamed Zahir Shah, descubrió por casualidad, entre la maleza, un precioso capitel corintio. Era el principio del descubrimiento de la ciudad más grande, rica e influyente que fundara el Gran Alejandro: Ai Khanoum.

París. (Año 2002): El doctor en Historia Gaspar Bitball desde su despacho en la Universidad de la Sorbona trata de proteger el fruto de sus años de especialización, el yacimiento de Ai Khanoum, situado al norte de Afganistán. Desde que en 1979 Rusia invadiera el país, nada se sabía sobre su estado; los arqueólogos franceses nunca pudieron volver a él. La comunidad internacional teme lo peor y se cree que el yacimiento puede haber sido expoliado.

Gaspar, con la ayuda de Irine, una joven intérprete de origen afgano, formará parte de la comisión de expertos internacionales que entrarán como observadores en Afganistán tras la ocupación de las tropas americanas e inglesas. Juntos deberán superar sus miedos y sortear un conflicto armado repleto de obstáculos para recuperar la memoria de la ciudad perdida y, por segunda vez en la Historia, olvidada.

Imperio Bactriano (Año -148 a.C.). Alejandría de Oxo, cerca del norte del actual Afganistán:
El filósofo Aenas se ve obligado a exiliarse de Macedonia, derrotada y humillada por Roma. Atravesará todo el continente buscando un atisbo del antiguo esplendor de su pueblo, en el extremo más alejado de Asia Menor, en Alejandría del Oxo, la ciudad de sus sueños, la capital del Imperio Independiente Greco-Bactriano. Un lugar único y exótico, convertido en leyenda.
Con la ayuda de la familia Papadopoulos, conseguirá entrar en la ciudad y allí conocerá a la gran sacerdotisa Atanasia, mujer que cambiará su destino y, con él, el de la Alejandría olvidada.

Leer el primer capítulo:

Capítulo primero
París
Mayo de 2002
Gaspar miró con evidente disgusto su mesa desordenada. Era un completo caos. No conseguía
encontrar nunca lo que estaba buscando. Las cosas acababan apareciendo cuando ya no las
necesitaba. Cientos de hojas desparramadas, revistas e investigaciones campaban a sus anchas, sin
dejar ni un centímetro de mesa libre.

En el suelo, entre sus pies y debajo de la mesa, columnas de libros que sin querer, tiraba por
los suelos de una patada al efectuar el más mínimo movimiento.
—¡Así no puedo trabajar!
La secretaria del departamento, una mujer alta y permanentemente bronceada, le miró
divertida:
—¡Pues ordena tu mesa!
Gaspar miró a Marie con fingido disgusto. Cada día tenían la misma discusión.
—Podrías ayudarme un poco… No sé por dónde empezar…

—Empieza por colocar todos esos libros del suelo en la estantería que tienes justo detrás de
ti. Te sorprendería lo útil que te puede resultar, doctor.
Gaspar giró su silla para mirar a sus espaldas con evidente desgana.
—Sí, podría ser; pero tendría que girarme con cada consulta y además levantarme para coger
el libro. De esta forma, solo tengo que agacharme o estirar la mano y coger el libro que necesite.
El que más utilizo está siempre en la cima de la montaña.
—Un sistema de clasificación muy sofisticado, sí. Pues no te vendría mal levantarte de vez en
cuando y, de paso, salir alguna vez de detrás de tu mesa a tomar el aire. No sé… ¿Hacer algo de
ejercicio, quizás?
Gaspar fingió gruñir, ofendido.

—No me hace falta, mírame, estoy estupendo. Delgadito. Si me faltan horas al día con todo lo
que tengo que hacer aquí, ¡para encima andar perdiendo el tiempo!
Lo cierto era que a Gaspar no le sobraba precisamente grasa, más bien andaba escaso de masa
corporal, aun así Marie continuó con su broma:
—¿No has oído aquello de: mens sana in corpore sano?
—Sí, sí… Un engañabobos, una mentira para tontos descerebrados —Gaspar soltó una sonora
carcajada por su ridícula ocurrencia.

—Doctor, es usted único —dicho esto, Marie desapareció por la puerta.
¡Cómo le fastidiaba a Gaspar que no le llamara por su nombre y le llamara doctor, haciendo
referencia a su titulación como doctor en Historia! Le había pedido mil veces que le tuteara. Solo
lo hacía para fastidiarle, y lo conseguía. Aun así, llevaban años trabajando juntos y se entendían a
las mil maravillas. Un engranaje perfecto, forjado en el respeto y el cariño, del que Gaspar se
sentía orgulloso. En su pequeño despacho de la Universidad de la Sorbona era todo lo feliz que
podía ser.

Gaspar encontró por fin lo que buscaba: una carpeta negra con fotos antiguas del yacimiento
de Ai Khanoum. Cambió el contenido a una carpeta roja para encontrarla más fácilmente. Ai
Khanoum era mucho más que parte de su especialización como doctor en historia y que el
contenido de su tesis doctoral. Era algo así como una obsesión, o mejor aún, una motivación. Toda
su vida giraba alrededor de aquel yacimiento. Recordó los meses que pasó absorto en su tesis y la
ilusión de leerla ante el tribunal, seguro de sí mismo y sabiendo que obtendría la máxima
calificación. Y así había sido y, tras ello, consiguió una plaza en la Universidad de la Sorbona, sin
duda, una de las más prestigiosas del mundo. Su tesis había sido publicada en dos idiomas con un
notable éxito, teniendo en cuenta que era citada habitualmente como referencia obligatoria.
Cogió la primera foto de la carpeta, era antigua y estaba en blanco y negro, pero en buen

estado. Un joven árabe, que vestía una túnica blanca hasta los pies, y un turbante del mismo color,
miraba fijamente a la cámara. Intentaba sonreír, pero era como si no lo consiguiera. Debían de
haberle situado ahí para que sirviera como referencia de escala a la fotografía. Detrás del hombre
se podía ver con n

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