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La otra orilla del abismo (Pdf o Epub)

Ficha

Título: La otra orilla del abismo
Autores: Sofía Olguín
Editorial: Bajo el arcoíris
Fecha: 29 ene 2020
Tamaño: 1.43MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Historia
Páginas: 350
ASIN: B07TP3K86K
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Absalón se define a sí mismo como un hombre de negocios. Nada más cierto: pacta con los seres humanos a cambio de años de vida. Lucienne es un taciturno muchacho que ha perdido la memoria y cuya única posesión es una misteriosa gema que lleva colgando del cuello.
Juntos recorren París en pos de cosas muy distintas: Lucienne persigue sus recuerdos, mientras que Absalón hace todo lo posible para que nunca los recupere.

Sin embargo, Lucienne no sabe que es perseguido por los siervos de Lucifago, el demonio que gobierna en el Océano Crepitante, un sitio donde moran sirenas, musas, íncubos y súcubos… Un verdadero infierno flotante situado en el fondo del mar.
Con la ayuda de Zabaroth, el jefe del mercado negro de pactos demoníacos; Sheila, una bella tarotista; y Julien, un joven huérfano, deberán luchar contra las fuerzas malignas que amenazan destruir el orden del mundo humano y del Océano Crepitante.

Leer el primer capítulo:

EL ANTICUARIO
El salón del anticuario olía a una mezcla de incienso y almizcle. Espirales de
humo plateado se elevaban desde un pebetero y se disolvían en el aire, como
lánguidos fantasmas perfumados a dioses paganos y tierras lejanas. Allí todo
brillaba. Desde la cubertería expuesta en las vitrinas, hasta la pequeña

bailarina de nácar que daba vueltas y vueltas sobre el pequeño escenario de
cristal.
Afrodita se codeaba con las ninfas hindúes, apsaras de pechos grandes y
cabellos de serpientes venenosas. Los jarrones aguardaban ansiosos los

ramilletes de diamelas de oriente que los caballeros regalaran a sus damas
doscientos años atrás. El único sonido que se oía era el chisporroteo de las
piedras de incienso, que chocaban contra el cobre del pebetero produciendo
una musiquilla aguda, quejumbrosa, casi animal. Por encima de los chillidos

del incienso, se podía distinguir el triste tic tac de los relojes. Era un sonido a
veces desesperante. Docenas y docenas de relojes de todos los tamaños
anunciaban la llegada del mediodía y de la medianoche, del almuerzo y de la
hora del té.

En el salón del anticuario todo estaba un poco desordenado. Las
melancólicas alfombras persas se ahogaban bajo montañas de libros, a la
espera de que algún Aladino del siglo xxi llevara a su princesa de paseo por
París. El rincón más iluminado del salón era la esquina donde estaban los

espejos, deslumbrados por las luces de los candelabros, de las lámparas de
aceite, de los faroles de colores que habían adornado los burdeles más
concurridos de Babilonia…
Por encima del llanto del incienso y del susurro de los relojes, se oyó un

suspiro. El dueño del anticuario, un hombrecillo que debía subirse a una caja
de manzanas para atender a sus clientes detrás del mostrador, miró su propio
reloj de pulsera y… volvió a suspirar. El suspiro se perdió por los espirales
de incienso, por los pechos de las ninfas, por el resplandor de las velas con
forma de cisne.

El hombrecillo se bajó del cajón de manzanas y sacó un manojo de llaves
del bolsillo de su chaleco. El taco de sus pequeños zapatos chasqueaba contra
el suelo de madera. El ruido se apagó cuando llegó a la mitad delantera del
salón, cubierta por un amplio tapete rojo. Cuando atravesó los laberintos de

dioses y héroes griegos, su hombro apenas alcanzó a rozar el cinturón de Zeus.
Se acercó a la gran puerta de vidrio, salió a la calle y contempló la noche.
El cielo se había teñido de un alarmante negro eléctrico, salpicado por una
que otra estrella madrugadora. Las cúpulas y los techos de las tiendas
brillaban, transpirados bajo la humedad nocturna: el tibio aliento de las

alimañas que despertaban de su letargo para divertirse por París mientras la
ciudad dormía.
El hombrecillo hizo sonar sus llaves y miró hacia los costados de la tienda.
El farol de la esquina iluminaba los autos estacionados. La oscuridad se

extendía a su derecha y a su izquierda. Las demás tiendas ya estaban cerradas,
habían cerrado temprano, como presintiendo lo que estaba por suceder en el
mundo. Pero no así nuestro hombrecillo. Él aguardaba, por eso su tienda era la
única que permanecía abierta hasta aquellas horas de la noche.

Se quedó quieto bajo el portal de su anticuario, con los ojos cerrados,
esperando. Las aletas de su nariz se dilataron y entonces… sonrió. Sus dientes
eran pequeños, filosos, casi grotescos. Su sonrisa hizo que el resto de las

arrugas de su rostro se acentuaran más y toda su piel pareció hecha de la cera
de las velas que se derretían en su salón. Sus ojos eran negros, alargados, y
ahora brillaban, cargados de emoción, sabiendo que su espera había valido la
pena.

Las dos sombras se hicieron visibles a su derecha, pasaron junto al farol y
se dibujaron sobre las baldosas húmedas. La sombra más alta se acercó a su
compañera y ambas se fundieron en una única sombra larga y afilada.
Eran dos jóvenes.

El hombrecillo los contempló mientras se acercaban. Cuando estuvieron a
menos de diez metros, se dio la vuelta, entró en su tienda y puso el cartel de
“cerrado”.
—¡Oiga! —se quejó el más joven, frunciendo el ceño con indignación.

Era un adolescente de unos dieciséis años, delgado, pálido y con la
revuelta cabellera de un color rubio cobrizo. Sus ojos eran grandes, azules y
se veían asustados, casi rozando la desesperación.

Sus manos esbeltas se
apoyaron sobre la puerta y quedaron estampadas allí gracias a la humedad,
dos ganchudas y fantasmagóricas arañas fosiliza

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La otra orilla del abismo – Sofia Olguin.epub
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