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Las horas de terciopelo (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Las horas de terciopelo
Autores: Alyson Richman
Editorial: Planeta Publishing
Fecha: 01 feb 2020
Tamaño: 1.52MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Aventuras
ASIN: B082DPSDQY
Páginas: 146
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Cuando los nazis amenazan con tomar el control de parís, una joven cierra para siempre el maravilloso departamento de su abuela, dejando tras sus puertas tesoros y bellezas inimaginables.

Marthe de Florian, famosa cortesana durante su juventud, buscó llenar su existencia con arte y lujos, evadiendo los recuerdos de una infancia ensombrecida por la pobreza y los oscuros callejones de Montmartre. Mientras la guerra está a punto de desatarse en Europa, usa las preciadas posesiones que ha coleccionado durante una vida para

compartirle su historia y secretos más íntimos a su nieta Solange, una joven que aspira a ser escritora. Entre todos los prodigios que guarda en su departamento, los más admirables son un deslumbrante collar de perlas y un magnífico retrato de Marthe pintado por el artista italiano Giovanni Boldini. A medida que se desarrolla la historia de Marthe, como el mismo terciopelo, cosido con su propia luz y sombra, Solange espera encontrar un camino personal para enfrentar los secretos de su familia.

Alyson Richman, exitosa autora de Los amantes de Praga, parte de la verdadera historia de un departamento oculto en París durante más de medio siglo para dar vida a Solange, una mujer obligada por la guerra a abandonar el preciado legado de su abuela para salvar lo que ama.

Leer el primer capítulo:

1
Marthe
París, 1888
Lo primero que ella notó cuando él abrió la puerta fue el inconfundible olor a flores. La fragancia
era embriagadora y la llamaba hacia lo más profundo del departamento.
Él se quitó el sombrero y lo puso en una pequeña mesa cerca de la puerta.
—Violetas. —Ella le sonrió.

Él estaba complacido de que hubiera notado el detalle. Podía sentir el cuerpo de ella contra el
suyo, y sus dedos viajaron por la curva de su espalda hasta llegar al angosto lugar de su cintura.
—Las pedí esta mañana. Costaron una pequeña fortuna. Violetas importadas de Parma. Me
dijeron que eran las mejores.

Ella respingó de felicidad y el sonido de su alegría lo cubrió como una lluvia de luz dorada. Él
se había esforzado mucho en la decoración del departamento, que estaba situado en la elegante
square La Bruyère. A la derecha se encontraba un gran espejo dorado con una pequeña mesa de
mármol. Ocupaban el centro dos porcelanas chinas con forma de calabaza, esmaltadas en el color

de la flor de durazno, y un alto jarrón de cloisonné. Cuando se adentró más en la habitación, vio
que unas puertas francesas se abrían hacia una pequeña sala con paredes tapizadas de seda azul
claro. Había un sofá para dos con patas estriadas y dos sillas bergère grandes con cojines en
forma de palomas anidando. Sobre la repisa de la chimenea tallada en mármol vio aún más flores,

topiarios hechos de orquídeas, hiedra y musgo. Era un departamento de colores pálidos; la paleta
había sido elegida para contrastar con el rubor de una mujer y ser un refugio para las palabras
suaves y las caricias.
—Quería que te recordara Venecia —dijo él. Ella miró a su alrededor y se detuvo en los
pesados pliegues sobre la ventana, que se tejían en tonos plata, rosa y verde Nilo.

—La ciudad donde volví a nacer —le susurró ella al oído. Aquel viaje había sido el primero en
el que salía del país, y el recuerdo aún la sobrecogía.
—Así es. —Asintió él, mientras su mano se deslizaba por el brazo desnudo de ella.
La había llevado a una habitación cerca de la Accademia,

donde el aire se impregnaba con el
olor a glicina y el agua era del color del jade. Habían caminado tomados del brazo por un puente
de madera y por otra docena más hechos de piedra.
Por la noche, él había deslizado la colcha de seda roja que cubría aquella cama de postes

tallados en espiral y se maravilló con la belleza de su cuerpo. Ella cerró los ojos, y su vida
anterior pareció desvanecerse.
A la tarde siguiente la llevó al Florian, en la Piazza San Marco, una de las cafeterías más
antiguas y famosas de Europa, un lugar donde la gente más bella y refinada iba a pasearse para ser
admirada.

—Mathilde Beaugiron —él pronunció su nombre como si fuera un postre que no le daba placer
—. Ese nombre… no es adecuado. No te hace justicia.
Ella levantó la barbilla y lo vio a los ojos.
—Necesitas un nom de guerre.

Ella no contestó nada. Le daría el placer de renombrarla. Aprovechando la pausa que se tendía
entre ambos, posó en sus labios la humeante taza de chocolate caliente. Él exploró con la vista el
lugar, sus paredes decoradas con figuras elegantes, espejos y lámparas de bronce. Luego la miró
otra vez.

—Marthe de Florian… —Extendió un dedo y la tocó por debajo de la barbilla mientras lo decía
—. Es el nombre perfecto para ti.
Ella arqueó los labios, dibujando una sonrisa. El café Florian era suntuoso y elegante; le
encantó que Charles pensara que el nombre le quedaba bien a ella.
—¿Te gusta? —le preguntó.

—Mucho —contestó ella—. ¿Quién hubiera pensado que sería tan fácil que olvidara mi nombre
y empezara de nuevo con otro?
Él se echó hacia atrás, en el profundo acolchado del asiento, y sacó su pipa, la cual tenía una
boquilla esmeradamente tallada en forma de una garra de águila que sostenía un huevo.

Ella
observó cómo la colocaba entre sus labios y encendía con soltura el tabaco en la cazoleta. Sus
movimientos eran elegantes y seguros. Lo miró como una estudiante recibiendo una clase
silenciosa. Él cerró los ojos brevemente y una nube de humo azul flotó en el aire. Podía ver que su
nuevo nombre, combinado con el tabaco, lo llenaba de satisfacción.

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