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La ladrona (Pdf o Epub)

Ficha

Título: La ladrona
Autores: Rebeca Corrales
Editorial: Planetalector Chile
Fecha: 27 dic 2019
ASIN: B081VT7TKJ
Tamaño: 0.89MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Aventuras
Páginas: 389
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Cuando los dos caballeros conocen a Ángela, una ladronzuela con cara de ángel, no pueden creer su suerte. Bella y con una habilidad pasmosa en sus ágiles dedos, parece perfecta para el trabajo.

Pero, será necesario pulir bien ese diamante en bruto si quieren que sea medianamente presentable. Eso, si logran convencerla para que acepte sus normas, y si Alonso consigue por fin sacársela de la cabeza.

Leer el primer capítulo:

Capítulo I
Los dos hombres caminaban por la oscura callejuela, con cuidado de que el pegajoso y
maloliente fango no ensuciara sus relucientes zapatos, con escaso éxito. Al fin, alcanzaron la
puerta por la cual se filtraba la única luz que iluminaba el tenebroso pasadizo, y que también
dejaba escapar un lejano bullicio de risas y música.

Uno de ellos, alzando su bastón con cabeza de plata maciza, dio dos secos golpes en la
desconchada madera, que un día estuvo pintada de rojo. Al instante, una mirilla se abrió y unos
ojos escrutadores aparecieron, examinándolos de arriba a abajo. No parecieron muy complacidos
con lo que vieron.

— Que quieren— preguntó una ronca voz.
— Venimos a ver a Tomás —anunció uno de ellos con voz imperiosa.

Tras un instante, la mirilla se cerró de golpe, y la puerta se abrió. Ambos hombres entraron,
e ignorando al grueso y hostil hombretón que les había franqueado la entrada, se detuvieron
tranquilamente en el umbral para echar un vistazo al garito. El interior, que era apenas un sótano o
antigua bodega, a juzgar por las grandes vasijas que aún se veían adosadas en alguna de las
paredes,

se encontraba abarrotado. Un montón de hombres y unas pocas mujeres se sentaban en
mesas y taburetes de madera, mientras bebían en jarras de barro lo que parecía ser vino peleón, a
juzgar por el fuerte olor que flotaba en la estancia. Mientras, en una esquina,

una gitana con un
vestido escotado cantaba y bailaba, golpeando el suelo con los pies descalzos, acompañada por
un hombre a la guitarra, aunque nadie, en medio del bullicio de risas y gritos, reparara demasiado
en ellos.
Uno de los recién llegados, un hombre de cabellos y espeso bigote rubio, se quitó la
elegante capa que cubría sus hombros, y al tiempo que dibujaba una pequeña sonrisa de disculpa,
le dijo a su acompañante, encogiéndose de hombros:
— Al menos se está caliente.

— Siempre me sorprende como eres capaz de encontrar algo bueno que decir sobre
cualquier cosa. Pero me temo que esta vez, aparte de un poco de calor, poco encontrarás
aquí que valga la pena— contestó el otro, mientras miraba desdeñoso la escena.

Sin embargo, el hombre bajó los pocos escalones que le separaban de la larga mesa que
hacía las veces de barra de aquella improvisada taberna, y dirigiéndose al voluminoso hombre
que se ocupaba de secar vasos con un paño mugriento, preguntó:
— ¿Dónde está Tomás?

El camarero le observó de arriba abajo, para al final limitarse a señalar con la cabeza hacia
una de las mesas, donde un grupo de hombres jugaba a los naipes. Se acercó a ellos, y nada más
verlo, un hombre pequeño y de movimientos nerviosos dejó las cartas sobre la mesa, e indicó a
los demás:

— Ahuecar el ala. Tengo negocios que atender.Los demás se levantaron rápidamente, como si hubiesen repetido aquello cientos de veces, y
procurando recoger rápidamente sus ganancias, dejaron las sillas libres. El hombrecillo, medio
levantándose y con una sonrisilla en los labios, invitó con un gesto a los recién llegados a
ocuparlas.

— Buenas noches, Señó Muñana—saludó al del bigote nada más verle con una sonrisa
melosa —Hace mucho que no tenía el placer de verle.
— Sin nombres, hágame el favor. No quiero que ningún oído curioso me relacione con este
sitio.
— No ponga cuidao, que yo no diré una miaja, ni ninguno de estos tampoco, más les vale…
¿Y su amigo es…? Digo, como hago pa llamarle, si tengo que.

El rubio observó a su compañero un instante. Alto, distinguido, moreno y vestido de negro,
mostraba en ese momento un gesto sombrío.
— Este es el señor Nadie. Y dejémoslo así.

— Muy bien entonces —aceptó el truhan —. Pero aquí estamos entre amigos, ¡relájense! —
hizo un gesto al de la barra, que en seguida se acercó con una jarra y unos vasos que
planto en frente de los recién llegados. Espero hasta que tuvieron los vasos llenos antes
de proseguir—.

Bueno, pues dígame, que se le ofrece. No hacía falta que se viniese hasta
aquí, y menos en una noche tan desapacible como esta, que paeciese que cayeran chuzos
de punta. Si hubiese avisao usted, le hubiese servio a domicilio. Ya sabe, que pa un buen
cliente, lo que necesite.

La ladrona – Rebeca Corrales.epub
La ladrona – Rebeca Corrales.pdf

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