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Loba negra (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Loba negra
Autores: Juan Gómez-Jurado
Editorial: Ediciones B
Fecha: 05 ene 2020
Tamaño: 1.50MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Aventuras
ISBN/ASIN: 9788466666619
Páginas: 357
ASIN: B07X6JD96W
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

SEGUIR VIVA
Antonia Scott no tiene miedo a nada. Solo a sí misma.

NUNCA FUE
Pero hay alguien más peligroso que ella. Alguien que podría vencerla.

TAN DIFÍCIL
La Loba negra está cada vez más cerca. Y Antonia, por primera vez, está asustada.

Leer el primer capítulo:

Un cuerpo
A Jon Gutiérrez no le gustan los cadáveres en el río Manzanares.
No es una cuestión de estética. Este cadáver es muy desagradable (parece que lleva un tiempo
en el agua), con la piel cerúlea repleta de manchas violáceas, las manos casi separadas de las
muñecas. Pero no es cuestión de ponerse exquisitos.

La noche es particularmente oscura, y las farolas que iluminan el mundo de los vivos, a seis
metros por encima de ellos, sólo sirven para hacer las sombras más densas. El viento arranca
extraños murmullos de los carrizos, y los ochenta centímetros de agua están tirando a fresquitos.
Al fin y al cabo, estamos en el Manzanares, son las once de la noche y febrero ya asoma su
grisácea pata por debajo de la puerta.

Nada de todo esto molesta a Jon de los cadáveres en el Manzanares, porque está acostumbrado
a las aguas gélidas (es de Bilbao), a los murmullos en la oscuridad (es gay) y a los cuerpos sin
vida (es inspector de policía).
Lo que a Jon Gutiérrez le jode de los cadáveres del Manzanares es tener que sacarlos a pulso.
Si es que soy imbécil, piensa Jon. Esto es trabajo de novatos. Claro que estos tres madrileños
tirillas no pueden ni con sus propias.

No es que Jon esté gordo. Pero media vida siendo el tipo más grande de la habitación va
generando unos hábitos, quieras que no. El defecto de ayudar. Que se vuelve necesidad cuando ves
a tres memos recién salidos de la academia hacer el pato entre los juncos, intentando sacar el
cuerpo. Consiguiendo, casi, ahogarse a cambio.

Así que Jon se enfunda el traje de plástico blanco, se calza las botas de goma y se tira al agua
con un mecagüenvuestraputamadre que deja las mejillas de los novatos color rojo bofetada.
El inspector Gutiérrez se acerca, a grandes zancadas, desplazando por igual el agua y a los

polis primerizos, y llega hasta la isleta de vegetación donde ha embarrancado el cadáver. El
cuerpo se ha enredado en unas raíces, y está sumergido en la corriente. Sólo asoman el rostro
desvaído y uno de los brazos. Agitada por el río, parece que la víctima intente nadar para escapar
al destino inevitable.

Jon se santigua mentalmente y hunde los brazos por debajo del cadáver. Está blando al tacto y la
grasa subcutánea se menea bajo la piel como un globo relleno de pasta de dientes. El inspector
jala. Con todas sus fuerzas de harrijasotzaile, de levantador de piedras. Hasta con trescientos
kilos puede, en un día bueno. Afianza las piernas.
Se van a enterar estos novatos.

Sus enormes brazos se tensan, y ocurren dos cosas al mismo tiempo.
La segunda, que el cuerpo no se mueve ni un centímetro.
La primera, que el fondo arenoso del río se traga el pie derecho del inspector, que cae de culo
en mitad de la corriente.

Jon no es un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan sólo por vicio. Pero las risas de
los novatos no las atenúan ni el ruido de la corriente, ni los murmullos del viento entre los
carrizos, ni sus propias blasfemias. Así que Jon, con el agua hasta los hombros y el orgullo
raspado, se permite un instante para eso tan humano de compadecerse de sí mismo y echarle las
culpas de sus males a otro.
¿Dónde coño estás, Antonia?

2

Un cable
—Así no va a salir, inspector —dice una voz femenina junto a su oreja.
Jon se agarra del antebrazo de la doctora Aguado, que le ayuda a incorporarse. Las manos de
los forenses le dan repelús, pero cuando tienes el culo hundido en el lecho arenoso te aferras a lo
que te ofrecen.

—Creía que los cadáveres flotaban. Pero éste parece empeñado en hundirse.
Aguado sonríe. Rondará los cuarenta. Pestañas largas, maquillaje desvaído, piercing en la
nariz, una pícara languidez en la mirada. Ahora con una chispa de alegría. Se ha echado novia,
dicen las malas lenguas.

—El cuerpo humano es agua en más del sesenta por ciento. El agua no flota, así que primero se
va al fondo. En las condiciones adecuadas de temperatura, las bacterias comienzan a descomponer
el cuerpo en cuestión de horas. Estamos a cuatro grados, y el agua a unos seis, así que… más bien
días. Los gases llenan el estómago e intestinos y pop. Arriba otra vez.
Aguado se arrodilla, sujeta con una mano el cuerpo e introduce la otra debajo, y va palpando.
—¿Quiere que la ayude, doctora?

—No se preocupe. Sólo necesito encontrar qué es lo que la está reteniendo.
Jon echa una mirada a la masa informe e hinchada. Flota bocabajo, semihundida, desnuda. El
pelo, de un color indefinido, lo lleva muy corto. Jon se pregunta cómo narices ha sabido que era
una mujer.
—¿Cómo narices ha sabido que era una mujer?

—Por muchos motivos, inspector —responde Aguado—. Por el ángulo clavicular, por la
ausencia de protuberancia occipital, y porque, aunque usted no lo vea, ahora mismo estoy
sosteniendo bajo el agua lo que, con total seguridad, es el pecho izquierdo de la víctima.
La forense se pone en pie y le pasa su linterna. Pequeña, pero potente. Jon la ayuda a orientarse

mientras Aguado extrae unas tijeras redondeadas de la bolsa impermeable que lleva colgando del
cuello. Vuelve a agacharse, y forcejea debajo del cadáver. De pronto, con un movimiento brusco,
éste se libera y asciende por

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Loba negra – Juan Gomez-Jurado.epub
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